miércoles, 13 de mayo de 2015

El Silencio, 46. Epílogo: final.



Eπίλογος


46

    
    Fragmento de voz, apenas ya poeta, heraldo del silencio
que ni logra ser silencio él mismo, ni en la mágica hora,
somnoliento,
calla.
Quizá sea debilidad, pero
¿qué, si vivo, no es también frágil, no sufre, no tiembla
cuando del fondo quejumbroso no siente la mano
surgir como una espada de hielo que todo lo desune,
que todo lo fragmenta?
Fragmento de voz, apenas ya ser humano,
adalid de ángel,
ruptura de profeta.
Un haz de luz cruzando.
Una línea que iluminando quema.
Así hay solamente silencio en torno mío,
hay solamente pena, silueta de la luna,
romance de la España negra.
¡Quién viene!
No va nadie. Nadie llega.
Y la voz, fragmentada, que es un eco de la nada eterna
sueña y llora como un niño jugando con la flor del tiempo,
con la rosa del pensar que hace su presencia.
Acto: entelequia.
Discurso: vacío, como el conjunto
que aquel geómetra insidioso convirtiera en universo,
en éter,
en conciencia.
Pienso, luego piensa un silogismo. ¿Y qué?
Hablan las palabras.
Qué estúpido hay que ser para rondar al filósofo,
qué triste, qué agotado, qué asceta.
Pero yo te tiendo la mano, hermano, y tú
ni me sientes, ni me anhelas. Rompo la frase. Quiebro el verbo, inauguro un hálito de prosa poética, pero ¿qué es la prosa, qué la poesía, qué el lenguaje, qué el habla? Hubo un día en que mentar el nombre de Dios en vano era sacrilegio: sacrílega es pues mi palabra, si vano es todo lo que sigo, todo lo que intento, todo lo que ansío. Mas mi ansia es fruta yerma, campo baldío, tierra muerta. Camposanto. Pues igual que comenzaste, así habrás de permanecer. Eres lo mismo. Y lo Mismo es en ti, porque eres, y siendo… Silencio. Pero silencio. ¡Nietzsche! ¡Heidegger! ¡Hegel! No answer. No. No hay respuesta. Pero no porque no hayas preguntado, clamado, gritado, arrancado de ti lo necesario para obtenerla. Es que este universo no responde. Escucha. ¿Has escuchado? Flores muertas. Sombras tendidas. Luces que no brillan. Palabras, palabras, palabras.

    Y en el firmamento, se dibujan figuras. Mira bien.
Aquí una osa, allá un carro, aún más lejos un cinturón.
Y acá más cerca una osadía. ¿Quizá una herradura? Guárdate
de no haberte convertido en piedra. Las palabras esenciales, si pronunciadas correctamente,
duelen.
Metafísica del dolor.
Ciencia del sufrimiento.
Elogio del horizonte: corre,
corre a buscar citas, encuentros, compañeros de viaje
en este viaje para el que ningún compañero es suficiente
ni toda la cultura del mundo basta.
Y nunca será suficiente
porque la noche acecha, y la luna falta, y las estrellas
curiosamente aquí se ausentan.
¿De qué hablo? ¿Hablo yo, o es la mañana postergada?
¿Quién soy? ¿Quién eres tú?
¿Qué es un pregunta?
Caricias de rocío rozando el alma.

    Silencio. Solamente silencio, en torno mío.
Y no es frío, sin embargo, como dicen que frío es el espacio…
también el invierno tiene las manos heladas.
Un golpe, un ruido, un deseo… y el pensamiento es ido.
Sólo queda la certeza sensorial
que orgullosa se apresta a percibir
y colmando los sentidos,
inunda el intelecto, que se cree pensar,
pero no piensa: distingue, analiza, fragmenta, disecciona,
¡Hegel!
No answer.

    Calla. Siente. Suave es el placer. Rotonda con estatuas
que una infancia prematura convirtiera en póstuma.
Entendimiento, lenguaje, sentidos,
todos ellos clamorosamente unidos en un mismo callar pletórico de significado,
he aquí la cima del poeta, la montaña mágica, el culmen del artista.
Y aquí se acaba. Eso es todo. Una rosa que florece, hace acto de presencia
y muere. Ya es muerta. ¿La ya nunca sida?
¡Heidegger!
No answer.
Pero algo comunica cuando la comunicación cesa,
algo se expresa claramente cuando la confusión máxima impera,
nada se dice
cuando no se dice nada.
Y sin embargo queda todo dicho.
Aquí hay un límite. Aquí reside una frontera: ¿quién la habita?
Llamadla justicia. Ésa es la palabra.
Pocos saben pronunciarla, y aún menos
son los que pueden escucharla;
y entre los pocos, sólo hay uno
que desasido de todo concepto, piensa, y pensando
ama.
¿Loco?
Sin duda.
Pues él acoge, y funda.
Un lugar se crea.
Es una habitación, cálida:
Historia —la llaman.


    Dolor que habla en soledad al amigo. Y es el amigo quien calla.
No acude. Despliega la farsa: drama.
Literatura. Música programática. Expresión
paratáctica.
Y en la mesa un diccionario.
¡Nietzsche!
Y si la vida es en efecto un teatro
—una tragedia—
ya es tiempo pues de representar la representación misma
y hacerla así volar en pedazos,
en fragmentos de una voz que sola queda
y gime,
y murmulla,
y llora,
y llama,
y muere.
¿Dónde ahora el amigo?
¿Qué ahora de la amistad?
Pero el único amigo verdadero
de uno mismo es uno mismo, y a veces ni eso
El gran teatro del mundo.
Que vivan los reencuentros.
Que viva la vida
y que calle el silencio. Pero el silencio no calla, justamente habla,
por eso es tan fácil hablar sin decir nada,
por eso es tan triste el ruido,
por eso es tan inmensa esta pena.
Y a solas crece la grandeza, esa otra farsa que pretende suplantar al universo,
pobre escenario,
mísero local,
paupérrimo agujero: mar de rocas, y vientos.
Y de entre las piedras siempre surge una serpiente
y se produce la tentación, y vuelta a empezar.


    Ritmo. Lógica. Negatividad.
Piensa, mundo, piensa.
Ya dueles de tanto pensar.
Que el silencio es cuerpo de una voz que se fragmenta
y cada fragmento es luz, sombra
y claridad.
El amor ama.
Ilumina el sol, y la luz se da.
Y después de toda la historia, de todas las citas, de toda la ciencia
y de todas las palabras,
resta una vez más el silencio,
el silencio que todo lo llena,
el silencio que todo lo cubre,
el silencio que todo lo silencia.


    El silencio.















Ha de tener coraje, Teeteto, el que sea capaz de avanzar siempre hacia delante, aunque sea un poco.
Pues el que se desanima en estos casos, ¿qué hará en los otros, si no logra nada en ellos o si, incluso,
 es rechazado otra vez hacia atrás? Difícilmente, como dice el proverbio, tal individuo podría nunca
conquistar una ciudad. Porque, mi buen amigo, ahora, al haber superado el obstáculo que dices,
que podría ser ciertamente el muro más grande que hemos sobrepasado,
los demás serán ya fáciles y pequeños.


PLATÓN, Sofista





lunes, 11 de mayo de 2015

El Silencio, 45. El más silencioso de todos los diálogos.




45

EL MÁS SILENCIOSO DE LOS DIÁLOGOS



“Pero cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras,
le asaltó la violencia del dolor y la proximidad de la despedida de sus amigos,
de manera que lloró en voz alta y nadie sabía consolarle.
Mas durante la noche partió solo y abandonó a sus amigos.”

Friedrich NIETZSCHE, Así habló Zaratustra, Tercera Parte,
La más silenciosa de las horas


(A veces, cuando tras largo meditar entro a solas en duermevela, no soy yo quien habla con mi alma, sino ella quien conversa con los espíritus de aquellos que una vez pensaron y, concediendo luego su pensamiento, quisieron los dioses que hubiera de llegar éste a mí al través de los libros o los tiempos o las rosas. Rugen mares de fondo, y las noches vuelan tristemente recogidas en el puño de una luna que no cesa. Amor, que late, como el magma allá dentro. Tengo sueño, pero me mantengo despierto, añorando un hogar que nunca llega, ay canto eterno del siempre extranjero, del que no encuentra su morada y, por lo tanto, existe, pero no habita. Así, me hablan los filósofos y los poetas. ¿He escuchado? Tiemblo, como tiemblan las estrellas. Pero tras mi largo viajar por lejanías, sólo había de quedar silencio, ese silencio negro y duro cual espina de fuego del que traiciona su esencia, y así debe ser desde el alba de los sueños, amén, bendita sea la Gloria. Todo era en mí un homenaje a la Tragedia, yo que me tenía por el último hombre trágico y me creía el único poeta y aspiraba a ser de nuevo guerrero en una guerra imposible bajo las inclemencias de la tierra de nadie de la inconsútil presencia del presente: cuervos sobrevolando el campo yermo, en cuyo centro una antorcha prendida hace ya tiempo se extinguía, y se extinguía, y se extinguía… Qué lento es el morir de esta época inhumana, de esta fase oscura de la siempre nueva luna, quizá la herencia de aquella pérdida de respeto por el lenguaje que a todos nos reclama desde la callada luz de la experiencia de la conciencia. ¿A quién habla mi discurso? A todos y a ninguno, como Zaratustra. Pero… ¿quién es Zaratustra? ¿Hemos aprendido a leer? ¿Sabemos escuchar, todavía? Leves olas se arriman a la orilla. Hay una mano, tendida, y yo la tomo, y alzo la mirada, y me siento protegido: es mi madre. Ella me canta dulcemente desde la cuna. Y yo quería correr del niño al camello, del camello al león, pero ni Heidegger ni Hegel me habían dado aún su permiso, y allá a lo lejos un inmenso edificio, el Ministerio de Cultura se erigía como un castillo como una fortaleza como un dragón de uñas punzantes y lengua puntiaguda. Lánguidamente, a sus pies, la joven Europa envejecía. Mis palabras surgían como alaridos, gritos insoportables entre los que se lograba entender con dificultad las palabras Antigüedad Clásica, Renacimiento, Islam, Humanidad, Pleitesía. Contra la línea dorada del horizonte definíase la silueta de un anciano caminando encorvado, asido al cetro de sus ancestros, al árbol de los prodigios sedentarios. Nadie pareció reparar en su figura, ni tan siquiera yo, que en mi incorruptible ambición por alcanzar la totalidad perdí todo sentido del matiz, de la sutileza, del detalle. Mi vida se convirtió en un cuadro monocromo y abstracto. Pobre de mí, tan orgulloso del pensamiento abstracto estaba, que me desasí de la realidad y no me di cuenta de que incluso este desasirme era una abstracción horrenda, no digamos ya la realidad misma. Odio voraz contra el Cristianismo que me no me dejó ver —no podía, no sabía, no había tenido aún la oportunidad de ver— que mi odio era muy otro y tenía raíces aún más hondas: Dios bendiga a los que ansían. ¿Quién soy? Una luz, una palabra, una acotación escénica. Entra El Espíritu de la Filosofía. Se detiene, y no dice nada. Se oculta, y nadie se percata. Grecia, Roma, hacen a su vez entrada. Una pluma caída desde la lámpara de mil velas prendidas roza el patio de butacas. ¿Es esto un teatro? Quo vadis? ¡Blasfemia! Llora ὕβρις. Alma, motor inmóvil, pasión que acciona, percepción y apetito: mónada. Sólo y siempre la ebriedad. La embriaguez que en Nietzsche es el corazón de la estética, entendida ésta desde luego como ontología de la voluntad de poder, en Hegel ya era simple y puramente la característica cenital de todos los miembros de la verdad (en última instancia, una orgía), y ya Aristóteles llamaba a todos los pensadores anteriores a Anaxágoras borrachos. Quizá la historia no ha sido más que un breve lapso de insoportable sobriedad. Pero cuidado. Dejad que suene la música. Dejad que fluya lo que ya fluye de suyo y en su fluir fluidifica. Dejad, dejadlo todo menos dejar hacer, dejar pasar. ¡Al rincón con la economía! ¡Cultura! ¡Poesía! ¡Religión! Gritad conmigo estas palabras que no significan absolutamente nada. Y luego sonará el minué del Don Giovanni y regresarán todas las sonrisas. Entretanto, nosotros seguiremos bailando, con los labios y con el espíritu, de cuerpo y alma, nosotros los mensajeros del silencio blanco, nosotros los que vamos directos hacia el exitus, nosotros los lunáticos histriónicos y anacoretas, nosotros los que, como el maestro del eterno retorno, decimos «nosotros» por pura cortesía.)


Pρόλογος


El Poeta: —                Oh, Diosa, concédeme pues el poder de Mímesis y de Catarsis
                                    para acometer con dignidad mi extraordinaria tarea,
                                    viento de levante y barcarola,
                                    rosa de otoño y lira que despunta,
                                    calor que abriga como seno materno y es amor
por todas las cosas que son simples, y sencillas.
Ordinario es lo que es, pues es, como todo
—como todo lo que es—,
como también es el poeta, todo poeta, este poeta
que tiembla risueño y escondido, y cual niño aguarda
la llegada de aquel que lo haya de encontrar.

La Muerte: —              Ah, eras tú el que se ocultaba.

El Poeta: —                No, yo no. Era la verdad. Alétheia.

El Borracho: —           (Cayendo bruscamente por un despeñadero.) ¡In vino veritas!

El Poeta: —                Sí: ya. No cabe duda, qué terrible es la sabiduría
                                    cuando no le reporta ningún beneficio al sabio.

Sófocles: —                 Venga, vamos… no te “sofocles”.


(Risas, llantos de entusiasmo, gritos de admiradoras, las calles se llenan de fan clubs entusiasmados que presionan hasta conseguir que El Poeta sea galardonado con diez Premios Nobel, treinta y cuatro Óscar, una Cruz de Hierro, un pin de la Legión Extranjera y un abrazo del delegado del gobierno de Murcia. Centenares de palomas son liberadas y surcan el cielo azul y limpio.)


El Poeta: —                (Arengando a las masas.) O pardon me
thou bleeding piece of earth…

La Noche: —               Pero no hay perdón posible, tú has violado
                                    la ley que todo lo rige, y por lo tanto todo lo consuma.

El Poeta: —                ¿Yo? ¡Protesto! Yo fui ya de antiguo condenado a representar
                                    el papel de héroe, el rol de mártir, la máscara del trágico.
                                    Pero rechazo el castigo, bastante
                                    he tenido ya. Ahora reclamo flores, y luz, y destino.
La Muerte: —              ¡Sea!

El Poeta: —                ¿El qué?

La Muerte: —              Lo que sea.

El Poeta: —                (Tristemente, alicaído.) Que así sea.
                                    Lo entiendo… y no lo entiendo. Oigo palabras.
                                    Pero un sonido todavía no es una palabra.
                                    Una palabra todavía es la mar en calma.
                                    ¿No veis que el infinito
                                    es solamente la certeza de una estabilidad oblicua?
                                    Yo soy el que era.
                                    Me llamaron skeptikoi, y desde entonces
                                    paso los días tratando de entender lo que significa esa palabra.

La Muerte: —              Lo entiendes… pero no lo entiendes.

El Poeta: —                ¿Y qué? Ya lo entendió Ortega.
                                    ¿O acaso eres tú la que no entiendes
                                    que no eres un final, que no impides nada, que no limitas?
                                    Yo analizo, me analizo a mí mismo, me disecciono…
                                    Y mira: ¡sigo vivo!
                                    Pero cada miembro, cada parte, cada trozo
                                    termina por convertirse en principio,
                                    en convicción,
                                    en ideal,
                                    ¡en creencia!

La Muerte: —              Pero las convicciones son cárceles.

El Poeta: —                Y las cárceles son habitaciones estrechas.
                                    ¿Dónde está la salida? ¿Dónde comienza el camino
                                    para salir de este entuerto, esta maldad, esta mentira?
El Méthodos: —          Siempre estuve aquí.
                                    Nunca me he ido.
                                    Es sólo que para encontrarme
                                    primero hubo que saberse perdido.

El Poeta: —                Pero…
                                    ¿y el riesgo que corremos?

El Méthodos: —          Eso no es asunto mío.

La Muerte: –                No, o sí. Sí
                                    o no.
                                    Todo depende del color del cristal con que se mira.

Jorge Manrique: —      (Indignado) ¡Plagio, plagio!

Shakespeare: —           (Muy indignado) Plagiary, plagiary!

Calderón: —                (Indignadísimo) ¡Copiota, copiota!

Campoamor: —           Ved qué grande mi amor que se expande como el campo…

La Muerte: —              Ya eres ido. ¿Quién fue? Tú, y tú, seréis los siguientes.

El Poeta: —                Me avergüenzo. O más bien se avergüenza mi alter ego,
                                    la nada, la nada que atormenta,
                                    la nada que no permite saber cómo vivir
                                    ni tampoco saber cómo abrigar la muerte.


(El Poeta calla, se aterroriza, cae al suelo, arrodillado, sollozando: visión patética del hombre que asume en sí todo el sufrimiento, el de la humanidad y el de los dioses. Solamente el suyo le resulta insostenible. El Poeta siente miedo, y busca calmarse, hablándose a sí mismo. Son susurros, suspiros, caprichos del aire al aire invicto. Es El Silencio.)


El Poeta: —                Huye, huye ahora de mí, Silencio.
                                    Necesito más palabras para salir de este entuerto.
                                    Me niego a no decidir por mí mismo
                                    y en cada instante
                                    hasta el más ínfimo detalle de mi destino.
                                    Yo, que me he creado a mí mismo:
                                    ahora voy a crear al Hombre, al Mundo
                                    y al Universo.
                                    No renuncio a nada:
                                    lo quiero todo
                                    porque nada espero.

El Silencio: —             Calla, hijo mío, y no tengas miedo…
                                    recuerda que la vida, el ser, el tiempo
                                    sólo se poseen cuando no se tienen.
                                    Calla, y escúchate a ti mismo
                                    cuando callas
                                    porque piensas.
                                    Tú bien sabes que, en verdad,
                                    nada tiene demasiada importancia:
                                    lucha, pero en silencio,
                                    y si has de perecer en el intento,
                                    si has de sufrir todas las desdichas y todos los desalientos,
                                    si has caminar solo entre la gente
                                    y alimentarte únicamente de tu propio crédito…
                                    ¡bien, que así sea,
                                    grita en silencio que también a esto estás dispuesto!

El Poeta: —                ¡A eso y a todo estoy dispuesto!
                                    ¿Por qué?
                                    Porque yo… puedo.


(Entra en escena una sombra triste y repulsiva: engalanada con cien joyas y con otros cien falsos artificios: ella es La Esclava, y se permite, siempre impertinente, hablar y opinar sobre cualquier tema en este nuestro Gran Teatro Griego, la muy desvergonzada. Tepsis, indignado, exige su expulsión inmediata. Dioniso, sonriendo, calla, —por supuesto. El Poeta se sobrepone a este contratiempo, se alza, y se dispone e enfrentarse al más tenaz de los impedimentos para el advenimiento de La Aristocracia. ¡No se olvide, en ningún momento, que la esclavitud es el signo de nuestro tiempo!: esclavos sirven y esclavos gobiernan; son esclavos los que escriben, y enseñan, y publican; esclavos son, e hijos de esclavos, los que trafican y comercian; y esclavo es, en fin, todo aquel que sacrifica su ocio en aras de un trabajo, que le consume, niega y desprestigia: esclavos somos todos… ¡y nos creemos ciudadanos libres en el paraíso de la Democracia! El peor de todos los esclavos no es La Esclava, es El Poeta mismo.)


La Esclava: —             Ven, espera, escucha y habla:
olvídate ya de toda esta mascarada.
                                    Ay, mísero de ti, melancólico hombrecito
que crees que dices cuando callas.
Tú has permitido que tus delirios de grandeza,
tus miedos, tus dudas y tus penas
te condujeran a creer,
a necesitar creer
que eras especial,
que eras único,
que eras el anuncio del mañana.
Torpe ángel, descuidado apóstol:
tú no eres más que un hombrecito,
pobre, tonto y descarriado,
incapaz de adaptarte, de ser uno más,
de pertenecer, de integrarte, de ser masa.
Mucho sufres tú, hombrecito,
y por eso necesitas consolarte.
Ven, no te engañes más,
duerme, olvida,
dedícate a pasar la vida como todos la pasan,
como leve azul, como una sombra.

El Poeta: —                Qué audacia, qué violencia, qué osadía.
                                    Y a pesar de ello,
                                    no consigo odiarte.
                                    El odio es cosa tuya.
                                    Esclavo es que el odia, por naturaleza:
                                    he aquí la clave para entender este momento de la Historia:
“Ni Dieu ni maître”.
No.
Ni lo uno ni lo otro.
Nada de nada.
O sea: nada.
Pero hay la Democracia. ¡Mil gracias le sean dadas!


(Un niño harapiento salta del jardín huyendo del jardinero. —Qué malos son los jardineros. El niño grita, unos creen que pidiendo auxilio, otros insisten en que grita porque es un animal más que un niño, y el niño, que ni es un animal ni es un niño, rompe a volar en medio del estrépito general producido por la estupidez de los hombres y las mujeres que no saben distinguir a un ángel de un niño. Pero el ángel anuncia. Su mensaje es claro; no: es la claridad misma. ¿Es la luna un ángel? Un momento: ¿quién ha hecho esta pregunta?)


El מֵלְאָךְ:                   Confusión que reinas entre los que no cabalan,
                                    hazte a un lado, tú que eres el mal, pues confundes
                                    y por lo tanto siembras la discordia.
                                    Eres la sombra, yo te conjuro. ¡Retrocede!
                                    ¡Hágase la luz
                                    así en la paz como en la tristeza!

El Vulgo: —                ¡Tapen las Vergüenzas a ese niño!
                                    ¡Horror de la desnudez, espanto de todos los vestigios!
Que la Democracia lo vista, que la Democracia lo alimente
y ya de paso que le proporcione una vivienda.
Que la Democracia se ocupe de todo,
que todo lo solucione, que todo lo consiga.

La Cordura: —            Pero, amiga mía, la Democracia es una trampa mortal.
Si conocieras la historia, sabrías
lo que ocurrió en Grecia: lo que sucedió, sin ir más lejos,
en Atenas.

Tucídides: –                 De la Democracia nacieron todas las bestias:
                                    nosotros llegamos a ella por la fuerza,
                                    por la fuerza de la animalidad más concreta,
                                    fuerza inusitada de la naturaleza helena,
                                    hombres todos, ya no lobos
sino dragones para los otros hombres:
entre nosotros, que éramos capaces de todo,
no hubo límite para la ambición individual
(sólo entre nosotros
nació, en efecto, como tal, el individuo):
en cada griego residía, crecía y codiciaba un Tirano
necesitado, obligado, impelido a dominar,
a imponerse,
a brillar,
a superarse,
a no reparar ni en medios ni en gastos
para satisfacer su voluntad.
Y el único Contratirano que encontramos
para comenzar siquiera a medio resguardarnos
los unos de los otros,
fue precisamente otro Tirano, cuya peculiaridad
consistió en hacernos sentir a todos
un poco, un poquito tan sólo… partícipes de la tiranía.
La Democracia nace como medida defensiva,
no como libertad, no como fraternidad, no como solidaridad
y sobre todo NO como justicia.
Vedla: sostiénese solamente mediante la esclavitud,
consecuencia necesaria de toda aristocracia, y de toda democracia.
Siempre habrá esclavos en el mundo,
Preguntádselo, si no, a La Esclava.
(La Esclava calla, Silencio obliga.)
Para nosotros era el trabajo algo despreciable;
incluso las artes plásticas: pintura, escultura, arquitectura
eran sospechosas de vulgaridad, impropiedad e indicio
de que allí no podía residir el espíritu de la excelencia.
Nosotros aspirábamos a la plena ociosidad,
ideal
que quizá fue tan sólo plenamente satisfecho
en Esparta.
Esparta, la antítesis absoluta de toda Democracia,
de todo instinto democrático,
de cualquier aspiración a la igualdad,
a la gran mentira de todas las mentiras mentirosas.
La plena ociosidad:
¿quién, de entre vosotros, hombres contemporáneos,
tendría siquiera la posibilidad de acceder al sentido,
al contenido,
al significado de este ideal?
Vosotros rechazáis resueltos con aires indignados
la sola palabra: esclavitud.
Y por ello sois esclavos de vuestra triste
y peligrosa ignorancia.
Vivís, sí, pero esclavizados por las prisas, el apremio y la codicia:
por todas partes se extiende un vacío existencial,
ya en forma de depresión
o de socialismo:
tristes, cabizbajos, infelices,
ajenos al goce incomparable de la Verdad que brilla y tiembla.

La Verdad: —              Cuídate de no nombrarme en vano tú, griego, ateniense, general.
                                    ¿Qué sabrás tú lo que es la verdad?

Pilatos: —                   Completamente de acuerdo.
La Verdad: —              ¿Y qué sabrás tú, Poncio Pilatos, enfermo como estás,
como Calígula,  como Nerón,
como la misma Roma, enferma de la voluntad?

Jesús: —                      No contestéis una sola pregunta.

La Plebe Romana: —  ¿Por qué? ¿Por qué no?
                                    ¡Contestad, contestad!

El Poeta: —                ¿Pero a quién preguntas, insensata, no ves
                                    que aquí no hay nadie más que un pobre poeta,
                                    su mano, su letra, y acaso su igualmente pobre lector?

Jesús: —                      Así es.

La Plebe Judía: —       ¡Morid, morid, por Dios bendito morid!

Dios Bendito: —         Calma, paz, tranquilidad.

La Plebe Gentil: —     ¡Muere la calma, muera la paz,
                                    muera la inteligencia, viva la muerte!

Unamuno: —              Venceréis, convenceréis, pero no prevaleceréis.

La Plebe Absoluta: — ¡Miserable, harapiento, hi de puta!

El Poeta Absoluto: — ¡SILENCIO!

El Silencio Absoluto: — ¡                       !

El Absoluto: —           (Cayendo como un rayo.) ¡Zas!

La Plebe Absoluta: —             ¿Cómo?

Jesús: —                      Así es, lo soy.

Todos: —                    ¿Qué?

Jesús: —                      Unos griegos buscan a Jesús. Llega su hora.


            (Llega el fluir, y llega el nuevo refluir. Llega la verdad saliendo de lo oculto para ofrendarse. ¡Acontecimiento apropiado! Llega El Espíritu. Llega el único final que es un principio.)


La Voz Que Calla: —  Para alcanzar la plenitud, el goce y la autosuperación
de uno mismo,
para ello cantan el ser, el saber y la voluntad.
Pero, ¿ellos son?
A los que viven encerrados en su jaula de cristal,
a la que llaman Estado Liberal,
o Democracia Parlamentaria,
o Estado de Derecho,
o Cultura,
o “  ”.
Espantosamente autosatisfechos,
henchidos de autoridad moral
por defender la libertad, el progreso
y los derechos humanos: las palabras solas.
Ay, infelices:
porque no son libres,
y hasta tal punto creyendo serlo no lo son,
no ven,
no quieren ver,
no pueden ver
que su Sistema Providencia sólo se sostiene
sobre la explotación del resto de la Humanidad,
de la gran masa de la Humanidad,
y a la postre de ellos mismos,
por cuya explotación, escarnio y sometimiento
más terrible aún que lo fuera el dominio
ejercido por los espartanos sobre sus ilotas
—y sólo gracias a esto
se hacen posibles todo su confort,
todo su consumismo y todo su diseño.
Y así, cegados ante el hecho más horroroso
entre todos los horrores,
dejan que gobiernen y dirijan y dispongan
hombres y mujeres que no están bien dispuestos para ello:
infectados por el imperio de la técnica
y sobre todo de su hija bastarda, la ciencia tecnológica,
se maravillan de sus artilugios,
cada vez más y más complejos,
mientras han perdido el sentido de la cultura,
la visión del futuro,
el derecho a un futuro en absoluto.
Su sistema educativo es una farsa de tal calibre
que no se produce ni tan siquiera un atisbo de protesta
ante la eliminación, en los planes de estudio,
de todo residuo de la Formación Clásica.
Quizá esto tenga, en el fondo, su sentido:
hay que ser ya un privilegiado
para aspirar a la educación en este ambiente exuberante y mágico.
Pero ellos han eliminado el concepto mismo de privilegio:
y como no conocen el significado de las palabras
(y tras de ellas los conceptos
que nacieron en un tiempo único, abismal, inconmensurable),
no pueden entender que, al eliminar los privilegios,
han eliminado también el derecho privado,
la esencia del individuo:
y son todos masa, por lo tanto;
innúmera, tumultuosa, sollozante masa de esclavos
condenada a un capitalismo aberrante
que está consumiendo el mundo,
desolando la naturaleza,
desertizando la Tierra.
Vivid cómodamente lo que quede de vuestra época.
Yo, la voz más callada de todas, desde la historia, os advierto:
las polis griegas, especialmente las democráticas,
se desollaron a sí mismas,
se destruyeron,
hasta que en aquella Grecia no quedó piedra sobre piedra.
Sólo esto os advierto:
cuidad de que no os suceda lo mismo.

Jacob Burckhardt: –     Los griegos son, fueron
                                    el pueblo auténticamente genial sobre la tierra.
                                    Quizá también son
                                    los hombres que, como pueblo,
más daño se han hecho a sí mismos.

Nietzsche: –                 Ello, si no otra cosa, demuestra
                                    que todo lo decisivo surge “a pesar de”,
                                    que solamente se alcanzan grandes metas
                                    cuando se tiene necesidad de ello,
                                    cuando el peligro ronda en todas partes
                                    y siempre se está a un paso de perecer, ser conquistado
                                    o esclavizado, que el hombre
                                    tiene que verse obligado a superarse a sí mismo.


(Corre un viento fresco. La Esclava, ruborizada, calla por fin y se arrincona. Henchido de entusiasmo, El Poeta toma el centro y la palabra.)


El Poeta: –                  No hay duda: el gran mal de nuestra época
                                    el veneno auténticamente pérfido que, silencioso,
aniquila,
es la comodidad,
y su consecuencia directa:
el agotamiento.
Después viene el miedo a luchar,
y finalmente la pereza.
De aquí, un solo paso queda
para la multiplicación, en forma de epidemia,
de turbas de descontentos e insatisfechos,
de indignados, de altavoces de la exigencia.
Y el colmo, tal cual se llaman
a sí mismos: indignados,
los que no tienen dignidad
—pero ellos reclaman lo que les ha sido arrebatado.
Cualquier hombre medianamente entero
sabe que, en última instancia,
indignarse no sirve de nada.
Qué espectáculo lamentable:
los esclavos ya ni siquiera son capaces de levantarse en armas;
incluso en esto fallan:
los esclavos, en la Antigüedad,
aún alardeaban de voluntad, de fuerza, de dominio de sí:
¡se rebelaban!
Pero claro, pelear
es demasiado incómodo.
Otros se sientan en el suelo y piden más Democracia.
Bien, que así sea.
Venga más Democracia, y cuanta más mejor:
así, al menos, esta desgracia de época
se precipitará más rápidamente hacia su final.
Entretanto, yo voy a jugar mis cartas.
Ven tú, óyeme, Esclava:
presencia cómo me deshago de tus trucos,
de tus seducciones y de tu ignorancia.
De hecho, te voy a dar la razón
(yo no necesito más razón…
lo que necesito es otra cosa).
No dudo en reconocerlo:
es muy posible que todo lo que has dicho sea cierto,
que yo sea, en efecto, todo eso que me has dicho.
Pero acaso,
¿no es posible también todo lo contrario?
Y si al final yo
y no tú,
¿estuviese en lo cierto?
Incluso en el caso de que fuera posible medir
nuestras respectivas posibilidades de
hallarnos en lo cierto,
y tú contases con casi todas ellas
y yo apenas con ninguna…
este solo apenas,
esta sola posibilidad,
¿no merece la pena, el sacrificio y el esfuerzo?
¿Qué tienes tú que perder?
¿Qué te va a ti en ello?
El que me arriesgo soy yo.
Yo soy el que me sacrifico.
Yo solo, y solamente a mí mismo
me pongo en juego.
Es mi decisión.
Y si en la apuesta me extravío, me arruino o me destruyo,
Esclava:
¿qué más da?
¿Qué se pierde con ello?
A mí
¿quién me va a echar de menos?
¿Tú?
¿Ellos?
Dime, por favor,
dime si no merece la pena el esfuerzo,
dime si tú misma, incluso tú
no deseas un futuro mejor para tus hijos
y para los hijos de tus hijos
y ya que estamos,
para toda la Humanidad que ha de venir,
que aún puede venir
(superada esta caída en la barbarie irresponsable),
para organizarnos mejor,
para llegar más lejos,
para lograr más,
para SER más,
y hacernos parte y coalición
de una vez por todas
con todo el Universo.
Pero dejando, permitiendo, al mismo tiempo
que el Universo sea, tal como es, para él mismo.
Que no se apague el brillo,
que no cese la luz,
que brote siempre, una vez más, el tiempo.


(Y aquí, se hizo El Silencio.
He hablado, habéis escuchado;
aquí lo tenéis:
juzgad.)











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