jueves, 15 de noviembre de 2012

Historia de la lejanía, 50.



El amor no es una nada



Qué violencia tan extrema – el mar.
Una pasión arrecia y entre miradas de púlpito
los animales corren a dotarse de sentido en la maleza.
Puede pensar que llueve, el horizonte insano,
o calibrar excusas afiladas como pétalos,
tomar la colina,
rodear la verdad con sus mentiras azules.
Una rosa cae, y ya es nada.
Esconded pronto los dedos, el otoño
tiene muchas formas y siempre todas ellas se abren paso a través de la garganta.
Un hombre solo – un arma.
Disparad, prended la mecha que indefectiblemente escala,
esa roca que se anega y hiende
como sombra de amor poblado hacia unos labios,
sensación mortal de haber existido antes
cuando la castración de todo era un supuesto inmejorable y ronco.

No mientas, caridad.
Arañas de afilados dientes pululan.
Ataúdes, habitaciones, hospitales.
Mujeres estériles por los rincones húmedos vagan.
Ved entre la multitud que es todo falsedad,
que no se aman,
que palabras son escritas con escarcha,
que sólo quieren dinero y cosas y objetos que se rompen o bien duran
aunque nunca duren para siempre.
Todo eso es nada.
Toda esa cantidad es ficticia.
Y sin embargo el amor no es una nada.
Hay fragmentos de amor mayores aún que el universo.
Besos incomprendidos entre pequeñas figuras de porcelana,
hombres, niños, gatos, perros, serpientes,
todos aman, y así superan
el temible fragor del gris supremo
encendido en predicciones obscenas como mundos en retirada.

¿Quién lo supo?
El poeta, aquél que canta
y en silencio se consume, quizá aliviado
porque su voz es luz y atraviesa el tiempo sin miedo a las distancias.
Lejos, más lejos.
Tarde, mas nunca.
Quizá sólo son palabras.
Pero hay algo más,
lo sé
porque mi piel me arde.
Y es mi propia voz quien me mata. 






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