domingo, 18 de septiembre de 2011

Historia de la lejanía, 4.



Las palabras





A veces caigo lentamente en largos monólogos,
y las palabras me mecen como si fueran madres buenas,
amigas sin condiciones, compañeras.
A veces hablar me sana de toda la maldad que hierve en la urbe muerta,
me cura de todas las enfermedades y de todas las tristezas.
A veces hablar es como dejar sonar la música,
y la voz que con sus breves cuerdas se impone
es la paz, es el amor, es todas las cosas dignas que vienen a recoger su nombre
y a dejarse nombrar por la voz que las desata.
Felicidad pudiera ser tan sólo una palabra
pero es en todo caso mía, es en todo caso mi verdad,
mi aliento ardiente que felizmente se hace verbo
y recompone mi dolor, mi sufrimiento y mi angustia
formando una inmensa sonrisa que equiparando a la luna en su belleza
es mía y sólo mía y yo se la regalo a quien tiene oídos
para la música.
Hablar, hablar de nada,
decir solamente cosas bonitas,
no temerle al vacío ni al ridículo ni al mar del sinsentido,
hablar por hablar,
decir sí, no, a veces,
decir te quiero, me voy, hasta luego,
callar en el momento justo, caminar redecorando las palabras
y regalar indiscriminadamente frases, textos, caricias,
sonreír al extraño que pasa,
a la mujer que camina,
al niño que juega.
Y escuchar con atención inusitada lo que hablan.
Cuando son felices, las palabras
no son solamente palabras.
Son puentes tendidos entre una sombra y otra sombra,
son luces en la noche sin estrellas,
son enormes ventanas por las que corre el aire y a veces también las almas corren.
Decir sí, cuando todo el mundo niega,
es una virtud cardinal.
A quien afirma con su voz, con su gesto, con su prestancia
debiera concedérsele el rango de Príncipe
porque su actitud es alteza.
Y hablar con la propia vida,
decir cosas lindas con el solo vivir,
con el solo aire que se respira,
invitar a reír con el ejemplo,
también justifica la existencia.
Porque existir es un problema
y la única solución una palabra.
Aunque no tenga sentido,
aunque sea nueva o inventada,
la palabra, dicha en el tiempo y el lugar apropiados,
perdura.
Es más fuerte que la piedra.
Los niños siempre están aprendiendo a hablar:
también yo, que soy un niño
nacido del corazón de las palabras.
Y como recién nacido al idioma voy siempre buscando hallazgos felices,
salto de la complejidad a la simpleza,
miento, descubro, celebro, certifico,
extiendo talones emborronados
y presento documentos sellados por un beso de carmín
que le robo siempre a una mujer hermosa.
Yo hablo, pero no solamente los poetas hablan,
también los hombres que no le temen a la nada,
aquellos felices azares que sienten como suya la alegría.
Muchos creen hablar,
pero en realidad sólo callan.
Nosotros los felices,
incluso con nuestro silencio decimos astucias.
Felicidad:
creedme, no es sólo una palabra.
Bien dicha, puede llegar a ser verdad.

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