domingo, 18 de septiembre de 2011

Historia de la lejanía, 6.



Por quién luchará el poeta





Si no el poeta, quién lucharía.
¿Los que no cantan? ¿Los que no ríen? ¿Los que no bailan?
No.
El poeta ha regresado para luchar por nosotros,
por todos aquellos que sentimos el mar crecer adentro,
por quienes hacemos de la felicidad un regalo
y con medida paciencia nos retiramos siempre a un palacio escondido,
a una mujer, a una paisaje, a un libro.
El poeta regresó por amor a los menos,
desprendido ya del odio eterno que fluye demasiado rápido,
y con la lentitud de las palabras renacidas en el cáliz de la nueva esperanza
dirá lentamente a cada uno lo que es suyo.
A cada uno dará lo que le pertenece
y a la nada le quitará lo que nunca ha sido suyo.
Con el amor que sólo la tarde comprende en su luz cálidamente
bañará nuestras manos impregnadas de ceniza,
limpiará nuestras memorias desusadas
y concederá tiempo a lo que exige reproducirse y necesita del futuro.

El poeta vino para quedarse,
como la mar vino, como la muerte descansa,
luchando denodadamente por incluir lirismo en la ciudad,
en la noche encendida, en la última
posibilidad del hombre para salir de entre dos mundos.
Habrá de luchar, luchará – ya está luchando –,
por todos aquellos que no se lamentan del rumor infinito de los pájaros,
por los que aman sin miedo, sin límite, y gritan su amor
más allá de los rincones y los páramos.
Por la luz cuando lentamente se dulcifica,
por el puro placer de recrear la palabra,
por la sola razón de desdibujar destinos,
por el amor y solamente el amor a lo que brilla,
a lo que en su propia luz oscila.

Y llegará el día en que todos sepan que viven porque alguien luchó por ellos.
Llegará el día, lo presiento, en que nadie,
ni siquiera las piedras,
tenga derecho a dudar del sentido de su existencia.
Y todos tendrán también las palabras adecuadas.







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