domingo, 16 de octubre de 2011

Historia de la lejanía, 14.



Ídolos urbanos


Se me parte la ciudad, hermano.
Se me parte la ciudad.

A veces, ni siquiera el amor sirve aquí de nada.
Ni siquiera la rabia, o el pudor, o la muerte
sirven aquí para inclinar el muro de la ignorancia,
para declinar las horas que se pierden en exabruptos sin sentido,
para reducir esta soledad de piedra inundada de miseria.
Ni siquiera la razón sirve aquí de nada.
Las rosas que se pudren en el hueco,
la piel que lentamente se resquebraja
y tiende a llenar los inmensos vacíos que se abren por doquiera,
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y cenizas de pasión mendaz entre animales que se odian con dulzura.

Quiero estar loco para nacer de nuevo,
para terminar de una vez con este regreso a mi eterna morada
donde un día partí al encuentro de la sangre o de la guerra,
del azul inmenso prohibido ante lo oculto interno.
Quiero enloquecer, brillar sin centro, girar
en torno a la imagen de mí mismo subvertido en ídolo,
en Dios, en castigo, en herida insurgente abierta como un símbolo
arañado en la pared de granito como una súplica imposible.

La ciudad partida, y mi pecho abierto, y las luces
que me persiguen inmisericordes por las estrechas avenidas,
y el barro de los ojos que se tuercen a mi paso,
la estúpida condescendencia entre extraños que se desprecian
mientras anochece siempre en un lugar más lejano cada año,
en un paraje cada vez más inhóspito e inhumano.
Qué podría significar aquí el amor, entre tantas estatuas,
desasido el hombre de su sentido y de su música,
horadado el hastío inerme de la vida insuficiente
como un pozo muerto encallado en tierra. 

Quiero llorar, hermano, y sin embargo
sólo vuelvo a reflejarme en el vidrio de mis ídolos urbanos.






miércoles, 5 de octubre de 2011

Historia de la lejanía, 13.



Encarnación


Necesito dormir atado a tus labios,
amanecer asido a tu sonrisa.
Lo demás sería solamente noche, y niebla, y hablar de nada.
Otra cosa sería morir absurdamente sin memoria,
porque la perdición del hombre es el olvido,
y yo necesito acostar mi cabeza sobre tu vientre para no olvidarme,
para recordar siempre
la luz que arrojaste a mi pecho como una isla afortunada.


Mi cuerpo es solamente alma:
mi alma es solamente tiempo:
mi tiempo quiere hacerse carne en tu interior,
como se hacen carne las flores del almendro,
cual reducidas fresas de amor que caen en este mar de símbolos
abandonándose a tu suerte, a tu clemencia, a tu designio.

Mi espíritu necesita dormir encadenado a tu piel,
amanecer reencarnado en tus manos.
Lo demás sería abandono, y mentira, y soñar de nada.
El resto sería vagar en las noches tristes por las calles largas,
buscar injustificadamente una mirada amiga entre las bestias ciegas,
correr más y más deprisa hacia un destino cada vez más neutro.


No. Ya no queda tiempo.
No tengo ya más corazón para seguir hundiendo mi llegada,
retrasando el momento de lo puro auténtico,
la infinita alborada de mi espíritu renacido en el fondo de tu cuerpo.
El amor, si verdadero, trasciende los cristales,
se eleva por encima de mástiles y entenas,
sortea nubes, ilumina estrellas,
exige de cada cosa el rigor de ser ella misma y su contrario a un tiempo.
Y al cabo, qué puede importar tanto silencio hiriendo en torno,
si mi palabra puede romper todas las puertas,
si mi sola mirada puede llevar la luz a tus pies,
y así, retozando como esmeraldas en la mar,
regresar a la unidad eterna de nuestros cuerpos reencarnados. 






sábado, 1 de octubre de 2011

Historia de la lejanía, 12.



Pulso al tiempo


La carne nunca termina de regresar.
Siempre vuelve, la piel, a deslizarse por rincones antiguos,
como si fuera música, tan ingenua, tan delicada
como si fuera una ramita rota.
Siempre vuelve a llover, y con la lluvia
regresa también la carne a su humedad primigenia
reclamando caricias insensatas, rumor de labios que agrietados
dejan correr palabras sin sentido por el mar de la esperanza.
Y habla la piel, y ríe la carne,
y desde el infinito rojor de la sangre que late
grita en plenitud el espíritu, jugando,
como juegan la brisa, y el agua, y las montañas.
Brota así el espíritu de la verdad del cuerpo,
de la única realidad que no se esfuma,
en forma de compromiso y de sonrisa,
imagen de una figura erguida en lontananza
fiel reflejo de la puesta de un sol caduco que ya no siente sus alas.

Mientras yo te ame, no habrá lugar, ni tiempo
donde no encuentre su sentido nuestro batir de almas.





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