jueves, 28 de junio de 2012

Historia de la lejanía, 35.



Reminiscencia de una lágrima


Tímido acontecer de invierno, 
gota de lluvia helada,
vivencia que nacida de un recuerdo se dilata
y pronta a derramarse alegremente por el mundo,
surge de palabras que se deslizan por la carne.
Y la carne se ilumina,
luz de piel acariciada como hielo amante,
amor de blancura y de tristeza,
horizonte de grandeza bajo corazón o cúpula,
bajo los sonidos sin lógica que, temblando, unos labios pronuncian.
Unos labios que besan, que rompen cristales mudos
y dejan caer silencios preciosos,
miradas acuosas,
punto de luz o lágrima
que una vez en la tierra fluye sin impedimento alguno.

Historia de lo que no puede ser contado.
Mi secreto, tu mano, la noche fría,
el viento que recorre la distancia que nunca nos separa,
la puerta blanca y los rosales y las piedras,
el mar que ruge y los pájaros que te llaman,
todos los animales puros de la vida corren hoy por beber de tus ojos,
por soñar de tus lágrimas,
por celebrar y recordar y conmemorar el día que lloraste de amor,
aquel día frío de invierno romo en que la nieve
tejió en el mundo la sonrisa del instante fijado,
aquel día infinito que no pasó jamás
y mientras tú y yo vivamos no pasará nunca.

Sucedió, pero entre cuerpos encallados en la arena
hace ya demasiado tiempo.
Nadie sabe por qué lloramos,
ni por qué morimos.
Pero lloramos, y morimos, y corremos hacia abismos
como niños que bailan sobre lagos helados,
como leopardos cuyo deseo fulgurante ha sido satisfecho.
Bestias enamoradas,
lloramos:
tú llorabas
y con las manos acariciabas la silueta de mi cuerpo en retirada.




martes, 19 de junio de 2012

Historia de la lejanía, 34.




Dormir



Hace sueño, como fina niebla, lento humo
que debajo de las losas estremece la carne, y tiembla
como suave muerte, que es descanso y roca y alma.
Dureza de espíritu, escarmiento rosa,
universo sin escalas donde apenas brillan las estrellas mágicas,
donde caen palabras huecas que sin embargo prenden
y encendidas las letras se disponen a iluminar el camino hacia la nada.
Todo está vacío.
La noche es noche de incienso.
Entre cortinas de seda y animales que retozan
la dulce humanidad se extingue abriendo paso a la ficción en cadena.
Hace tanto, tanto sueño…
son tan pequeñas las razones para seguir observando…
La noche retoza, el animal se esconde,
los besos del amor nunca prometido giran y giran.
Todas las luces se apagan para dar paso a la negrura.
Duerme el alma, duerme.
Sobre todo, calla.
Que la mañana quiere llegar lentamente,
y el tiempo es la única realidad absoluta que no espera.





martes, 12 de junio de 2012

Historia de la lejanía, 33.





Quiero matar las sombras



Sólo son sombras, es verdad, pero no se mueren nunca.
Siempre caen en el fragor de la lluvia, y rozan la perfección
de un mundo que oscurece sin tregua 
en el olvido de los ancianos tortuosos.
Yo soy más fuerte, sin embargo.
Yo rechazo el camino de la serpiente,
repudio las razones que se muestran a sí mismas como mercancías,
exijo luz incluso donde las arañas duermen con los ojos abiertos,
quiero matar las sombras que se reproducen en silencio
y caer de nuevo en el fondo de donde no debí salir nunca.
Mi deseo es otra forma de querer la muerte,
otra luz sin calma, centro de duro metal
que acoge la eterna frialdad de la tibieza.
Sencillez.
Música de almena.
Frágil instinto de hombre rana que quiere dar muerte a su pasado oscuro.

Pero la noche palpita, y una mujer 
introduce en su propio cuerpo una espada,
y todos hablan, todos esperan largamente un final:
la vida es un final,
la muerte es una tragedia inversa.
Y en el solsticio del cementerio
cantaré aquella canción, aquel suspiro sin destino
que tantas veces utilicé para engañar a mis temores más sombríos.
Otra vez mentiré,
otra vez querré matar las sombras que pululan libremente por el prado.
Sin cabeza, romperé a ladrar entre los ejecutivos con gafas,
bailaré enajenado por las calles desiertas,
haré chistes cruentos,
me donaré a la ciencia,
me perderé en la oscuridad,
me quedaré a solas, esperando.
Y mataré de un golpe todas las sombras que me anegan. 





jueves, 7 de junio de 2012

Historia de la lejanía, 32.




El cazador de sueños



Allá en lo alto, agazapado, aguarda el animal después de su regreso.
Henchido de deseo, de hambre y de amenazas,
el hombre cazador ruega por la presa entre los mirtos.
Untado de ceniza, marcado por la sangre nueva que corrió alterna,
inyectados los ojos en el viento,
sus manos arrancan un rumor finísimo de la tierra.
Y rugen sus fosas, gimen, susurran infamias,
hablan popularmente como un cable electrificado habla
derritiendo pesares de enanos cabizbajos que todo lo estropean.
Es el cazador, él es la bestia, el gran malvado
del que huyen los pájaros, del que se alejan las nubes,
del que todos los hombres falsos reniegan.
Su presencia es como un criterio de verdad:
romo, fiero, ingrávido,
no le teme a la muerte ni a la espada.
Se esconde en las alturas, mas no por miedo, sino por higiene.
Él es el ladrón de todas las esperanzadas injustificadas. 





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