domingo, 18 de septiembre de 2011

Historia de la lejanía, 9.





Son poemas



Lento canto de despedida inerme,
ligero azul que hiende su seno en la comisura de un labio,
parco viaje, descenso sutil a los infiernos
de un alma cuya historia fue narrada por las hadas.
Y en la cadencia del instinto arrebatado,
de la herida que fluye entre dos sonrientes estatuas,
del nacimiento breve de una idea sin lamento,
descubro el sentido auténtico de la bruma,
cavo hondo y más hondo en la arena,
hacia la vida,
y añoro el nostálgico retumbar de las olas contra mis costillas.
Sobre todas las cosas, recuerdo…
Recuerdo mi nombre, el nombre de las cinco lunas que se grabaron en mi pecho,
recuerdo la música de tu voz entrecortada
y juego a ser niño con el mar, vuelvo al regazo de mi madre,
pierdo la noción de la alborada.
Cavilo, susurro tonterías al margen de las puertas,
regreso al mundo que no sueña
silbando canciones que no pesan en el corazón de una ballena caída.

Pues la luz hacia mí también regresa,
como la sombra me dispongo a presentarme volátil e incierto,
como el agua oscilo de parte a parte
y recubro de miel las bocas que desean ser saciadas.
Yo soy el otro lado, yo mismo vengo de donde nada ha llegado nunca,
mis enigmas son poemas, son cerraduras, son abejas,
mi cielo es la última línea de cordura
antes de la negrura absoluta, del olvido, de la pérdida.
Desnudo, como un hijo de la vida pura,
hablo a través de mis propias palabras y camino,
siempre caminando,
siempre descendiendo hacia cualquier infierno
por la sola pasión de sentirme quemado,
porque el fuego purifica, y mi sangre,
cuando brota,
deja fluir el aroma de la verdad taciturna que sólo pueden sentir
quienes desde la distancia me ignoran.
El tiempo es la distancia.
Mi nombre es lejanía.
Mi paz es la guerra eterna.




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