martes, 19 de noviembre de 2013

Transitaria, 10.




Madrigal en primavera



A mí también me hace llorar a gritos el olor de las peluquerías, como al chileno llorón, enfadado y maestro. Como también me hace llorar el torpe caminar de los perros perdidos en las calles de América Latina. Y Colombia, me hace llorar, y México, y a veces la Argentina. Y todos los países donde se hable bellamente el español me hacen llorar a gritos, a mares, a puñaladas. Como las mujeres despechadas. O los hombres corrompidos. Y los niños que no juegan. Y los canarios que no cantan. Y las nubes que tristemente se desatan en un azar de figuras absurdas.
      Esta noche me he dado cuenta de que nadie, sino yo mismo, ha escrito todavía una sola línea sobre mi persona. Qué pena… - pero qué privilegio. Ser mi gran testigo, hallarme, yo mismo, tan cerca de mi propia grandeza. Y de mis zanahorias. Y de mis ahora voy, ahora vengo, por el camino yo me la… Y de mis libros. Y, sobre todo, de mi gente, de las personas que he conocido. ¡Mi familia! Qué alegría, qué alboroto, y qué privilegio. Y qué tontería. Haber conocido a tanta gente buena. Güena, güena. A tantos espíritus altivos. Mi vida ha sido un éxito, bien lo saben las abejas, y pues ellas zumban y zumban y dale que te zumba susurrando mi secreto, yo continúo triunfando, en honor a ellas. Y a la primavera.
    Oriana lava la ropa, y yo escucho prorrumpir un río de láminas de esperanza. Cantar, cantar la alegría, es el madrigal que yo me digno a escribir en primavera. Qué feliz, pero qué digno. Qué precioso impulso de azúcar en la sangre enlatada de este cuerpo hermano que tengo, siento y merezco. O ¿quién sabe? Tal vez aquí únicamente se fragüe una triste figura en lontananza.
        A veces sé que respirar es un placer tan sólo comparable a beber agua. 







El Silencio, 32.



32


¿Y la belleza?
Al final, después de todo concepto,
de tanta palabra,
de tanto libro
escrito, publicado y puesto luego a colgar de su estante
correspondiente,
tras años de exaltación de todo lo que es feo,
obsceno, monstruoso y tonto,
después de un par de siglos confundiendo realismo
con vulgaridad,
cuando apenas la poesía si ha quedado reducida a un facilismo insolente,
y la propia estética, ya en sí cuestionable,
ha venido a degenerar en diseño o cosmética,
al final
¿qué ha sido de la belleza?
¿Aún se busca, se defiende, se postula?
¿Aún se ama?

Afortunadamente,
la belleza, como la filosofía,
no requiere búsquedas, defensas ni postulados.
Pero la belleza es también un ideal.
¿No resulta irónico entonces
que precisamente nosotros,
los enemigos de la niebla y la mentira,
hayamos de ser los últimos idealistas?





jueves, 14 de noviembre de 2013

Transitaria, 9.



Enrique y Juno



Sólo quería contarte un secreto, algo apenas sugerido, una cosa rumorosa, pequeña y frágil que sólo digo cuando estoy a solas, como ahora estoy contigo. Y es que yo, el poeta, el escritor, el joven viajante y tímido aventurero, que tantas penas ha cantado y sentido… yo, no sé en realidad lo que es sufrir sino la ausencia de sufrimiento. Ése es mi secreto. Que soy un hombre entero, duro y feliz, que no logra sentir pena ni aun cuando la siente. ¿Cómo? ¿Cómo es esto? ¿Qué he hecho yo para no merecer también la tristeza? ¿Qué tesoros guarda dentro de sí el llanto sincero, que yo no puedo conocerlos? Incluso mis lágrimas son brotes de alegría. Nací ungido por un misterioso óleo, y nada hay en este mundo que pueda cancelar mi inocencia. Pues felicidad es esto: inocencia, e íntimo acontecer del mundo en uno mismo, y pureza, y guerra, y arcana, herética piedad, como lazos de mar que se rebelan de parte a parte, de rostro a rostro, y entre multitudes aglomeradas brillan cual diamantina artificiosidad. Pero no hay naturaleza más profunda (ni muerta) que el reconocimiento de la verdad interior, de cuanto es cierto porque es única y exclusivamente en sí mismo. Como el sexo. Y éste es mi otro secreto. Que soy un hombre pletórico de sexualidad, de miembros, de carne, olor, sabor, gemido, fresa, sangre, vino, afilada cuchilla, extraordinaria pubertad, siempre hormona caída, crucifixión rosa, circuncisión púrpura, judío, cristiano, musulmán. Y mirar… Ah, mirar con los ojos entornados, el cuerpo girando, la mente huyendo, pero los ojos al centro, al punto, al vértice, vorticismo, sudor que frío recorre las mejillas, la espalda, el pubis, y ver un pezón brotando de un dulce seno que un hombre todo un hombre no puede nunca menos de besar. Cada canción, cada silencio, cada mano que se alza y golpea, abofetea, cruza una cara y brinda la comisura de un labio a sangrar. Nacer, el parto, el dolor, vivir… ¿no es nacer siempre? Y hablar, ¿no es siempre pegar con fuerza, dar con furia, hostiar con saña? Pero silencio. Que llegan las hadas blancas.
Llegan los pianos que se recuestan en el filo de la playa, y los gitanos con sus guitarras, y las viejas vestidas de negro, con sus almendras, y así, de una, se monta una fiesta, un carnaval, un vendaval de palabras y tequieros. Todas las monjas vienen hoy aquí a brindar con su “España aparta de mí este cáliz”, desde Cádiz cuya bahía luce blanca, roja y amarilla, como La Habana, como mi amada, como las piezas de música de cámara que se reflejan verdes en los azules azulejos en cascada. El amor todo lo puede, ésa es la verdad, ése es mi secreto así en la paz como en la guerra. Y soñar. También soñar es una aventura íntima que acontece en las largas madrugadas.






domingo, 10 de noviembre de 2013

El Silencio, 31.



31


Quizá no haya forma de decir
lo más importante.
Quizá, sencillamente, sea imposible
decir lo que necesita ser dicho.
Y entretanto,
a solas
me recuesto, y me hablo
porque tengo miedo a olvidar que existo,
si callo.






miércoles, 30 de octubre de 2013

Transitaria, 8.



Retrato psicológico de Oriana
 con los ojos bien cerrados



Yace en la cama, pidiendo música, con los ojos bien cerrados, y ni tú, ni yo, ni esta cueva, habríamos llegado hasta aquí si no fuera por ella. Ésa es la verdad. Y la miro, y me pregunta de quién es la canción que suena, y yo me pregunto cómo es posible, a quién le recuerda, de dónde viene esa música que es a veces como la lluvia, y a veces como la marihuana, pero nadie, ni siquiera ella misma, tendrá jamás la oportunidad de redimirse en justa o torneo como cristal de viento, como hierro de paja, como herradura de alpaca, como armadura de papel de nácar. Y canta, y fuma, y siente una luna que va, y siente una luna que viene, y arriba a puertos inconscientes decorados con escarcha, con almíbar, con tréboles de cuatro almas. Ella es mujer, es amada, es pequeña, pero no tiene miedo de la bruma, aunque la bruma llega, pero sin miedo, y llega como un manto de niebla que se esparce, que se abruma, que se repite en la intersección de las aristas. Ella quiere que pinte cuadros con mis libros, y yo le digo que no tengo suficientes melodías para ese erguir ese edificio. ¿Para cuál? Para el cuadro de las drogas livianas, de los líquidos lisérgicos, de los ácidos neurálgicos, de las palabras mal dichas, importunas, arrojadas al piso como tomates, como sandalias, mientras desde la cama, yaciendo, pide música con los ojos bien cerrados, con pestañas como escarcha, con cigarrillos de hierbaloca, tuercesanta, sacroarbórica, inmunoautosuficiente. Y en la inutilidad de las veinte treinta (20:30 h.), se esconde tras la almohada, fértil, sembrada, murmullo de cabellos arios dedicados al tormento semanal de la ensenada. Y la música. Y Oriana, y el tremendo impacto de un beso en su mejilla, y el sabor rosado de unos labios de salmón mentolado, y un padrino siciliano que se trastabilla, onda de guitarra, piedra de toque, hervor de mediodía. Y así, beso a beso, camina, sondea, abarca y se mece, Oriana la bella, la mujer que duerme, con sus ojos cerrados, con sus labios abiertos, y con sus manos cerradas. Y con la música.





domingo, 27 de octubre de 2013

El Silencio, 30.



30


Hay todavía un cierto respeto en el hablar quedo,
una brevedad como incierta en la voz que, aunque cercana,
cae despacio en los límites de unos labios
cuya proximidad quema.
Cuántas veces, te pregunto, has podido amar así,
solamente con palabras,
acariciar el alma, tímida y desconfiada,
exaltar la vida, tu vida, toda vida,
sin alzar la voz, sin malsonancias.
Sólo palabras, silencios, palabras,
el viento girando en torno,
solamente tu voz
y su alma.





jueves, 24 de octubre de 2013

Transitaria, 7.



El escritor



Lo que yo ignoro, mi querido argonauta, es el carácter inteligible de la obligación. En periodos de avituallamiento no desdeño opciones adecuadas al proceso, y aun incluso en ese caso desespero con facilidad de las imposiciones socio morales que devienen en cascada cuando el sueño de la libertad acontece. Porque acontece, hermano, ésa es la verdad. ¿Qué esperabas? ¿Una elegante y sempiterna huida al ideal del que todos provenimos sin saberlo, por la simple e imposible razón de que la razón crea monstruos que no puede luego soslayar? No, no, hijo mío, no, no y no. En caso de huir, yo sé bien dónde se encuentra la salida de incendios, yo sé bien cómo provocar ese incendio que todos esperan como the big one aunque todos lo niegan. Yo no siempre soy un ciego de conveniencia. Antes bien, pues que sé perfectamente lo que he de ver, cierro mis ojos a menudo ignorando que ciertas obligaciones son indemostrables y últimamente intransigentes, a nivel cultural o no, en el nombre de Dios o de la Virgen, en la imagen de un santo desbocado que introduce su canoa en el vientre de la madre espada, o un farolillo rojo que indica señala simboliza icónicamente la llegada a un puticlub. Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, otro gallo cantaría. Y de otra forma. Yo soy un poeta. Lo demuestra este libro que tienes entre tus manos – deja que me sorprenda de que hayas llegado hasta aquí, y para celebrarlo, ciérralo, haz con él lo que te convenga, déjalo en su estante, en su instante, y pregúntate si has vivido, si de verdad, de verdad has vivido, y si tal vez te hubiera gustado, más bien, en realidad, aquí y allá… – que es un poema, un inmenso poema, un poema como de basto cimentar verdades que de otra forma, créeme, jamás habrían sido dichas, pues aquí las cosas son dichas, se recitan en voz alta y se encomiendan al altar, a lo alto, a lo muy arriba, a lo más allá del entendimiento de las mujeres gordas que comen panqueques tal y como quedó reflejado en las sagradas escrituras y en la famosa por todos conocida parábola de San Jorge y el gatito. ¿Ah, cómo, no es hora de cenar? Dios bendiga América. Son fuertes, los cimientos. Como los poemas. Malos son estos tiempos que corren para la inteligencia. Y peores para el pensar. Miedo, miedo es la palabra que todo lo impregna, y su madre es la ignorancia. Parecemos obligados a tener miedo. Pero yo ignoro… Explicación: la vida merece ser vivida. El amor merece ser amado. La lucha merece ser luchada. Y el pensamiento merece ser pensado. Gracias. Acepto cuantos honores me sean brindados póstumamente. Y reclamo – declamo – nuevos niveles de conveniencia. De aquí en adelante, me sonrojo. Me caliento. Me despedazo.
Almíbar. Herencia árabe, mozárabe, musulmana. Alá sea loado. Una sola cosa es necesaria. Unidad en ella, y en ese rubí duro. Proclamas. Pancartas. Decisiones estrábicas. El hambre en el mundo, la paz en las almas. Y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado, mi voz errará, nostáljica. Pero silencio. Anochece en la ciudad. Todos callan. Tú mismo has cambiado de destino, como quien salta hacia un mar de flujos y reflujos consentidos. 






miércoles, 23 de octubre de 2013

El Silencio, 29.



29

Primer monólogo del funambulista



            “¿Qué puede haber más arriesgado
que callar?”, me pregunté
y salté al abismo,
y así el silencio se hizo música,
primero lejana, de luz dormida,
y más tarde cercana, titilante, matutina.
¿Qué objeto tendría
detenerme a explicar por qué,
en absoluto, el silencio?
¿Qué necesidad hay, en verdad,
de expresarlo?
Y qué es el artista, más allá de esa necesidad,
pugnando por desplegarse ante la cósmica audiencia:
las silenciosas estrellas.
Qué puede haber más insolente
que enfrentarse a una audiencia con la espada del silencio.
Y sin embargo
ésta es mi postura.
Así ocurre que, buscando un poso de verdad aún pura,
no hallo sino posturas
que son imposturas: insolencias.
Me convierto en un maestro arrogante y decadente
y sólo así supero al fin todas las arrogancias y decadencias.
El silencio es aún más puro que el diamante, y por suerte
este silencio no es eterno.
Aprendí (aún aprendo,
quizá estaré aprendiendo siempre)
a hablar conmigo mismo.
A respetarme, a cuidarme, a quererme.
Me digo las palabras más hermosas que nunca he dicho,
palabras que, por pudor, dejo luego caer lentamente en el olvido.
Traeré más bien esperanza, plenitud, felicidad,
todas ellas cosas pequeñas que hallé tendidas,
por el camino.
Haré discursos, breves, extraños,
y me regalaré el oído con mis propias palabras,
palabras que brotan de mí pero que no son sólo mías,
y las dejaré grabadas en papel
permitiendo así que el azar, o más bien la inteligencia
las hagan llegar
a quienes verdaderamente pertenecen.






martes, 15 de octubre de 2013

Transitaria, 6.




Nostaljia



Moses did! Aunque de mí no pueda decirse precisamente que yo sea un profeta, ni mucho menos beloved of God, sin embargo he decidido en estas últimas y terribles jornadas que Lawrence de Arabia es en cierto modo el mito de mí mismo y que en todo enigma reside una buena porción de desierto. Dicho lo cual, voy a explicar el misterio tantas veces formulado por físicos, astrólogos y otros científicos de la duda, la clave del magnetismo tantas veces demostrado por la Kabbalah, las cábalas y las cuentas místicas, el silencio hablado de la palabra intrínseca que humedecida se desglosa en momentos de música, sexo y jazz. Hoy, por fin, voy a contaros la verdad. Saben los hados blancos que la llave del éxito de un libro está en todas y cada de una de sus frases, de lo que se sigue, así, siguiéndose, como tal, que todas y cada una de las frases escritas con voluntad de eternidad son ya en sí mismas un éxito. Esto es discutible. Lo que no ha lugar a discusión es que siento nostalgia, profunda nostalgia de mi tierra y de mis animales, de las gentes que arbitraria, casual, indisciplinadamente he conocido he ido conociendo y de cuya ausente compañía adolezco, pero los revivo en el recuerdo, y he aquí la verdad, pues hoy los recuerdo pero mañana ni tú (ni yo), ni ellos, ni tal vez esta cueva, existirán. Ésa es la verdad. 






domingo, 13 de octubre de 2013

El Silencio. Tercera Parte.




EL SILENCIO





Max Ernst, El ojo del silencio.





Segunda Parte


El monólogo

o cómo atravesar el silencio sin pervertir su esencia



28




Si por cierto soy lejano canto,
mi canto es nocturno, y alevoso,
pared que se sabe escalada por un alma
en este invierno riguroso y árido
que dicta con nieve sus cien verdades infecundas.
Soy ese callar, risueño,
que de cuando en cuando aclama.
Roca, entre voces de cristal.
Entre sombras como corazones, agua.
Y sin pensarlo rompo a hablar conmigo mismo.
En cierto modo, desespero.
Pero necesito contarme cosas,
decirme raros secretos sin importancia,
arrumarme con la magia de esta voz mía que es la herencia
de viejos músicos que nunca regalaron la música suya.
Y porque hablo conmigo
recuerdo que también existo,
sé que yo puedo también amar, y ser amado,
sé que mi futuro se encuentra también aquí
solamente futuro porque yace entre mis manos,
y con mis propias manos cavo agujeros en el tiempo
donde deposito después mi voz
y locamente me extravío. 






viernes, 11 de octubre de 2013

Transitaria, 5.




Diez minutos de soledad



Diez minutos apenas, pero cuánto tiempo, sin embargo. El concepto de lo diegético, esta noche en presentado por. Y lo intrínseco. Una sola cosa es necesaria. Lo intrínseco es la palabra. Navega, argonauta, amigo mío, hermano odiseico, eneico, hercúleo, tú, bogavante de la plaza que yermo se dirige hacia el estrado, confiesa, reconoce, susurra, establece, sentencia, elucubra, traiciona, repite, miente, inventa, arroja, escupe, estupra, arrolla, devén, argumenta, discute, arguye, propón, dispón, dispara, salta, tuerce, camina, detente, y así parado en pie dime, por qué, por qué, por qué has venido al mundo si no es para estar solo, completamente solo, inhumanamente solo, solitariamente desvalido. Quiero beber. Y fumar. Tengo miedo, sí, pero no se trata de un sentimiento nuevo. He tenido miedo muchas veces. Son tiempos difíciles para la poesía. Hoy la prosa lo inunda todo, la prosa prosaica, explicativa, aclarativa, condescendiente, virtualmente comunicativa, indudablemente somnolienta. Pero silencio. Una sola cosa es necesaria, y ni tú, ni yo, ni esta cueva inmunda, vamos a retroceder un solo paso en esta guerra. Pues es la guerra, y en tanto en cuanto ésa es la verdad, más nos vale interceder reconociéndolo. Ineluctable modalidad de lo visible. Compleja situación de lo existente. Un filósofo no cedería. Intercediendo, daría paso al segundo nivel del curso y recurso que óptimamente se deslavaba. Y entre palabras, el silencio. No me canso de silenciar que el amor todo lo puede. O anula. O escolla. Que entre solitarias rosas nació así un cierto día la hierbabuena. Pero dime, poeta, háblame, dime quiénes son todas estas extrañas personas, dime qué hago yo aquí, ni en el cielo ni en la tierra, dime exactamente quiénes son todas esas gentes vagas, nubladas, esfumadas, dime quién soy yo, quién eres tú, y por qué una y otra vez regresamos a la misma cueva. Esto es un poema. Este escritor es un poeta. Esta voz es una prueba. Sigue, continúa, avanza, no te dejes atenazar por el miedo, el miedo es una morsa, el mar es una piedra, y todos los hombres juntos no alcanzan a vislumbrar el por qué de esta insondable insistencia en seguir vivos. Pero silencio. La muerte no es necesaria. Escucha mi voz. Escucha mi espada.






miércoles, 2 de octubre de 2013

El Silencio, 27.



27

Prolegómenos para una teoría del silencio



Largamente callada la voz
que siendo mía,
girase también rompiendo hacia la rabia,
fuente del desprecio, corazón de la tormenta,
símbolos que no son mis animales,
emerge ahora, apenas, como espada sin filo y sin certeza,
y aunque otra voz, es de nuevo la mía,
renegando de mí mismo y de mi circunstancia.
Recuerdo con amor, con pensamientos afilados como plumas,
aquel viejo anhelo de invocar con mi palabra a la belleza.
Con el tiempo y el contacto de la alteridad siniestra,
se apagó el deseo,
dejando lugar solamente a la postura.
Nada se emulaba ya, sino un ansia oculta, amenazante
de venganza.
Y este resentimiento
¿de dónde nace?
¿Qué raras liras extiende
que con sus cuerdas de seda
reduce a ceniza incluso al más compacto de los diamantes?
Esta maldad
¿hacia dónde avanza?
Quizá odiar no sea estrictamente necesario,
en el amor como en la tierra,
pero contra al ejército de la mediocridad
¿qué otra reacción cabe sino el odio?
Pero mi corazón me obliga a no odiar a estos soldados de lo inepto:
el odio, me dice, es algo demasiado precioso;
ellos mismos, los acabados, no saben odiar,
creen que lo hacen, pero sólo envidian.
Y cuando envidian, se corroen, se reproducen e infectan el mundo
donde finalmente se sepultan.
Ya de niño sabía
(me estoy refiriendo a hace unas semanas)
que son malos tiempos para la poesía.
Los nuestros, son  los tiempos de la medianía, del gran número:
gobiernan los muchos con su mano férrea, reduciendo
inmediatamente todo al mínimo común denominador,
limando cualquier arista,
todo tipo de arista,
borrando el concepto mismo de arista,
eludiendo hábilmente el sagrado principio del matiz,
y quizá muy pronto, antes de lo que piensas,
prohibiendo por decreto la elegancia.
Te ruego disculpes mi dureza,
tú que me amas sin comprenderme,
o mejor aún,
 tú que me comprendes pero no me amas.
A ti me dirijo por primera vez, y quizá última.
A ti me encomiendo en esta ocasión tan ruda.
Necesito que entiendas por qué vengo tan largamente callando:
porque elevar mi voz en este marasmo de alaridos
sería poco menos que un suicidio,
y acaso ni siquiera sea posible, en absoluto.
En esta situación de vulgaridad masiva
el único ejercicio digno es dar la callada por respuesta.
Ya no hay plebe, porque tampoco hay aristocracia.
Sólo queda una muchedumbre enardecida
de la que, no te equivoques – tampoco desesperes –,
surgirá algún día la más inesperada grandeza.
Entretanto, ven, calla conmigo.
Y sueña.






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