lunes, 3 de septiembre de 2012

Historia de la lejanía, 40. Cuarta Parte.



Cuarta Parte


Lo que no es fragmento



René Magritte, La reproducción prohibida

* * *



Totalidad



Mi alma es revolucionaria, pues mi naturaleza quiere acelerar el final,
con mi solo pensar yo le imprimo velocidad al tiempo,
a ese tiempo esencial que es el acontecer humano 
como historia,
como ficción, 
como cuento infantil narrado en silencio al universo.
Mi pensamiento rezuma de amor al destino,
cae ligeramente sobre versos espontáneos plenos de erotismo,
de carga sexual, de mujer, de anhelo.
Se hace verso, y garra, y poéticamente filosofa sobre el mundo y sobre los muertos.
Pues el mundo es una residencia de muertos que se ignoran a sí mismos,
y alguien habrá de venir a reírse de nosotros,
los únicos que pudiendo llegar más alto
no lo hicimos.
Mi alma, sí, es revolucionaria,
pero mi desprecio es infinito.
Únicamente la confianza ciega en la inutilidad del gesto
me anima a seguir sonriendo entre tanta tristeza indocumentada.
Con dedos firmes y ojos de felino agazapado,
adopto mil formas, supero cien caminos, atravieso diez encrucijadas
y siempre retorno a mí mismo.
Vivir es mi pasión secreta: esto me distingue a mí del resto.
Y sin embargo, por más que lo intento,
no consigo sentirme orgulloso más que en relación a lo que guardo en mis dominios más secretos, en los lugares más recónditos de mi espíritu y de mi cuerpo, aquello que vive en mi interior como luz y sombra, mucho más allá de la comunicación, indecible, impensable acaso, pero cierto, auténtico, único, irrepetible, precisamente aquello que me define y me aleja en la distancia y me distingue, y quizá me condena, sin duda me impulsa a luchar, a desgarrar, a devorar, centro de mi de ser y de mi tiempo, esencialidad, lo que no es arbitrario,
lo que no es inútil,
lo que no es fragmento.

Existir para rebasar mil y una metas,
para superar todos los obstáculos que me encuentre o que me invente,
y el principal obstáculo de todos:
yo mismo.
Yo soy mi propio límite y mi contorno,
contra mi piel fluye la luz que mi animal emite,
mi propia razón, hábil instrumento de mi sinrazón,
es el rugido más abismal de todos mis instintos.
Todas las bestias corren y juegan en la selva de mi ser,
también esa bestia tan hermosa
y a la par tan ridícula,
(la bestia hombre),
quizá la promesa más triste que jamás se hizo la tierra.
Quién sino yo, que soy al mismo tiempo luz y sombra,
llanto y risa,
estupidez y astucia,
horror y gloria,
senectud e infancia,
quién sino yo habría de tener derecho a mirarse cara a cara en todas las cosas.
No sólo es mi derecho:
es mi privilegio.
Con valor, sin miedo, así me defino yo a mí mismo.
Pero yo soy insignificante,
sólo importo como medio que emplea el todo
para renacer a través mío como totalidad,
como verdad,
como destino.





2 comentarios:

Fina Tizón dijo...

La vida corre y el paso se aligera tras ella, a veces, demasiado apresurado, incautando nuestro descanso emocional y corporal, llevándonos a la vorágine, pero también nos enseña a vivir.

La vida es así...

Un saludo muy afectuoso

FINA

David Martínez Romero dijo...


Otro afectuoso para ti, FIna, gracias por llegar a la vida desde mi poema.

Un saludo,

David

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