lunes, 26 de diciembre de 2011

Historia de la lejanía, 20.



Quiere nacer


La oscura sangre, cuyos pasos de hielo seguí un día,
caminando en la distancia incierta de lo imposible, aunque perdido,
es esa misma sangre la que quiere, hoy, nacer, 
quiere volver a recuperar las facciones
que otrora la permitieron reconocerse y deslizar sobre el cristal,
como una araña.
La sangre, oscura. La sangre
que no entiende de azules ni de ritmos,
que nada sabe del tiempo que se eleva hacia lo humano infinito
y sin pensarlo dos veces niega la fragilidad, toda fragilidad
y toda tendencia a desnudarse en el abismo.

Sangre a la moda, vino o cintura que gira sin permiso,
forma inocua de somnolientas curvas,
nacimiento esquivo de un alma que, empobrecida,
ha de conocer el sentimiento absoluto de una soledad que no desaparecerá nunca.
La sangre quiere nacer, quiere morir,
y en pequeños lamentos denigrar su pulso como un mar de lava que no arde,
como un infierno de fuego que no quema,
canción desnuda de un alma en el abismo
que ruega por nosotros,
que pide por nosotros los que hemos perdido la inocencia.

Y así sangramos,
pequeños hombres,
animales inútiles sobre la tierra intacta,
caballeros cenitales destinados a desaparecer en la fosa
como lunas como apóstoles como ramas de olivo arrancadas de cuajo por un águila.
Visiones de sombra, imágenes del abismo,
daguerrotipos del nacimiento de un alma envejecida que ruega por la sed y por la huida.
Ficciones,
nubes de alcohol quemado en cien esquinas,
narcóticos,
fragilidad prohibida de la muerte en pena.
Nacerá, sí, finalmente,
de mi sangre nacerá un futuro y morirá un pasado,
camino de perfección, homenaje al bellísimo instante
que ya no es, que aún fue, que será acaso.





viernes, 2 de diciembre de 2011

Historia de la lejanía, 19.


En resumen


Quizá sea llegada la hora de sacar conclusiones,
a modo de interludio,
como si entre nosotros, los que deseamos,
hubiera alguna posibilidad de concluir algo.

Quizá el deseo nunca se consuma
y la vida, balbuciendo con torpeza su entusiasmo,
simplemente se transforme,
oscile del amor a la indiferencia,
permitiendo el paso de generaciones enteras cuya única virtud
acaso consista en su ignorancia.
Lo prudente es dudar:
poner en tela de juicio cuanto nos viene dado,
sospechar alegremente de todo,
y dejarse llevar por el instinto
que es la fuente de la que el todo mana.
Ni siquiera el tiempo tiene raíces psicológicas.
Tampoco la lluvia, que en sí misma es metafísica,
y por su propia esencia tiende una y otra vez hacia la melancolía.
Las palabras son algo más que sonidos que se pierden,
el deseo es un profundo, un sinuoso 
camino intransitable
por el que regresar hacia un lugar donde los pájaros no habitan,
donde la nada, ungida de promesas,
devora con sonrisas las primeras lágrimas blancas.


Son flores del mediodía, y sombras que concluyen
para recomenzar a partir de sí mismas.
Lo prudente es llorar:
perseguir con la mirada un rastro de agua viva,
un solo y pequeño ardid para hacer del pretérito un resumen,
un hasta aquí,
un hasta nunca.

Todo es política, también el suicidio,
y la pérdida, y sobre todo el olvido,
ese signo inequívoco que ronda la fiera astuta,
la bestia mestiza
que nació del cruce de un dios y de un demonio
y que a ninguno de ellos se asemeja.
Esta fiera es el hombre, en conclusión:
el ser por el que la historia dormita.

Y yo soy el ave que desde la distancia canta.





ShareThis