domingo, 11 de marzo de 2012

Historia de la lejanía, 26.



Tocar tu nombre


Yo quiero siempre tocar tu nombre, luna,
cuerpo o mujer sin prisa, llanto apagado de lenta agua
donde recojo los frutos de las palabras pronunciadas,
donde arañando viejos recuerdos de nubes y de ayeres
vengo a sufrir en el sonido de las letras.
Todo mi ser se inclina siempre hacia tus labios,
toda la belleza es siempre una mano que se acerca
y acaricia,
lentamente la superficie palpa
y se hace luna, argentina, metálica,
nocturna rapaz sin dientes que despacio sobrevuela.
Lejanía,
historia de esta mujer que me ama por dentro,
mentira, beso, viento, amada.
Yo, que tantos cielos he hundido,
siempre quiero tocar con mis dedos las palabras,
tu nombre, entre mis manos, tu nombre,
entre sonrisas.

Y quizá la noche te convenza,
tal vez la oscuridad por fin te rinda ante mis brazos.
Solamente el silencio nos contempla.

Cuando baja la luz, después del llanto altivo,
solamente una mano puede hundirse sobre otra.
Lo saben los niños.
Lo saben las ancianas que a la luna juegan.
Lo saben las piedras, lo saben los ríos
y lo saben las estrellas.
Tu nombre quiere ser siempre tocado por mi lengua.
Canta conmigo, belleza, imposible, ven
y canta, miente, rompe, descalza
como desnuda te quiero y tu nombre
desnudo lo quiero a secas sin palabras.

Sólo son sonidos.
Sólo manos, que tocan.
Dedos, agrietados, como grandes tubos de viento que gimen desde adentro,
infinitas rodajas de pasión que no es deseo,
eterno deseo de dolor que no se espera.
Así se puede morir de impaciencia,
esperando siempre el contacto, el iris estrellado,
la mujer cuyo cuerpo anegado en luces
tiende su ser hacia mis labios y yo tiendo hacia mis manos su nombre,
porque quiero tocarte.
Porque quiero que seas mía.
Porque solamente yo quiero llamarte cuando vengas.






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