domingo, 18 de septiembre de 2011

Historia de la lejanía, 5.



El momento definitivo




Tenuemente cáliz, la poesía
es el recipiente que recoge lo mejor de mi espíritu,
el elixir frugal donde recaigo
cuando la noche me atormenta y no encuentro valor para hundirme en mi destino.
Pero vivir en el manto de nubes, sumido
en la ferviente mocedad de un animal que se interna,
es también un dulce amor de suavidad destetada,
una infantil promesa de ramas y de hojas verdes
que musicalmente se sucede a sí misma en el recuerdo imborrable de un romance.

Y la audacia máxima, el beso
o la ruptura inconsciente de una flor en primavera.
La belleza enigmática de un hombre a solas en la ciudad
clamando por la selva, rugiendo, arañando,
regresando a su forma primera,
al antiguo mar de cuerdas y vientos y rocas y tristeza rosa.
El alma, cálidamente cáliz, recoge en su seno la armonía,
el imparcial volumen de una figura amada
cuyo cuerpo se hace uno con el horizonte y silueta.
Cada día, cada segundo vivido en paz con la bestia
merece ser dignificado en una inmensa sinfonía
donde todas las cosas buenas se recogen para formar el elixir de la vida ligera,
del amor puro que no pesa,
de la bondad eterna del artista que regresa a su natural forma.
La leyenda, el mito insignificante que todo lo arrastra
y unifica, el pensamiento
inacabado de una pasión que a solas se desborda por la ciudad y hacia la selva.
Sólo la belleza siente el deseo cierto de regalar,
de emular a la santa madre tierra cuando orgullosa
a sus hijos nunca reclama el dolor infligido sin aparente causa.

Cantan búhos, lechuzas,
animales nocturnos como la poesía,
salvajes hambrientos de certezas tales como la luna,
como la carne, como el alma y la piedra.
Singular promesa nunca descrita,
conjunción de un mundo que no es la sombra
sino la fidelidad del amante
que lentamente calla y enfrenta su condena.
Amar, sinfónicamente cáliz de la templanza,
adular la hermosura intacta de los últimos brillos de nácar,
de las últimas caídas del sol antes de la locura,
donde hombres y bestias acuden a beber de una sola instancia,
la brecha musical
abierta entre un alma y otra alma, desesperadas.
Largo es el camino que nos lleva hasta el regreso total,
hasta el momento definitivo,
pero intensamente rico, pleno, justo.
Regresar a la vida es siempre un acto de justicia.
Y también las noches, con sus velos de plata, regresan.
Y también las dudas.




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