jueves, 9 de febrero de 2012

Historia de la lejanía, 24.



Visiones


Nadie baila sobre sus propias cenizas.
Nadie ama más allá de su propio entendimiento,
ni siquiera las mujeres sin precio que donan su cuerpo a la alquimia,
ni siquiera los hombres caídos en ese hondo mar de cieno que no cubre.
Solamente los niños juegan a ser inmensos muros
y por ellos el tiempo no pasa,
nada pasa, en realidad,
y si acaso el amor
y desde luego nunca ese aliento del deseo que, cegado, oprime.

Pequeña flor de azúcar sin memoria:
lo dulce eterno sumido en la profunda grieta,
cuando el azul de una garra exhausta cruza el éter
y cien luces se convierten así en una sola llama.
Y así es el fuego, como la lluvia,
un movimiento sin paz que se columpia,
pradera de verdes llantos que no se apagan,
hombre, o mujer, tendidos al viento con la vista enmudecida
y los labios abiertos en penumbra.

Caen hojas, 
frutos caen, 
caen las palabras.

Dulce otoño surgiendo de la honda sima del mes de octubre
para ahogar todas esas voces que hablan 
y hablan
sin decir nada.

Al final, nadie baila sobre sus propias mentiras.

Existe una ciudad donde incluso las sombras
guardan en su seno un rebosante anhelo de lujuria. 




2 comentarios:

Juan Carlos Ventura dijo...

Me ha encantado tu poesía, David. Me gusta tu estilo, tu mezcla de imágenes, las sensaciones que quedan al leer estos versos. Un placer leerte. Un cordial saludo de tu nuevo seguidor.

David Martínez Romero dijo...

Gracias, Juan Carlos, agradezco tu amabilidad al compartir tu comentario, ahora nos seguimos mutuamente.
¡Un abrazo!

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