sábado, 1 de octubre de 2011

Historia de la lejanía, 12.



Pulso al tiempo


La carne nunca termina de regresar.
Siempre vuelve, la piel, a deslizarse por rincones antiguos,
como si fuera música, tan ingenua, tan delicada
como si fuera una ramita rota.
Siempre vuelve a llover, y con la lluvia
regresa también la carne a su humedad primigenia
reclamando caricias insensatas, rumor de labios que agrietados
dejan correr palabras sin sentido por el mar de la esperanza.
Y habla la piel, y ríe la carne,
y desde el infinito rojor de la sangre que late
grita en plenitud el espíritu, jugando,
como juegan la brisa, y el agua, y las montañas.
Brota así el espíritu de la verdad del cuerpo,
de la única realidad que no se esfuma,
en forma de compromiso y de sonrisa,
imagen de una figura erguida en lontananza
fiel reflejo de la puesta de un sol caduco que ya no siente sus alas.

Mientras yo te ame, no habrá lugar, ni tiempo
donde no encuentre su sentido nuestro batir de almas.





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