miércoles, 5 de octubre de 2011

Historia de la lejanía, 13.



Encarnación


Necesito dormir atado a tus labios,
amanecer asido a tu sonrisa.
Lo demás sería solamente noche, y niebla, y hablar de nada.
Otra cosa sería morir absurdamente sin memoria,
porque la perdición del hombre es el olvido,
y yo necesito acostar mi cabeza sobre tu vientre para no olvidarme,
para recordar siempre
la luz que arrojaste a mi pecho como una isla afortunada.


Mi cuerpo es solamente alma:
mi alma es solamente tiempo:
mi tiempo quiere hacerse carne en tu interior,
como se hacen carne las flores del almendro,
cual reducidas fresas de amor que caen en este mar de símbolos
abandonándose a tu suerte, a tu clemencia, a tu designio.

Mi espíritu necesita dormir encadenado a tu piel,
amanecer reencarnado en tus manos.
Lo demás sería abandono, y mentira, y soñar de nada.
El resto sería vagar en las noches tristes por las calles largas,
buscar injustificadamente una mirada amiga entre las bestias ciegas,
correr más y más deprisa hacia un destino cada vez más neutro.


No. Ya no queda tiempo.
No tengo ya más corazón para seguir hundiendo mi llegada,
retrasando el momento de lo puro auténtico,
la infinita alborada de mi espíritu renacido en el fondo de tu cuerpo.
El amor, si verdadero, trasciende los cristales,
se eleva por encima de mástiles y entenas,
sortea nubes, ilumina estrellas,
exige de cada cosa el rigor de ser ella misma y su contrario a un tiempo.
Y al cabo, qué puede importar tanto silencio hiriendo en torno,
si mi palabra puede romper todas las puertas,
si mi sola mirada puede llevar la luz a tus pies,
y así, retozando como esmeraldas en la mar,
regresar a la unidad eterna de nuestros cuerpos reencarnados. 






2 comentarios:

Nancy Santiago Toro dijo...

Muy hermosas letras, dejan esa dulzura romántica del amor. Ha sido un placer pasar por este maravilloso blog.

David Martínez Romero dijo...

Gracias, Nancy, eres un cielo.

¡Un beso!

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