martes, 28 de febrero de 2012

Historia de la lejanía, 25.



Hacia sus labios


Todo mi ser se inclina siempre hacia sus labios,
hacia su boca húmeda, cuando entreabierta,
deja morar dentro de sí el luminoso objeto de mi ansia.
Lo que en mi interior aspira a salir al mundo
tiende hacia sus labios,
quiere renacer en ella y desdibujarse luego,
quiere surgir del calor mojado
como un arco sin tensar dispara flores que no cesan.

Lento amor, cuán despacio
ganas tantas distancias
y tan estrechas.
Cuán silenciosamente integras en tus designios
todas las razones que antes mantuviste secretas.

El universo prohibido de placeres alternos
grita desde el abismo que me arroje,
que me deje llevar por la indolencia,
que sumido en la hipnosis absurda del infinito deseo
sea por fin uno con sus labios y con la tierra.

Yo, soy el amor.
Ella es la nada que justifica mi existencia.




jueves, 9 de febrero de 2012

Historia de la lejanía, 24.



Visiones


Nadie baila sobre sus propias cenizas.
Nadie ama más allá de su propio entendimiento,
ni siquiera las mujeres sin precio que donan su cuerpo a la alquimia,
ni siquiera los hombres caídos en ese hondo mar de cieno que no cubre.
Solamente los niños juegan a ser inmensos muros
y por ellos el tiempo no pasa,
nada pasa, en realidad,
y si acaso el amor
y desde luego nunca ese aliento del deseo que, cegado, oprime.

Pequeña flor de azúcar sin memoria:
lo dulce eterno sumido en la profunda grieta,
cuando el azul de una garra exhausta cruza el éter
y cien luces se convierten así en una sola llama.
Y así es el fuego, como la lluvia,
un movimiento sin paz que se columpia,
pradera de verdes llantos que no se apagan,
hombre, o mujer, tendidos al viento con la vista enmudecida
y los labios abiertos en penumbra.

Caen hojas, 
frutos caen, 
caen las palabras.

Dulce otoño surgiendo de la honda sima del mes de octubre
para ahogar todas esas voces que hablan 
y hablan
sin decir nada.

Al final, nadie baila sobre sus propias mentiras.

Existe una ciudad donde incluso las sombras
guardan en su seno un rebosante anhelo de lujuria. 




martes, 7 de febrero de 2012

Historia de la lejanía, 23.



Elegía


Han de callar primero todas las voces.
Muchas voces juntas son siempre demasiado ruido.
Mi garganta es frágil y mis sonidos lentos.
Quizá esta noche, cuando se vaya la luz, venga a mí el silencio.

Hubo un tiempo en que la verdad resplandecía,
quizá antes de la plena consciencia,
cuando solamente vivía dentro de mí aquel niño
que no necesitaba permiso para odiar, ni para amar,
ni para buscar piedras preciosas en el fango de los otros.
¿Cómo puedo regresar al animal sin caer en el olvido?
Dime, luz, o paz, o quien quiera se esconda tras los muertos,
¿cómo puedo perdonar al creador de las ilusiones perdidas,
al eterno huido sin rencor que perdiéndose entre la maleza
abandonó a sus hijos a la crueldad del tiempo enardecido?
Han de callar primero todas esas voces,
antes debe cesar este insoportable ruido.
El mar o la nada,
mi apuesta concluye con una soledad en tumulto
que conduce directamente al hombre y a su personal valle de lágrimas.

Pues nadie sino yo tiene llaves para este árbol que se derrama,
para esta ciencia de la mentira, este canto a la ignorancia,
este infierno encarnado en el Edén y agasajado por las bestias.
Perdóname, padre, porque no he dudado,
nunca sospeché de las verdaderas intenciones de las hiedras,
jamás negué mi propia soledad
y estar solo es hoy mi único infinito.
Siempre, siempre solo entre las bestias,
hablando sin cesar entre mentiras que miran descalzas,
llorando sin amar por un deseo que me devora y me atraganta,
pobre hombre a solas que tiembla y ruega y corre,
rápidamente corre hacia la luz que lentamente se escapa.

He soñado de nuevo que moría.
También la muerte llegó a mí como un ruido incandescente.
El fuego se torcía y la llama cavilaba.
Mi nombre fue borrado y las piedras ocuparon el puesto que les correspondía.

Pido perdón por no haber estado a la altura.
Me arranco, así, la piel - y me arrepiento.
Pido perdón por la niebla y por la luna.
Reniego de todas las voces que me anegan.
Porque soy un río, y arrastro mis pecados como un niño,
como un niño miento y me río y huyo de mí mismo,
como un hombre lloro y caigo y os suplico
que no dejéis que se pierda lo que un día fue brillante y limpio.
El recuerdo quedará,
quedará mi cuerpo en forma de poesía,
mis manos quedarán recogiendo siempre la belleza del momento,
la muerte no vencerá, pues ya antes, y siempre
habíamos perdido.

Dejad que mi espíritu more en la ciudad.
Dejad que mi amor se multiplique en el vacío.





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