miércoles, 30 de mayo de 2012

Historia de la lejanía, 31.



De nuevo el río, entre nosotros


Largo lagarto tendido a la mudanza,
inútil estratagema urdida entre fuerzas que se ignoran,
destino, arrojo, nacimiento extinto,
la luz y el viento reunidos de nuevo, una vez más, entre los muertos.
Pasión de sal que mira siempre hacia el pasado,
sordo pecado, caído en tierra fértil para lo nebuloso eterno,
para cuanto siembra remordimiento y duda,
mentira tácita que desalojan los vientos
cuando deshonrando este idioma sin cadencia
vienen aquí a morir los súbditos del ocre tecnicismo.
Belleza, pero sin nombre.
Amor, pero sin patria.
En las lentas horas de la mañana,
soledad,
muchacha sonriente y núbil,
virgen de mirada esquiva y manos de hierba.
Río, y hembra,
extraña fusión de almas que nunca volverán a vagar juntas.
Piel, esperando piel,
llanto que recobra la esperanza del cobre, del acero, del látigo,
brazo que se eleva y cubre,
cuerpo que somete y ansía. 




jueves, 10 de mayo de 2012

Historia de la lejanía, 30.




Soledades



Llegan nuevas músicas, sonidos nuevos llegan.
Cuanto más profunda se hace mi soledad
mayor es mi capacidad para escuchar en la distancia.
Solo, aquí, y a oscuras
puedo ver lo que yace oculto a lo lejos.
Muy quieto, acurrucado sobre mí mismo,
siento crecer mi espíritu y sobrevuelo todas las palabras.
Me río de los ascetas,
me río de los que esperan,
me río de los que ignoran.
Y mi risa arranca relámpagos del cielo emborronado,
como un trueno ensordece y se oculta en sí misma,
como un brujo, certero mago
que de la soledad ha hecho un sortilegio que no vence ni perece ni sucumbe.
Camino por las praderas yermas, grisáceas,
nubladas por el falso testimonio de las aves que se estrellan.
Veo campos rotos y hendiduras tan profundas,
surcos arrancados de la tierra con dolor,
elevados contraluces que se alejan, dispares,
como risas afiladas que se quiebran al primer aliento.
Y un ejército de violinistas, todos locos,
todos devorándose a sí mismos,
que desde la distancia me observan, 
rien al ver mis pies
descalzos abrasarse en el hielo de la arena.
Me ven a mí, el amante, sumido en la más esquiva angustia,
sangrando mis estigmas letras de melancolía,
religión de madera que se quiebra cuando nadie imita en torno,
cuando nada sugiere un mundo cuya soledad irradia.
La pérdida del rumbo, el azote del mar contra el sol de fondo,
la noche, el calor humano, sentir, amar, volver,
siempre esperar del horizonte una sonrisa,
caer al suelo y fundirse con la verdad más sólida.





domingo, 6 de mayo de 2012

Celebración primeras 2.000 visitas.


Yo te quiero (un huevo)





En efecto, como celebración de las primeras 2.000 visitas recibidas en este blog, comparto esta canción simpática que es también un homenaje a mi padre (su autor), cantada por mí (con perdón).



sábado, 5 de mayo de 2012

Historia de la lejanía, 29.




Noticia de un olvido



Tenía la dulzura del genio, pero no eran solamente sus caprichos,
sino su dureza, la diamantina infranqueabilidad de sus secretos,
el incorregible candor que imitaba cada reflejo,
cada nube, cada lento mármol de rostro aquejado por la bruma.
Soñaba, y no sentía dolor al mirar bajo los ríos,
al dormir sobre las duras sábanas de arena,
desde muy pronto comprendió que los peces habrían de venir a comer de sus manos, que las ovejas llegarían de muy lejos por verlo, por adorarlo, por arrancar de sus ojos las palabras que nadie antes habría dicho, sino en silencio, en silencio o en la muerte, que es también otra forma del invierno,
porque su signo era un signo de frío, y de nieve
y de piedra dura como estatua en grieta.
Su nombre era ninguno.
Su final, la gran laguna negra.

Tenía la mirada triste, y caminaba entre flores que vibraban.
Dormía, y no tenía miedo de romper los cristales con sus dedos,
no lloraba como niño, sino como delfín, como rey, como soledad lloraba como la negrura,
porque sus pies se deslizaban entre cadáveres, entre crucifijos,
más allá de los enigmas de sus padres,
muy lejos ya de la mujer con labios de cera que se acurrucaba en el armario.
No hacía nada, sino morir, y esperar, y muy rara vez
nacía al mundo como un suspiro, y desaparecía
y se hacía otoño, y flor, y hoja amarilla,
y caía hacia un mundo ideal donde todos se saben asesinos,
donde niñas de marfil rescatan grandes pájaros antes de que huyan.
Nunca tuvo paz; nunca la pidió, en definitiva.
Era demasiado estúpido como para nadar,
y se ahogó,
se empantanó en su propia fantasía,
se convirtió en un caimán.
Rodó tierra adentro hacia el fuego, hacia el barro, hacia la risa.
Se perdió para siempre en un instante.
Se hundió hacia dentro.
Y después se olvidó de todo.

Llovió, apenas un momento, y con el agua
olvidaron también los que le amaban.
Muchas luces se apagaron.
Pequeñas nubes cruzaron muy deprisa.
El recuerdo voló cual beso de polen,
y de aquel hombre no quedó absolutamente nada.





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