martes, 16 de octubre de 2012

Historia de la lejanía, 46.



Después de mí



Siempre crees que la primavera surge cuando más la necesitas.
Pero es mentira.
Tú misma corres hacia el amor, pero no amas,
no ves que la luz evita sin cesar esa alta cumbre
donde solamente yo te espero aun sabiendo que no llegarás nunca.
Eres pura, mas inversa.
No te entiendo, y la ignorancia me quema,
te busco con toda mi inteligencia y a pesar del miedo,
te quiero con toda mi alma aunque esta guerra
que es luchar por ti me anula,
me certifica y me consume,
hace de mí una nada, obligándome a no serlo.
Siempre has caminado con la mirada perdida.
Y ahora yo me pierdo en tus ojos vacíos,
incapaz del silencio, henchido de triste música,
aleteando torpe como un pájaro sin nido que busca paz sobre las nubes
y no la encuentra.
¿Por qué llorar?
Tuyas son mis lágrimas.
Tuya mi lealtad, mi espada te pertenece, clávamela
entre las costillas, y arranca.
Vivir es simplemente una huida,
tú no estás
y yo no siento otra verdad que tu ausencia.
Sé – siempre lo he sabido –
que mi sentimiento de la vida es trágico,
que mi amor es trágico,
que mis manos son en cada línea una tragedia,
pero nunca te he engañado,
desde el comienzo te dije
que más allá del gentío nadaba un pez en aguas turbias.
Mi espíritu,
baldío
aunque sembrado de duda santa,
siempre supo que tú no serías mía.
Acepto la realidad
que me ha sido dada,
tan sólo pido
una oportunidad para seguir viviendo después de ti,
para demostrar al mundo que incluso de mí mismo prescindo,
que me debo a mi tarea.
Pero ya no estás,
y te sigo buscando con mi cuerpo,
mis brazos te buscan,
mis dedos te palpan, sombra de un pasado
que no volverá nunca.
No puedo pedir perdón.
Sin embargo, puedo desearte felicidad eterna.
Lo que siempre quise para ti, sea,
incluso después de mí, y de mis pájaros, y de mi esencia.
Déjame decirte que aún te quiero,
aunque tú no estés y aunque tú ya no me quieras.





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