jueves, 17 de noviembre de 2011

Historia de la lejanía, 17.



Amor y circunstancia


Extrañas son siempre aquellas auras que delicadamente
brotan del mediodía atrayendo las distancias en un solo punto
que bien puede ser a la vez labio o perfil de tiempo.
Pero la paz de un cuerpo tendido sobre otro,
la imagen táctil de un vientre desnudo de mujer,
la tersura que decae cuando las palabras cesan
y comienzan las caricias que traerán consigo el fuego,
esa paz no es extraña,
es entorno, y agua, y potencia de viento,
es alud de suspiros y de hojas de hierba que se vierten,
elixir estival del amor henchido en su plena circunstancia.

Pues el amor es incendiario, y circunda,
y rodea, y llena las manos de pequeñas pasiones y de dulces juegos,
y cada dedo, con yemas como uvas que rezuman licor de ansia carnal,
busca alrededor dónde posarse y de nuevo partir como mariposa etérea.
Como ladrón nocturno, como violín herido de tristeza,
como alma en pena condenada a siempre buscar.
Así el amor se abre en círculos y crea estancias,
redondea las figuras que se agrupan en torpe paralelo,
conduce los cuerpos hacia los cuerpos y del azar
delicadamente extrae ritmos celestes que se atraen negando las distancias.






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