martes, 27 de noviembre de 2012

Historia de la lejanía, 52. Quinta Parte.



Quinta Parte


Espacio y majestad




René Magritte, La condición humana

* * *



Altura



Lo que cuenta en la distancia es el espacio.
El tiempo
ni siquiera existe cuando el oxígeno se difumina
y como un compás de muerte la sangre se detiene.
Nieve, alfombra de la soledad,
gélida forma reflejando el astro sol
como por encanto,
medio en serio, medio en broma,
en un deshielo que transcurre eterno cual poema,
en una caída que nunca termina
ni es completa.

Alto, más alto.
Hacia las cumbres que resuenan.
Hondo, muy hondo.
Mi corazón se encoge, el alma
se me ilumina.
Todo está siempre lejos,
mi sola mano lo abarca,
pero es aire, el mundo es aire, la realidad
etéreamente se me escapa.
¿Quién soy yo? ¿Quién
es este joven que habla?

Ayer joven, hoy durmiente,
mañana eco en las montañas.
Tengo frío, pero soy feliz
porque aún siento.
Todavía tengo una razón para vivir: llegar más lejos.
Subir más alto mientras desciendo más adentro.





viernes, 23 de noviembre de 2012

Historia de la lejanía, 51.



Hay un jardín de lluvia



Hay un jardín de lluvia en mi pensamiento.
Hay flores, y risas como hadas que tienden sus brillos hacia el norte.
Poemas como pétalos que se abren, y sus lágrimas
dibujan ideas más allá de los colores. La música
asciende en progresión lírica,
recorre cuerpos celestes que en mi mano se recogen
cuando la luz súbitamente se desata
y en forma de gota caída redime al centro,
y en armonía salvaje su presencia justifica.
Alud de ondas versátiles,
ondas que van y besan,
silencios de ida y vuelta.
Sueño, despacio, como roca,
como lenta aguja que reza,
espíritu en agonía plana hacia la alborada,
lacio pesar que gira y en la espuma
deposita su verdad que es un planeta.

Agua de cielo en mis ideas.
Azul y gris y rojo y agua.
Ojos que miran hacia dentro, paz.
Digresión total del intelecto. 






jueves, 15 de noviembre de 2012

Historia de la lejanía, 50.



El amor no es una nada



Qué violencia tan extrema – el mar.
Una pasión arrecia y entre miradas de púlpito
los animales corren a dotarse de sentido en la maleza.
Puede pensar que llueve, el horizonte insano,
o calibrar excusas afiladas como pétalos,
tomar la colina,
rodear la verdad con sus mentiras azules.
Una rosa cae, y ya es nada.
Esconded pronto los dedos, el otoño
tiene muchas formas y siempre todas ellas se abren paso a través de la garganta.
Un hombre solo – un arma.
Disparad, prended la mecha que indefectiblemente escala,
esa roca que se anega y hiende
como sombra de amor poblado hacia unos labios,
sensación mortal de haber existido antes
cuando la castración de todo era un supuesto inmejorable y ronco.

No mientas, caridad.
Arañas de afilados dientes pululan.
Ataúdes, habitaciones, hospitales.
Mujeres estériles por los rincones húmedos vagan.
Ved entre la multitud que es todo falsedad,
que no se aman,
que palabras son escritas con escarcha,
que sólo quieren dinero y cosas y objetos que se rompen o bien duran
aunque nunca duren para siempre.
Todo eso es nada.
Toda esa cantidad es ficticia.
Y sin embargo el amor no es una nada.
Hay fragmentos de amor mayores aún que el universo.
Besos incomprendidos entre pequeñas figuras de porcelana,
hombres, niños, gatos, perros, serpientes,
todos aman, y así superan
el temible fragor del gris supremo
encendido en predicciones obscenas como mundos en retirada.

¿Quién lo supo?
El poeta, aquél que canta
y en silencio se consume, quizá aliviado
porque su voz es luz y atraviesa el tiempo sin miedo a las distancias.
Lejos, más lejos.
Tarde, mas nunca.
Quizá sólo son palabras.
Pero hay algo más,
lo sé
porque mi piel me arde.
Y es mi propia voz quien me mata. 






martes, 6 de noviembre de 2012

Historia de la lejanía, 49.



El sol no es un fragmento



Si calor emana, si de su centro
refulgen como dedos de fuego altos envites,
si desde el lado profundo de su mar dorado
chocan olas de magma y brotan semillas hacia lo imposible externo,
entonces no puede ser fragmento, sino símbolo.
Luz de toda luz, fuerza nacida para ocultar la sombra.
Quizá carcajada cósmica.
Sólo la risa de un dios podría perdurar en el frío inmenso,
frío o soledad que entre océanos de nada ruega por una presencia
cuando el tiempo, expandido, ya no existe.
La piel se dora, lámina de brillos y rubio pelo
encendido,
y los ojos, entornados como caballos negros,
se tornan descreídos, niegan el paisaje
para solamente recibir presión de la luz, mariposa incandescente.
Es así el amor, si verdadero.
La luna es así, cuando muge desde arriba,
paciendo entre nubes de desgastada cadencia,
huidiza como ratón que juega y confunde.
Pero la plata es fragmento, únicamente el oro quiere todo,
baña todo,
todo lo transforma a su imagen y semejanza.
También el hombre ansía totalidad.
Por ello prende fuego en los campos y en los bosques,
por eso impone pensamientos que nada significan
y es capaz de morir en el cadalso sin haber amado nunca.
Pero vivir sin amor es otra forma de morir despacio.
Y la perdición del hombre es la mentira. 





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