LA LARGA ESPERA
Segunda Parte
De cómo la historia original se convierte en una historia muy
distinta,
siendo la misma y no siéndolo.
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Decíamos que “naturaleza”
procede de physis, y esta palabra ha
terminado imponiéndose como “física”, en el sentido de mundo físico y de ciencia de la naturaleza;
pero mientras esta ciencia estudia la naturaleza como interacción de la materia
y la energía en el espacio-tiempo preconcebido físicamente, los griegos
entendían la physis como fuerza o
principio interno de movimiento de aquello que brota, crece por sí mismo. Ambas
concepciones configuran nuestra visión de la naturaleza y por tanto de nosotros
mismos, pues nos consideramos parte de la naturaleza y, en efecto, surgidos en
ella, si no de ella. Cuando escuchamos a los físicos de nuestro tiempo, éstos
nos dicen que también el universo ha brotado por sí mismo, o más bien que de un
movimiento (inicial en la medida en
que no sabemos de dónde procede este movimiento) se ha seguido un cambio incesante de estados energéticos
de cuyo flujo ha surgido el espacio-tiempo en el que sucede un universo en
expansión cuyos fenómenos cósmicos, conocidos, sospechados o ignorados,
tratamos de estudiar para conocer y comprender esta realidad física a que
sentimos pertenecer. El problema del movimiento es en esencia el problema del
cambio, de modo que no resulta precipitado afirmar que la realidad física es
cambio, transformación o movimiento, y que todos los elementos físicos
participan de esta realidad, y por tanto son
cambio, son movimiento. En este
devenir sucede el universo, suceden las estrellas, suceden los planetas, y como
mínimo en uno de los planetas sucede la vida. E inmediatamente surge toda una
serie de preguntas que aunque parece la más pertinente, quizá es la menos
relevante: ¿por qué sucede todo esto?, ¿por qué sucede el universo?, ¿por qué
sucede la vida? Si lo que se pretende es hallar una intencionalidad con vistas
a establecer una finalidad, la búsqueda está condenada al fracaso, porque ambas
faltan absolutamente en la naturaleza. Incluso el concepto de causalidad es una
idea, llámese regulativa, o categoría, o como se quiera, que nosotros mismos
superponemos sobre la realidad para organizarnos y manejarnos con ella. Otra
cosa es, en verdad, andar a la busca de consuelo en las respuestas, lo cual
determina de tal modo las preguntas que llega a pervertirlas por completo.
“Dios”, “conciencia creadora”, “sentido universal” aparecen aquí como finales, como detenciones del pensar,
ante las que únicamente cabe preguntarse por qué alguien en concreto necesita
una respuesta terminante, de dónde procede esa necesidad. Más prudente en
general, y mucho más sano para el pensamiento, sería evitar toda respuesta
terminante y procurar solamente respuestas que de inmediato reclamen más preguntas,
y sólo en la medida en que lo hacen. Y allí donde no encontremos ninguna respuesta, quizá baste con dar
provisionalmente marcha atrás. Sería conveniente comenzar a entender los
fenómenos físicos como entidades que se bastan a sí mismas y que sólo son en la medida en que suceden, porque
suceden, cuando suceden, donde suceden. Otras cosa es preguntarse cómo suceden, y entonces atacar la
cuestión con todo el arsenal de recursos científicos, filosóficos y artísticos
para apropiarnos de los procesos y llegar a dominarlos.
Por el momento, poco importa quién encendió la chispa y por qué se lió toda
esta jarana. El caso es que estamos metidos hasta el cuello y hemos prolongado
esta situación hasta lograr tal dominio de la naturaleza que nos hallamos,
quizá por primera vez, en disposición de tomar nosotros mismos la decisión
crucial: para qué. Y esto no es un
final, es un comienzo. La cuestión es si lo haremos, si seremos capaces de
hacerlo.
Atiéndase a la siguiente paradoja porque no es pequeña: en mi
exposición sobre la naturaleza he llegado a la conclusión no conclusiva de que
la naturaleza es movimiento, cambio, devenir. Pues bien, esta idea que yo he
recuperado desde el pensamiento griego en realidad tiene de griego menos de lo
que parece. Para los griegos, el Ser era fundamentalmente estático, inmutable.
Ocurre que a menudo utilizamos la expresión “los griegos” para referirnos a
Platón y a Aristóteles, ya ambos interpretados también a menudo con una
libertad rayana en libertinaje. Ello no significa que el pensamiento de Platón
y Aristóteles no haya configurado y condicionado el pensamiento de la
posteridad, sino que todas las distancias que nos separan de ellos más bien nos
impiden ver con claridad cómo han configurado y condicionado nuestro propio
pensamiento, y tendemos a dar importancia a aspectos tangenciales y obviamos
aquellos otros aspectos que en efecto resultan más determinantes, seguramente
porque no entendemos muy bien cómo pasa todo esto. Mi idea de la naturaleza es
dependiente de Aristóteles, y Aristóteles llevó su idea de la naturaleza, la
concepción griega imperante en su época y que Platón muestra a la vez que
oculta, a un lugar muy distinto de aquel donde la encontró. Y no se pierda
cuidado con el hecho de que prácticamente tras la muerte de Aristóteles su
pensamiento pierde fuerza incluso entre los miembros de la escuela fundada por
él, hasta que su misma obra parece desvanecerse para seguir un periplo
histórico digno de una novela de misterio. También Platón quedará relegado
frente a la influencia efectiva de las filosofías que conformaron los modos de
pensar propios de la última gran etapa de la Antigüedad, protagonizada por la
dominación romana en el marco cultural del helenismo: epicureísmo, estoicismo y
escepticismo. Los grandes desconocidos. A todo este respecto, resultan
apasionantes las reflexiones de Ortega en sus Ideas para una historia de la filosofía, incluidas en el libro Origen y epílogo de la filosofía. Ortega
reconoce la filosofía de Aristóteles como un intento de solucionar satisfactoriamente
el problema del movimiento, en tanto que cambio o mutación, en el contexto de
una comprensión del ser imperturbable en su quietud, idéntico a sí mismo. Es decir, si el ser es uno, inmutable y
eterno, ¿cómo son posibles el cambio, la generación y la destrucción? Pues
parece que haberlos, haylos. La respuesta aristotélica se halla desplegada a
través de sus famosos conceptos de la potencia
y el acto, donde el estagirita
investiga el paso del ser al no ser y del no ser al ser, el cambio, el
movimiento. Las obras principales donde se reflejan estas investigaciones son
la Física, la Metafísica y De anima
(Tratado del alma). Como se advierte rápidamente, no es una ocurrencia mía esto
de relacionar física, filosofía y psicología
(psiqué es la palabra griega para
denominar el alma), ni de hacerlo por deporte, sino por una razón más profunda:
la conexión esencial que atraviesa todas ellas y que a mi juicio sólo puede
advertirse partiendo de un asombro original, acercándose a los fenómenos con un
fuerte sentimiento de respeto que sólo puedo calificar como religioso, y expresando nuestras ideas
con un fino sentido del arte. Si la voluntad de totalidad es el rasgo más
característico tipo más elevado de hombre, entonces Aristóteles es
indudablemente su figura más eminente.
¿Cómo analiza Aristóteles
los distintos significados de la palabra physis,
naturaleza? En la Metafísica repite
conceptos ya desarrollados en la Física,
y nos dice, en primer lugar, que se refiere a la generación de todas las cosas
que crecen (por sí mismas); en segundo lugar, al elemento primero desde el que
crece aquello que crece; en tercer lugar, al origen del movimiento primero en todos los seres naturales (orgánicos), de los
que forma parte esencialmente y por tanto los define; en cuarto lugar, physis es el elemento primero a partir
del cual se genera cualquier ser no natural, nosotros diríamos artificial, como
por ejemplo la madera de que está hecha una mesa; y en quinto lugar, es la
substancia de todos los seres naturales. Con este somero resumen he pretendido
mostrar cómo los distintos significados que Aristóteles ya veía en la palabra physis, a su vez nosotros los
trasladamos a nuestra palabra naturaleza.
Más aún, que la comprensión de la conexión interna de todos estos sentidos
exige una capacidad de concentración y reflexión inauditas, y su exposición
requiere un esfuerzo de proporciones también cósmicas. Durante la redacción de
las últimas páginas he sufrido momentos de auténtica depresión, he sentido
impulsos de prender fuego al ordenador en que escribo, he perdido el sueño, he
consultado más libros de los que ahora soy capaz de recordar, me he desesperado
y he pensado seriamente rendirme y huir de España para alistarme en la legión
extranjera francesa. Por fortuna estos sufrimientos se han desvanecido, y
finalmente he recuperado el entusiasmo, ese mismo entusiasmo que me estaba
empujando a una revisión en profundidad del pensamiento aristotélico para la
que no estoy preparado (aún). Y sin embargo la emoción que me embarga al
estudiar a Aristóteles es plena, y se debe a que leyendo sus palabras
(traducidas) llego directa y claramente a mis propios límites como pensador, y
entiendo por qué Heidegger proponía a sus estudiantes que antes de ponerse a
estudiar filosofía, y no digamos ya a filosofar, leyeran atentamente todo
Aristóteles. En su Metafísica, el
filósofo griego concluye que la naturaleza es el principio del movimiento de
los seres naturales, de modo que siempre se encuentra en ellos bien como
potencia o bien como acto. Y aquí comienzan mis auténticos quebraderos de
cabeza, pues seguramente influenciado por una concepción heredada de la física
moderna, resulta que mi idea de la naturaleza es el principio de movimiento a
secas, tanto de los seres naturales como de los artificiales, orgánicos e
inorgánicos, corpóreos e incorpóreos, de todos los seres, en fin, cualquiera
sea su género, clase y forma de manifestarse. Es así que, al adentrarnos en la
distinción entre seres animados e inanimados, comienzo a trastabillar y ya voy
todo el camino tropezándome y dando sobresaltos, siento que atravieso un
pasillo largo, angosto y oscuro que en su lejano extremo va a dar a una
estancia llena de puertas todas ellas cerradas a cal y canto. No dudo de que
los seres se pueden distinguir y se distinguen entre sí, pero siento que esta
distinción, si no se domina, acaba cristalizando en una definición que pone el
acento precisamente en la diferencia, dejando de lado lo que tienen en común, y
no en el sentido de lo universal (que sería su expresión abstracto-conceptual),
sino justamente en el sentido físico.
Dicho de otra forma: no hay seres inanimados, sino diferentes grados de
animación. Volveré sobre ello más adelante, desde una perspectiva muy distinta.
