martes, 8 de enero de 2013

Historia de la lejanía, 58.




Paisajes



Tiene la noche un dulce sabor a roca
que invade mis labios cuando duermo, cuando sueño
con lejanas tierras que se tiñen de naranja en el estío.
Cada estado del alma es un paisaje:
azules filos encerrados entre casas blancas,
cenicientos perfiles derrotados como sombra
a cuyos pies yace un ángel dormido en inquietante silencio.
Luna de oro, enhiesta, azorada, cayendo
hacia el norte frío,
hacia la nada tan cálida cuando miente,
rincón de sal en que crecen
sombras, luces, dudas dormidas,
pensamientos nacientes que reclaman un objeto.
Cuerpos erguidos en la distancia. Cuadros
de almas huidas por la abertura del espíritu,
canciones oídas entre recuerdos de niño,
imágenes: una madre, un sillón, un espejo apenas pulido
y un beso dado en silencio, con amor, al tiempo.
Palabras que son música, silencios que son raíces
donde crecen anhelantes los destinos.
Pasado, futuro, entre caminos una lágrima
tendida sin saber por qué así, de pronto, la tristeza
quiere adueñarse del espacio infinito que nos separa y nos alienta.




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