jueves, 12 de julio de 2012

Historia de la lejanía, 37.



Canción de invierno



Todos los hombres caminan en una dirección inmanente.
Pero sólo los más extraños lloran callados en el mar.
Solamente los hombres raros se detienen
y elevados sobre su propia figura
arrojan miradas oscuras contra la muchedumbre.
La sinceridad es una piedra preciosa,
como la música,
como las lentas olas que rozan la arena
y después se retiran fúnebres contra el fondo.
El corazón, cuando late, golpea,
zahiere,
estructura.
Compuesto por rincones de oro es el invierno,
frío y árido castigo del tiempo en cuanto clima,
pausa entre verdades de sol que callan su niebla sin reparo.
Fría, y árida, es la mentira, la falsa muerte, la noche
que cuando cae, consterna, dilata,
abre simas de horror entre silencios,
rompe labios sin amor sobre muchedumbres espantadas que huyen hacia el vacío.
Algún día, quizá pronto, sobrevendrá la negra hora.
Quizá entonces ya sea demasiado tarde para reaccionar.
Posiblemente haya sido siempre demasiado tarde para todo.




2 comentarios:

Fina Tizón dijo...

Hola, David

Si me lo permites, describiré todo aquello que me inspiró tu poema. Para mí, has dibujado un océano vital de rebeldes oleajes que descansan cuando alguna estrella viajera acaricia sus aguas, esos momentos de sol que nos regala la vida y que desaparecen dejándonos, de nuevo vacíos sobreviviendo en la penumbra de las alboradas.

Un cordial saludo

FINA

David Martínez Romero dijo...

Hola, Fina: claro que te lo permito, y te invito a que lo hagas cuanto desees. Es un halago saber qué inspira la lectura del poema.

Una vez más, gracias por seguirme y por leerme.

Un abrazo,

David

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