domingo, 18 de septiembre de 2011

Historia de la lejanía, 3.




Besar por amor



Pequeño espíritu romántico que vaga entre las piedras,
albur de dados, canción de plata,
sincero pesar que arroja multitud sobre la conciencia
y bajo un cáliz de espuma inapropiada se derrama.
Pequeño amor, breve sonrisa, mano que dejada
caer contra la carne limpia,
acaricia, quiere, dignifica,
purifica con su ardor cuanto no vuela ni tiene alma ni cariño.
Dar un beso así, entre ascuas, como quien viaja hacia dentro
suponiendo en la soledad de dos enamorados a solas
que el tiempo no es tiempo sino brisa y dura para siempre.

Besar por amor, qué dulce tontería,
qué suavemente suave error sin culpa,
sin malicia,
sin ese parco y sinuoso rencor de lo premeditado,
luz mortecina que con suavidad se destaca
en un mar de luces incrustadas.

Yo no amo ya, nadie lo hace,
yo beso con lentitud cuando la noche se hace carne
y quiero el querer de la mujer que, cuando quiere,
se hace cuerpo, ríe con sangre pasión dulzura suave
y luego se deja caer al mar del que venimos todos y también las aves.
Y también las sombras.
Yo no amo ya, para qué, yo no sé nada,
mi comprensión del amor quedó muy lejos, más allá del frío,
y fríamente presiento ya en mi interior suavemente la primavera que se destaca.
Amar es cosa de locos.
Yo sólo quiero besar tus labios
y bailar en torno.






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