domingo, 18 de septiembre de 2011

Historia de la lejanía, 7.



El amante selvático





Humo de sudor ardiente que decayendo
centra en la inequívoca compasión de un ave su destino,
lento candor, beso de olivo, cuerpo caluroso contra otro cuerpo que se tiende.
Eterno amor de la piel que ruge desde dentro,
pasión en la voz, precipitación de palabras en cascada o beso,
bestia de dulzura, profundidad inmensa que nunca ceja, que jamás
la agonía de una lengua ha detenido.
Y en el mundo entre dos – un hombre, una mujer –,
en la extraordinaria batalla que se libra entre los sexos
sólo puede quedar un vencedor, solamente un vencido.
La carne es débil:
pero el fuego es inmortal,
el fuego o la ceniza impura que todo lo justifica,
el fuego y la espada de un cuerpo en silueta
afilado como un fruto abierto y derramando su jugo.
Besar sin amor, sin miedo, sin esperanza,
querer la victoria y la pérdida, subir, caer,
destrozar el pulso arrojándose al abismo del silencioso grito
que toda garganta emite cuando arrecia el éxtasis postrero.
Y alejarse después, regresar cada uno a la misma selva de donde vino.
La soledad hará crecer en su seno de nuevo el deseo
y pronto los amantes volverán, selváticos, a ignorarse a sí mismos.







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