domingo, 20 de noviembre de 2011

Historia de la lejanía, 18.



Pasión de la sangre


Pasión de la sangre o muerte nula,
rincón ahogado de amor sin cifra,
llanto que el alma agita en torno
ignorando la crudeza de una soledad infantil que gime y zozobra.
Siempre es el silencio,
siempre la compasión de un cuerpo por la tierra,
como el mar que brilla y se destaca
incrustando en la verdad del tiempo melodía.
La tarde avanza, surge lentamente un nuevo hastío,
también hoy se aburren las flores de sí mismas
y todos los paisajes se invaden de formas inconclusas.
Sentir frío cuando la piel se quema
es también una muestra de añoranza.
La luz, cuando tiembla, desata,
opone ritmos de tensión sanguínea
al corazón que late buscando una salida.
Morir es otra forma de anclarse en la mentira,
en la eterna falsedad de cuanto hiere oculto
desde la profunda sima que une al fondo y arrastra.
Amar es construir recuerdo,
llenar de objetos fugaces la memoria.
Pero la perdición del hombre es el olvido.




jueves, 17 de noviembre de 2011

Historia de la lejanía, 17.



Amor y circunstancia


Extrañas son siempre aquellas auras que delicadamente
brotan del mediodía atrayendo las distancias en un solo punto
que bien puede ser a la vez labio o perfil de tiempo.
Pero la paz de un cuerpo tendido sobre otro,
la imagen táctil de un vientre desnudo de mujer,
la tersura que decae cuando las palabras cesan
y comienzan las caricias que traerán consigo el fuego,
esa paz no es extraña,
es entorno, y agua, y potencia de viento,
es alud de suspiros y de hojas de hierba que se vierten,
elixir estival del amor henchido en su plena circunstancia.

Pues el amor es incendiario, y circunda,
y rodea, y llena las manos de pequeñas pasiones y de dulces juegos,
y cada dedo, con yemas como uvas que rezuman licor de ansia carnal,
busca alrededor dónde posarse y de nuevo partir como mariposa etérea.
Como ladrón nocturno, como violín herido de tristeza,
como alma en pena condenada a siempre buscar.
Así el amor se abre en círculos y crea estancias,
redondea las figuras que se agrupan en torpe paralelo,
conduce los cuerpos hacia los cuerpos y del azar
delicadamente extrae ritmos celestes que se atraen negando las distancias.






miércoles, 9 de noviembre de 2011

Historia de la lejanía, 16. Segunda Parte.


 Segunda Parte


 El Deseo




René Magritte, Los Amantes

* * *

La génesis de un poema

Un poema nace solamente de la piel,
la poesía sólo tiene sentido cuando nace desde el cuerpo
y aspirando a penetrar otro cuerpo se hace verso.
La carne es débil, pero cierta,
verdadera como solamente un poema puede serlo,
suave a veces, y profunda, y plagada de misterios
de placer y dolor y tierra.
Y los ojos, vacilantes, y la boca
entreabierta para que pueda asomar la lengua,
y las manos agitadas, ondeando, buscando otras manos a las que asirse en la caída.
Porque todos caemos, todos estamos perdidos
y caemos,
morimos demasiadas veces al día,
amamos y después nos sumimos en el olvido,
y caemos
y solamente podemos asirnos al final a la poesía.
Pues un poema tiene manos, y respira,
un poema tiene sed, y se alimenta, y se entrega
como una delicada mujer que, sabiéndose amada,
rueda graciosamente hasta la orilla.
La carne es débil, pero no traiciona,
solamente el espíritu es angosto y cruel y resbaladizo.
Solamente la piel tiende puentes en la inmensa lejanía. 





Historia de la lejanía, 15.



La transfiguración


Ya no me duele tanto cemento descarriado.
Ya no me hieren los ladrillos, ni las antenas, ni los vacíos discursos de arquitectos muertos.
La noche cae sobre Madrid, y de repente lo que antes fue símbolo
ahora cobra nombre,
ya no es más todas las ciudades,
es solamente mi Madrid,
mi patria carnaval con forma de sainete,
el lugar donde nací y donde renazco a veces,
cuando la noche cae y el viento gime y los árboles se mecen.
Los espíritus que antes venían a arañar mi carne, ahora lamen de mis manos.
Ya se acerca de nuevo esa canción cuya música no oigo todavía
– aunque puedo sentirla…
Es un fragmento de fatalidad girando hacia su propio cuerpo,
es un instante de maravilloso azar
bailando al ritmo de lo que retrocede interno,
un albur de naipes arrojados al tablero cósmico
como niños corriendo en la pradera verde del mundo redimido de sí mismo.
Es la inocencia, que se había perdido.
Es el mar, bañando con su paz esta ciudad sin océano,
secando las heridas viejas de un pasado que ya no tiene sentido,
de un tiempo que fue, y quizá no fue
pero que siempre será raíz y mármol de destino.

No son lágrimas lo que refleja la ciudad, sino rocío.
La sincera caída de gotas de noche sobre los tejados,
la liviana llegada del agua limpia a la metrópoli,
la sagrada pureza del poeta que deja surgir lo que vive externo.
Mil hombres, un camino.
Y todas las mujeres arrojan pétalos de rosa
como raros círculos que son anillos que son promesas
cayendo en torno a los hombres que sólo aclaman y reciben,
multitudes de hombres a solas con las manos giradas hacia el cielo
recogiendo la luz de las estrellas
como locos brillos que son diamantes que son poemas.

Fuego demente, luz de cristal, color del alma…
Hoy siempre amo regresar a mi ciudad.
Vine, estaba viniendo, venía
pero mi corazón quedaba todavía muy atrás.
Sólo era el lugar de las mentiras, de las palabras
anhelando más palabras en libertad.
¡Ahora he regresado!

Dios mío…
desde que vine
hasta este momento extático,
¿dónde demonios he estado?





ShareThis