miércoles, 21 de septiembre de 2011

Historia de la lejanía, 11.



Voz en la distancia


Siempre regreso desde la lejana tierra
a la que siempre vuelvo.
Siempre mis manos, delicadamente curtidas por el paso del tiempo,
dinamitan con su sola presencia
el tan parco recuerdo de un pasado
que nunca existió, sólo fue porque soñamos, y en nuestros sueños
también desaparecen las mentiras, perdido ya el derecho
a aferrarnos a lo que sabemos que no es cierto.
Por eso hablo desde la distancia,
porque recostado aquí, a tu lado,
prefiero callar,
elijo hacer uso no de la palabra, sino de mis manos.
Elijo morir en el silencio, y renacer en el sentido del tacto,
en la inhóspita región de los gusanos dolientes
que sinuosamente reptan hacia la crisálida, el futuro,
la barrera de cielo y música que al descender sobre el mar
genera horizontes, fronteras, lejanías.
La distancia entre un hombre y otro hombre:
he aquí la eternidad.





domingo, 18 de septiembre de 2011

Historia de la lejanía, 10.


Ítaca


Nació el viajero, y con su mirada languideciente
nacieron también los besos musicales que ya nunca habré de recuperar,
nacieron las últimas escalas, los recuerdos imborrables,
las penurias innombradas que con valentía esquiva
veré perderse en el olvido asumiendo la forma del horizonte.
La dureza extrema de mi memoria no soporta ya la falta de distancia,
necesita viajes, exige cimas, valles,
lagunas donde reflejar mi rostro encendido,
mantos de paja blanda donde amar y ser amado,
donde callar y ser callado,
y con la brevedad de un ocaso veraniego
decidir sin pensar el siguiente paso,
la siguiente alborada,
la próxima ciudad con puerto.

Caminar, y soñar despierto,
recuperar la fe en el azar que me trajo hasta aquí
y que algún día me llevará de nuevo al comienzo.
Elevar sin miedo esta flauta de cristal
con la que también escribo versos, dibujos en la arena
que el mar no borra, hace suyos,
pues por naturaleza el mar siempre incorpora.

– El mar incorpora, 
y yo solamente soy yo cuando soy cuerpo.






Historia de la lejanía, 9.





Son poemas



Lento canto de despedida inerme,
ligero azul que hiende su seno en la comisura de un labio,
parco viaje, descenso sutil a los infiernos
de un alma cuya historia fue narrada por las hadas.
Y en la cadencia del instinto arrebatado,
de la herida que fluye entre dos sonrientes estatuas,
del nacimiento breve de una idea sin lamento,
descubro el sentido auténtico de la bruma,
cavo hondo y más hondo en la arena,
hacia la vida,
y añoro el nostálgico retumbar de las olas contra mis costillas.
Sobre todas las cosas, recuerdo…
Recuerdo mi nombre, el nombre de las cinco lunas que se grabaron en mi pecho,
recuerdo la música de tu voz entrecortada
y juego a ser niño con el mar, vuelvo al regazo de mi madre,
pierdo la noción de la alborada.
Cavilo, susurro tonterías al margen de las puertas,
regreso al mundo que no sueña
silbando canciones que no pesan en el corazón de una ballena caída.

Pues la luz hacia mí también regresa,
como la sombra me dispongo a presentarme volátil e incierto,
como el agua oscilo de parte a parte
y recubro de miel las bocas que desean ser saciadas.
Yo soy el otro lado, yo mismo vengo de donde nada ha llegado nunca,
mis enigmas son poemas, son cerraduras, son abejas,
mi cielo es la última línea de cordura
antes de la negrura absoluta, del olvido, de la pérdida.
Desnudo, como un hijo de la vida pura,
hablo a través de mis propias palabras y camino,
siempre caminando,
siempre descendiendo hacia cualquier infierno
por la sola pasión de sentirme quemado,
porque el fuego purifica, y mi sangre,
cuando brota,
deja fluir el aroma de la verdad taciturna que sólo pueden sentir
quienes desde la distancia me ignoran.
El tiempo es la distancia.
Mi nombre es lejanía.
Mi paz es la guerra eterna.




Historia de la lejanía, 8.



Voz en la distancia




Siempre regreso desde la lejana tierra
a la que siempre vuelvo.
Siempre mis manos, delicadamente curtidas por el paso del tiempo,
dinamitan con su sola presencia
el tan parco recuerdo de un pasado
que nunca existió, sólo fue porque soñamos, y en nuestros sueños
también desaparecen las mentiras, perdido ya el derecho
a aferrarnos a lo que sabemos que no es cierto.
Por eso hablo desde la distancia,
porque recostado aquí, a tu lado,
prefiero callar,
elijo hacer uso no de la palabra, sino de mis manos.
Elijo morir en el silencio, y renacer en el sentido del tacto,
en la inhóspita región de los gusanos dolientes
que sinuosamente reptan hacia la crisálida, el futuro,
la barrera de cielo y música que al descender sobre el mar
genera horizontes, fronteras, lejanías.
La distancia entre un hombre y otro hombre:
he aquí la eternidad.





Historia de la lejanía, 7.



El amante selvático





Humo de sudor ardiente que decayendo
centra en la inequívoca compasión de un ave su destino,
lento candor, beso de olivo, cuerpo caluroso contra otro cuerpo que se tiende.
Eterno amor de la piel que ruge desde dentro,
pasión en la voz, precipitación de palabras en cascada o beso,
bestia de dulzura, profundidad inmensa que nunca ceja, que jamás
la agonía de una lengua ha detenido.
Y en el mundo entre dos – un hombre, una mujer –,
en la extraordinaria batalla que se libra entre los sexos
sólo puede quedar un vencedor, solamente un vencido.
La carne es débil:
pero el fuego es inmortal,
el fuego o la ceniza impura que todo lo justifica,
el fuego y la espada de un cuerpo en silueta
afilado como un fruto abierto y derramando su jugo.
Besar sin amor, sin miedo, sin esperanza,
querer la victoria y la pérdida, subir, caer,
destrozar el pulso arrojándose al abismo del silencioso grito
que toda garganta emite cuando arrecia el éxtasis postrero.
Y alejarse después, regresar cada uno a la misma selva de donde vino.
La soledad hará crecer en su seno de nuevo el deseo
y pronto los amantes volverán, selváticos, a ignorarse a sí mismos.







Historia de la lejanía, 6.



Por quién luchará el poeta





Si no el poeta, quién lucharía.
¿Los que no cantan? ¿Los que no ríen? ¿Los que no bailan?
No.
El poeta ha regresado para luchar por nosotros,
por todos aquellos que sentimos el mar crecer adentro,
por quienes hacemos de la felicidad un regalo
y con medida paciencia nos retiramos siempre a un palacio escondido,
a una mujer, a una paisaje, a un libro.
El poeta regresó por amor a los menos,
desprendido ya del odio eterno que fluye demasiado rápido,
y con la lentitud de las palabras renacidas en el cáliz de la nueva esperanza
dirá lentamente a cada uno lo que es suyo.
A cada uno dará lo que le pertenece
y a la nada le quitará lo que nunca ha sido suyo.
Con el amor que sólo la tarde comprende en su luz cálidamente
bañará nuestras manos impregnadas de ceniza,
limpiará nuestras memorias desusadas
y concederá tiempo a lo que exige reproducirse y necesita del futuro.

El poeta vino para quedarse,
como la mar vino, como la muerte descansa,
luchando denodadamente por incluir lirismo en la ciudad,
en la noche encendida, en la última
posibilidad del hombre para salir de entre dos mundos.
Habrá de luchar, luchará – ya está luchando –,
por todos aquellos que no se lamentan del rumor infinito de los pájaros,
por los que aman sin miedo, sin límite, y gritan su amor
más allá de los rincones y los páramos.
Por la luz cuando lentamente se dulcifica,
por el puro placer de recrear la palabra,
por la sola razón de desdibujar destinos,
por el amor y solamente el amor a lo que brilla,
a lo que en su propia luz oscila.

Y llegará el día en que todos sepan que viven porque alguien luchó por ellos.
Llegará el día, lo presiento, en que nadie,
ni siquiera las piedras,
tenga derecho a dudar del sentido de su existencia.
Y todos tendrán también las palabras adecuadas.







Historia de la lejanía, 5.



El momento definitivo




Tenuemente cáliz, la poesía
es el recipiente que recoge lo mejor de mi espíritu,
el elixir frugal donde recaigo
cuando la noche me atormenta y no encuentro valor para hundirme en mi destino.
Pero vivir en el manto de nubes, sumido
en la ferviente mocedad de un animal que se interna,
es también un dulce amor de suavidad destetada,
una infantil promesa de ramas y de hojas verdes
que musicalmente se sucede a sí misma en el recuerdo imborrable de un romance.

Y la audacia máxima, el beso
o la ruptura inconsciente de una flor en primavera.
La belleza enigmática de un hombre a solas en la ciudad
clamando por la selva, rugiendo, arañando,
regresando a su forma primera,
al antiguo mar de cuerdas y vientos y rocas y tristeza rosa.
El alma, cálidamente cáliz, recoge en su seno la armonía,
el imparcial volumen de una figura amada
cuyo cuerpo se hace uno con el horizonte y silueta.
Cada día, cada segundo vivido en paz con la bestia
merece ser dignificado en una inmensa sinfonía
donde todas las cosas buenas se recogen para formar el elixir de la vida ligera,
del amor puro que no pesa,
de la bondad eterna del artista que regresa a su natural forma.
La leyenda, el mito insignificante que todo lo arrastra
y unifica, el pensamiento
inacabado de una pasión que a solas se desborda por la ciudad y hacia la selva.
Sólo la belleza siente el deseo cierto de regalar,
de emular a la santa madre tierra cuando orgullosa
a sus hijos nunca reclama el dolor infligido sin aparente causa.

Cantan búhos, lechuzas,
animales nocturnos como la poesía,
salvajes hambrientos de certezas tales como la luna,
como la carne, como el alma y la piedra.
Singular promesa nunca descrita,
conjunción de un mundo que no es la sombra
sino la fidelidad del amante
que lentamente calla y enfrenta su condena.
Amar, sinfónicamente cáliz de la templanza,
adular la hermosura intacta de los últimos brillos de nácar,
de las últimas caídas del sol antes de la locura,
donde hombres y bestias acuden a beber de una sola instancia,
la brecha musical
abierta entre un alma y otra alma, desesperadas.
Largo es el camino que nos lleva hasta el regreso total,
hasta el momento definitivo,
pero intensamente rico, pleno, justo.
Regresar a la vida es siempre un acto de justicia.
Y también las noches, con sus velos de plata, regresan.
Y también las dudas.




Historia de la lejanía, 4.



Las palabras





A veces caigo lentamente en largos monólogos,
y las palabras me mecen como si fueran madres buenas,
amigas sin condiciones, compañeras.
A veces hablar me sana de toda la maldad que hierve en la urbe muerta,
me cura de todas las enfermedades y de todas las tristezas.
A veces hablar es como dejar sonar la música,
y la voz que con sus breves cuerdas se impone
es la paz, es el amor, es todas las cosas dignas que vienen a recoger su nombre
y a dejarse nombrar por la voz que las desata.
Felicidad pudiera ser tan sólo una palabra
pero es en todo caso mía, es en todo caso mi verdad,
mi aliento ardiente que felizmente se hace verbo
y recompone mi dolor, mi sufrimiento y mi angustia
formando una inmensa sonrisa que equiparando a la luna en su belleza
es mía y sólo mía y yo se la regalo a quien tiene oídos
para la música.
Hablar, hablar de nada,
decir solamente cosas bonitas,
no temerle al vacío ni al ridículo ni al mar del sinsentido,
hablar por hablar,
decir sí, no, a veces,
decir te quiero, me voy, hasta luego,
callar en el momento justo, caminar redecorando las palabras
y regalar indiscriminadamente frases, textos, caricias,
sonreír al extraño que pasa,
a la mujer que camina,
al niño que juega.
Y escuchar con atención inusitada lo que hablan.
Cuando son felices, las palabras
no son solamente palabras.
Son puentes tendidos entre una sombra y otra sombra,
son luces en la noche sin estrellas,
son enormes ventanas por las que corre el aire y a veces también las almas corren.
Decir sí, cuando todo el mundo niega,
es una virtud cardinal.
A quien afirma con su voz, con su gesto, con su prestancia
debiera concedérsele el rango de Príncipe
porque su actitud es alteza.
Y hablar con la propia vida,
decir cosas lindas con el solo vivir,
con el solo aire que se respira,
invitar a reír con el ejemplo,
también justifica la existencia.
Porque existir es un problema
y la única solución una palabra.
Aunque no tenga sentido,
aunque sea nueva o inventada,
la palabra, dicha en el tiempo y el lugar apropiados,
perdura.
Es más fuerte que la piedra.
Los niños siempre están aprendiendo a hablar:
también yo, que soy un niño
nacido del corazón de las palabras.
Y como recién nacido al idioma voy siempre buscando hallazgos felices,
salto de la complejidad a la simpleza,
miento, descubro, celebro, certifico,
extiendo talones emborronados
y presento documentos sellados por un beso de carmín
que le robo siempre a una mujer hermosa.
Yo hablo, pero no solamente los poetas hablan,
también los hombres que no le temen a la nada,
aquellos felices azares que sienten como suya la alegría.
Muchos creen hablar,
pero en realidad sólo callan.
Nosotros los felices,
incluso con nuestro silencio decimos astucias.
Felicidad:
creedme, no es sólo una palabra.
Bien dicha, puede llegar a ser verdad.

Historia de la lejanía, 3.




Besar por amor



Pequeño espíritu romántico que vaga entre las piedras,
albur de dados, canción de plata,
sincero pesar que arroja multitud sobre la conciencia
y bajo un cáliz de espuma inapropiada se derrama.
Pequeño amor, breve sonrisa, mano que dejada
caer contra la carne limpia,
acaricia, quiere, dignifica,
purifica con su ardor cuanto no vuela ni tiene alma ni cariño.
Dar un beso así, entre ascuas, como quien viaja hacia dentro
suponiendo en la soledad de dos enamorados a solas
que el tiempo no es tiempo sino brisa y dura para siempre.

Besar por amor, qué dulce tontería,
qué suavemente suave error sin culpa,
sin malicia,
sin ese parco y sinuoso rencor de lo premeditado,
luz mortecina que con suavidad se destaca
en un mar de luces incrustadas.

Yo no amo ya, nadie lo hace,
yo beso con lentitud cuando la noche se hace carne
y quiero el querer de la mujer que, cuando quiere,
se hace cuerpo, ríe con sangre pasión dulzura suave
y luego se deja caer al mar del que venimos todos y también las aves.
Y también las sombras.
Yo no amo ya, para qué, yo no sé nada,
mi comprensión del amor quedó muy lejos, más allá del frío,
y fríamente presiento ya en mi interior suavemente la primavera que se destaca.
Amar es cosa de locos.
Yo sólo quiero besar tus labios
y bailar en torno.






sábado, 17 de septiembre de 2011

Historia de la lejanía, 2.



Poema involuntario escrito al invierno






La belleza del instante, del ahora, del segundo que despierta
en la conciencia un pavor jamás premeditado,
una suerte de abatimiento que antecede a la excitación máxima,
al arrebatarse incontenible de los sentidos.
Invierno: final: primavera.
Concatenación que se elude en el viento si la mano firme no la fija,
no la ata al mundo,
no la convierte en poema.
La belleza del ahora, el pavor del mañana,
la larga espera,
el brillo de un silencio de agua al titubear,
la singular caída de las miradas hacia un lugar
donde las flores y los animales sostienen desesperadamente el mismo ritmo.
Palabras sí, tal vez,
pero también promesas, anticipos, oraciones secretas,
ideas pletóricas de amor que se derrama,
belleza indiscutible, al fin, y mar, y música.





Historia de la lejanía. Primera Parte.


 Primera Parte

 El Regreso



René Magritte, Valores personales

* * *


La ciudad mentida





Regresar, volver a casa, en la mano una guadaña en ciernes,
caminar a ciegas por la orilla sin mar y sin arena,
por el filo, por el abismo, por la nocturnidad que repta
y sin amor, sin especial hastío, regresar al lugar de donde todo procede.
Soñar la luna llena que se completa a sí misma,
el último canto de un ave silenciada durante demasiado tiempo,
demasiado miedo,
demasiadas voces muriendo sobre la nada y al unísono.
Un hombre, mil caminos.
Y sin pensar, desasido de toda referencia al magma,
producir un instinto redivivo que aplaque a las sombras.
Demasiados hombres, demasiados caminos,
son ya demasiadas las jornadas fatigosas
relegadas atrás en un giro imprevisto,
los horizontes quebrantados sin convicción, sin alma,
las ciudades atravesadas con el hombro y derribadas
hasta yacer exánimes sobre la dulce tierra.

El infierno es la ciudad, y son los sueños moribundos del viajero
que regresa, que sucumbe, que se desacredita,
las vacías conversaciones de café cubierto de cenizas,
los cigarrillos deshojados como breves mariposas
que lentamente se pudren y hieden desde el centro.

La forma diáfana de lo que pudo ser,
de lo que alguna vez pudo haber sido
y ahora sólo es símbolo del recuerdo y por tanto de la pérdida.

Regresar a la ciudad que me vio nacer,
después de tanta mentira arrojada al fondo como lastre,
es otra forma de fracasar entre tumbas,
de nevar lágrimas heladas que nunca se llevará consigo el viento.
Y no es tenerle miedo a la tristeza, ni siquiera un ansia estética
de dibujar universos que por sí solos se sostengan.
No es perder, no es lamentar,
no es ni siquiera esta guadaña inútil que pende de mi brazo oculta,
antes bien es un olvidar, un morir anticipadamente,
un pasar del mundo al infierno clásico, arruinada ya la temeridad del héroe.
Ojalá fuera la música,
ojalá un faro vibrante con su punto de luz aportase algo de esperanza al conjunto.
Pero Madrid no tiene misericordia de Dios ni de los hombres:
sus edificios arden desde dentro y en su combustión
se llevan consigo la inocencia, el amor, la virginidad de las almas puras.
El amor. Cuánto penar por amor, y sin sentido.
No, la vida
no es murmullo de paz que se aproxima.
Es guerra que ya fue, que pasó, riada imprevista que de un solo golpe
dio causa, efecto y final enérgico de sí misma.
No, la vida no es silencio:
es antes bien el grito que clásicamente emite el hombre en el infierno.

Y no les tengo miedo, ni al olvido, ni a la vida, ni al regreso,
sólo temo la tristeza que me embarga en los infiernos,
la negra, negrísima melancolía de que quedan recubiertas mis paredes por dentro.






                                                Read the English translation: "The lied city"





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