lunes, 24 de septiembre de 2012

Historia de la lejanía, 43.



La presencia



Cuando la noche gime en lenta agonía sin escamas,
a veces entre musgos, a veces entre hiedras,
universal de paz que se derrama despacio hacia el abismo,
lento añorar de cosas nunca vistas,
silencio o rencor de la melancolía.
Amor salvaje y roto en mil pedazos,
el viajante sabe, estremecido, la verdad que duerme a veces en las venas.
Emana el calor de una piel que ruge y grita,
la fuerza íntima de las palabras cuando el mar se tiende,
el fragmento último de una canción que no termina
y si antes música
es ahora rumor,
y mañana sombra.
Presencia en la distancia,
soledad incierta,
niebla.
Luces tiemblan a los lejos.
Niños lejanos que lloran y suplican.
Ansiedad:
dónde ir cuando la razón se oculta,
cómo huir, hoy, ahora, antes de que el alma se extinga.
Busco otro ser a mi alrededor
y sin embargo no hay respuesta.
Nadie dice nada.
Nada ocurre nunca.




lunes, 17 de septiembre de 2012

Historia de la lejanía, 42.



Elogio de la risa



No era fácil entender que había nacido para reír.
Durante tanto tiempo, callaba;
miraba hacia el mar (y callaba);
con la mirada perdida, el cuerpo encogido, 
en silencio
soñaba con abandonar algún día aquella seriedad como de piedra,
tan falsa como un plástico flotando sobre las olas.
Tanta afectación, necesariamente, debía ser mentira.
La pena, la tristeza, cuando no eran símbolo
sólo podían ser ausencia,
inexistencia,
vulgaridad oculta entre flores mustias.
El tiempo se dilataba, entonces;
cada segundo
quería conquistar el universo, se prolongaba,
y sin embargo, al fondo
siempre nubes negras derrumbándose contra el horizonte,
alud de ideas aún más negras rompiendo a pensar contra el alma.
Y después, nada.
Solamente el silencio, la imagen
de cien paisajes siempre idénticos a sí mismos,
de mil rostros compungidos siempre, y alejándose.
Por eso, callaba.
Durante tanto tiempo, callaba.

Y finalmente, un día,
amaneció quizá como tantas veces antes,
pero esta vez el ojo advirtió una luz más fina,
un mar más brillante,
un cielo más limpio.
Y nació la primera sonrisa.
Sonriendo, se incorporó,
buscó con la mirada momentos de color,
y el tiempo se abrió para dejar fluir aquella sensación de plenitud.
Porque el alma se siente plena cuando ríe,
cuando se eleva con suavidad y ligereza
y sonríe.
La nada, el vacío 
es la cerrazón del hombre ante la felicidad,
y la felicidad sólo es cierta cuando hay risa,
cuando cede el miedo, y la sombra, y la piedra,
y bailando hacia cien paisajes todos ellos distintos
salió alegremente al encuentro de otros como él,
otros que también rieran.
Y con ellos se quedó siempre, 
a solas,
con ellos y con su risa.
Y dio gracias por estar vivo 
y se rió de todas las cosas que permanecen a oscuras.





martes, 11 de septiembre de 2012

Historia de la lejanía, 41.



Diré la tristeza más pequeña



Vendré al mundo para despertar a los astros más extraños,
terribles muros de falsedad interpuestos a veces
en la olvidada tierra que linda con el árbol venidero.
Y de sus raíces inexactas, hendidas hacia el fondo como llanto,
extraeré elixires de verdad únicamente válida para los sentidos,
posible sólo para el cuerpo,
inefable multitud de ausencias que caminan sin rumbo
hacia un arco de luz que se descompone en tu mirada.
Y tú serás mi testigo.
Y yo seré tu sombra, tu cáliz, tu bienaventuranza,
yo abriré con mis propias manos un camino
por donde huir juntos al lugar donde nadie justifica.
Te diré cosas horribles al oído:
hablaré de amor, de paz, de dulces sueños,
y tú llorarás eternamente en mi desgracia porque tú eres lo que alguna vez yo he sido.
Diré, entre todas, la tristeza más pequeña,
aquel pesar que suena a río y sin embargo asciende
hacia todas las cumbres que aún no han sido desgarradas.





lunes, 3 de septiembre de 2012

Historia de la lejanía, 40. Cuarta Parte.



Cuarta Parte


Lo que no es fragmento



René Magritte, La reproducción prohibida

* * *



Totalidad



Mi alma es revolucionaria, pues mi naturaleza quiere acelerar el final,
con mi solo pensar yo le imprimo velocidad al tiempo,
a ese tiempo esencial que es el acontecer humano 
como historia,
como ficción, 
como cuento infantil narrado en silencio al universo.
Mi pensamiento rezuma de amor al destino,
cae ligeramente sobre versos espontáneos plenos de erotismo,
de carga sexual, de mujer, de anhelo.
Se hace verso, y garra, y poéticamente filosofa sobre el mundo y sobre los muertos.
Pues el mundo es una residencia de muertos que se ignoran a sí mismos,
y alguien habrá de venir a reírse de nosotros,
los únicos que pudiendo llegar más alto
no lo hicimos.
Mi alma, sí, es revolucionaria,
pero mi desprecio es infinito.
Únicamente la confianza ciega en la inutilidad del gesto
me anima a seguir sonriendo entre tanta tristeza indocumentada.
Con dedos firmes y ojos de felino agazapado,
adopto mil formas, supero cien caminos, atravieso diez encrucijadas
y siempre retorno a mí mismo.
Vivir es mi pasión secreta: esto me distingue a mí del resto.
Y sin embargo, por más que lo intento,
no consigo sentirme orgulloso más que en relación a lo que guardo en mis dominios más secretos, en los lugares más recónditos de mi espíritu y de mi cuerpo, aquello que vive en mi interior como luz y sombra, mucho más allá de la comunicación, indecible, impensable acaso, pero cierto, auténtico, único, irrepetible, precisamente aquello que me define y me aleja en la distancia y me distingue, y quizá me condena, sin duda me impulsa a luchar, a desgarrar, a devorar, centro de mi de ser y de mi tiempo, esencialidad, lo que no es arbitrario,
lo que no es inútil,
lo que no es fragmento.

Existir para rebasar mil y una metas,
para superar todos los obstáculos que me encuentre o que me invente,
y el principal obstáculo de todos:
yo mismo.
Yo soy mi propio límite y mi contorno,
contra mi piel fluye la luz que mi animal emite,
mi propia razón, hábil instrumento de mi sinrazón,
es el rugido más abismal de todos mis instintos.
Todas las bestias corren y juegan en la selva de mi ser,
también esa bestia tan hermosa
y a la par tan ridícula,
(la bestia hombre),
quizá la promesa más triste que jamás se hizo la tierra.
Quién sino yo, que soy al mismo tiempo luz y sombra,
llanto y risa,
estupidez y astucia,
horror y gloria,
senectud e infancia,
quién sino yo habría de tener derecho a mirarse cara a cara en todas las cosas.
No sólo es mi derecho:
es mi privilegio.
Con valor, sin miedo, así me defino yo a mí mismo.
Pero yo soy insignificante,
sólo importo como medio que emplea el todo
para renacer a través mío como totalidad,
como verdad,
como destino.





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