miércoles, 30 de julio de 2014

El Silencio, 40. Diálogo entre el poeta y la prostituta.



40

DIÁLOGO ENTRE EL POETA Y LA PROSTITUTA


(Nadie tiene el poder de hacer música con las palabras. Nadie, sino el poeta, y quizás alguna vez las prostitutas. Porque la música no es un juego lento que avanza en la explanada. No es un sinuoso down tempo elevado a la categoría de dios, al almacén de los muertos, al recuerdo mórbido de la fundación de una nación por sincretismo. Yo era joven aún, pero había librado tantas batallas como César, como Julio César, como el único hombre frente al que me siento digno de haber existido. Y aún existo... )


El Poeta: –       Quiero cuerpo, quiero carne sobre carne, 
                       pero tengo miedo, mujer.

La Prostituta: – Yo sé que temes, pero es a ti mismo. Tu miedo
                       es solamente el regreso de tu niño íntimo.

El Poeta: –       ¿Regreso, dices? ¿Retorno? ¿Vuelta atrás, como un reloj
                       descompuesto?

La Prostituta: – Hablas demasiado, todos los poetas sois iguales.
                       Habláis cuando debéis callar.
                       Y calláis cuando se espera de vosotros que levantéis palabras.

El Poeta: –       Y ahora, ¿qué hacer?

La Prostituta: – El suicidio es siempre una opción plausible.

El Poeta: –       Eso es lo que quiero. Quiero la muerte.
                       Quiero detener el tiempo.
                       Quiero sangre recorriendo mi lenta biografía.
                       Quiero sacrificarme por todas las virtudes del mundo.

La Prostituta: – ¿Virtudes? Me tocas. Pero tus caricias
                       son otra forma del silencio.
                       Ríe, por fin, y ven a mí, que soy accesible al rumor del siglo.

El Poeta: –       Me entrego. Quédate con mi razón
                       y con mi dinero.
                       Mi reino ya no es de este mundo.

La Prostituta: – Nunca lo ha sido. El único reino
                       que impera en este mundo es el mío.
                       Y el mundo es una rueda que no cesa.





viernes, 18 de julio de 2014

El Silencio. Cuarta Parte.




EL SILENCIO




Giorgio de Chiricho, El diálogo misterioso.




Cuarta Parte

Diálogos

hacia una filosofía del silencio





ÉL

No es el cansancio lo que a mí me impele
al silencio. La tarde es bella, y dura.

ELLA

Se ve en la noche el ruiseñor. No escucho.
El viento estos cabellos desordena. Mas no los míos.
Y la luna es fría.


VICENTE ALEIXANDRE,
 Diálogos del conocimiento






39

DIÁLOGO AÚN EN EL MUNDO DE LOS SUEÑOS


(No era música todavía, y sin embargo el espíritu, adormecido, irradiaba. Fina inteligencia antes de despertar, el Poeta, incapaz de decirse la verdad a sí mismo, se situó frente al espejo. Son siempre tristes los sueños en que decide el alma, a través de otra alma, romper su silencio.)


El Poeta:–      Camino entre despojos de recuerdos.
                     Es noche cerrada, y vierto lágrimas,
                     y lo más extraño de este callado llanto
                     es que, ahora, no recuerdo por qué lloraba…

La Sombra:–   ¿Vienes a mi mundo y traes contigo solamente tu tristeza?
                      Regresa a tu realidad, aquí hay ya demasiadas sombras…
                      ¿Sabes, al menos, por qué lloras?

El Poeta:–        Porque no encuentro belleza en la sabiduría.

La Sombra:–    Ciertamente, qué terrible es el conocimiento
                       que ningún beneficio le reporta al sabio.

El Poeta:–        Nada hay tan insoportable como la certeza.

La Sombra:–    ¿Y qué es propiamente lo que tú sabes?

El Poeta:–        Que he perdido algo que me fue precioso:
                       lo he perdido, o se me ha roto.
                       En cualquier caso, ya no sirve.
                       En cualquier caso, ya no es mío.

La Sombra:–    ¿Y pretendes recuperarlo?

El Poeta:–        Quiero recuperarme.

La Sombra:–     Habla, entonces.
      ¡Despierta!






 

jueves, 22 de mayo de 2014

El Silencio, 38. Interludio.



EL SILENCIO



Wassily Kandinsky, Negro y violeta.





INTERLUDIO



38


    El silencio, sin duda, tiene su encanto, también como entidad poética.
Pero filosóficamente hablando el silencio es problemático,
no sólo en la medida en que es símbolo de la muerte,
sino, sobre todo, en cuanto que la palabra, el uso apropiado de la palabra,
es constitutivo del más alto grado de humanidad:
y por lo tanto, el silencio puede resultar inhumano.

    Enmudecer, sea cual sea la causa,
abre un acontecimiento pleno de melancolía.
Callar
cuando se puede hablar,
es quizá cansancio, y tal vez violencia.
Pero callar cuando se tiene la pura, auténtica intuición
de lo que precisa ser dicho
acaso constituya el crimen primigenio contra la humanidad.
Quién sabe: acaso todo crimen ha sido gestado en el silencio,
incluso cuando después del horror
haya desembocado en gritos
— si de uno, de muchos o de enardecidas multitudes…
esto es aquí lo mismo.
Quizá cuando se pierde la palabra
(o cuando se multiplican las palabras vacías,
los discursos vacíos,
cualquier forma de palabrería,
viciosa, cruel y chabacana),
quizá es entonces cuando surge la nada en su apoteosis tenebrosa
y el animal hombre se asusta, se encoge y se enfada.
Quizá cuando llega el silencio, como el invierno llega,
es cuando el hombre se olvida de que es hombre
y sólo mata. Quizá el crimen,
la voluntad de destrucción,
la maldad…
no sean sino anhelos del hombre clamando
por recuperar su humanidad perdida.
En todo caso son gritos,
desgarrados gritos en la oscuridad
que únicamente podrán ser consolados por las palabras,
las suaves, las dulces, las ligeras palabras
cuando son palabras de verdad y traen consigo el milagro de la significación
y la purificación del sentido.

    Misterioso es el lenguaje, como extraño soy yo mismo.
Yo, que cuando callo,
me engaño, me niego y me olvido
de la verdad que es mía y, aunque tal vez impracticable para otro,
tiene palabra y llega a la palabra e invita a la palabra
que sí tiene el poder de hacer, de esa mi verdad,
un camino practicable para otro
—si para uno, para muchos o para enardecidas multitudes…
eso es aquí indistinto.
Pero no es la verdad cosa de muchos.
Ni aun su íntima esencialidad puede ser captada
siquiera por unos pocos.
Pulchrum est paucorum hominum.
La limpieza es también una vía que conduce a la soledad.
En la vida son muchas las vías que conducen a la soledad:
está, por ejemplo, el silencio,
pero también la mentira,
o el miedo,
o la ausencia de filosofía.
Lo típico de la muchedumbre, de la masa
es precisamente la irritante soledad que levanta en torno al individuo,
y a la postre, «individuo», no es más que otra palabra,
pues el concepto de individuo, en cuanto que sujeto, singular, autónomo,
representa una realidad más bien escasa,
no efectiva,
no real.
Corren malos tiempos para la inteligencia.
El arte, el pensamiento, la voluntad, la poesía,
digamos la cultura,
hállanse en más grave peligro de descomposición,
no porque estén muy lejos, sino porque están cada vez más cerca.
Demasiado cerca.
Y los grandes problemas que ellos representan
exigen ser de nuevo formulados,
de ahí su aparente agotamiento,
de ahí la ausencia de valores que llega en forma de epidemia.
Es preciso replantear las grandes cuestiones.
Es preciso recuperar el sentido de la palabra.
Hay que retomar el diálogo del Espíritu.
Hay que superar el silencio enfrentándose a la nada.




domingo, 20 de abril de 2014

Transitaria, 11.




La muerte en Bogotá



   No he cesado de dar testimonio de mí mismo. No he cesado de vivir, de extraer néctares del azar sinuoso, de romper lanzas a favor de la escapada, la huida, el regreso, la limitada espuma que arroja, hacia toda alma, siempre un mar. Y tampoco he cesado de llorar. He vivido, sí, y he muerto, y he alargado la mano hacia el cielo, clamando, y de cada pena he hecho brotar una rosa.
     Oh, Dios. Es tanto lo que yo tengo que dar.
   He caído, duro, y me he levantado, a veces rápido, sin miedo al día que seguro ha de llegar. He hablado, y he callado. Eventualmente, he viajado. He visto. He tocado… Pero de entre la lluvia, el último licor de almíbar no he sabido rescatar. Por qué. Dime por qué. Dime quién soy, quién quiero ser. Dime qué tengo que hacer. Hacia dónde mirar. A quién amar, a quién odiar. Acaríciame una vez más. Entrelaza tus dedos en mi cabello, y guarda silencio mientras suspiro, mientras respiro, mientras del fondo de mis entrañas yo traigo al mundo una verdad. Yo he muerto en Bogotá. Y he vuelto a nacer como un fantasma. Y ahora vago, sollozo, mutilo palabras. La música me lleva de parte a parte. Hombres, mujeres, soledades. Y nadie, ni siquiera el viento, puede saciar esta sed de más.
     Oh, Dios. Es tanto, tanto, lo que yo tengo que dar. 




El Silencio, 37.




37

Y sin embargo era también mi propia voz…



Aquellas palabras, sencillamente, no hacían referencia a nada.
Palabras como amor, luz, silencio, humo, jazz
solamente palabras,
y sin embargo,
en aquel lugar tenían sentido,
allí donde por vez primera en muchos años
logré sentirme como en casa,
aunque no era mi casa.
Nada había en aquel espacio a lo que yo hubiera podido llamar mío.
Era mi voz
y no era mía.
Era una soledad en el mundo, tragedia de estilista,
en un tiempo más allá del tiempo,
no pasado, no futuro,
sino más bien el presente eterno de todo cuanto odio,
sempiterno cementerio,
pantano de conceptos, todos ellos callados,
ofendiendo mi silencio
con su silencio muerto.
Así que al fin hablé
y nacieron nuevos mis sonidos,
míos, pero no míos,
puros, redondos, perfectos:
así nació mi verdad como palabra mía, como rasgo, como grito,
suave grito de potencia y alma,
promesa de futuro, de vida, de limpieza,
de victoria, de sangre, de guerra, de catástrofe…
era todo, era inmenso,
y sin embargo era también mi propia voz.





El Silencio, 36.







36



¿Y hablar a solas?
¿No es al fin un conato de silencio?
¿Y mentir?
Como, por ejemplo: mentirse uno mismo.
¿No es esto otra máscara para el olvido
que viene a ser la forma más triste del silencio?

Y el hecho es que no puedo seguir callando.
De modo que, como aquel viejo filósofo, me voy a contar mi propia vida,
pues ninguna otra cosa hay en este mundo
de la que pueda yo hablar con inteligencia.

Yo nací, o eso creo,
y alguna vez fui niño —lo sé
porque aún conservo la ilusión del juego
y la inocencia del que no lo da todo por perdido.
Fin.










El Silencio, 35.





35



Qué difícil es decir
algo que resulte digno de ser dicho.
A menudo, hablar no es sino un desesperado producir sonidos
cuya secreta misión se reduce a interrumpir el silencio cósmico.
Pero el silencio
siempre está ahí,
y al cabo no se puede interrumpir más que por un breve, brevísimo
espacio de tiempo. —Y esto tampoco era digno de ser dicho.








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