domingo, 20 de enero de 2013

Historia de la lejanía, 60. Final.



Historia de lo mismo



Hay momentos que se llenan de silencio
cuando nubes esquivas cubren el horizonte
y los edificios altos, rojos, amarillos, hienden
de grises surcos la nada urbana, 
y atardece.
Un segundo y la tarde es noche.
Un momento y lo que fue, desaparece.
Viaje tras viaje, estaciones de tren, carreteras, aeropuertos,
amigos, negocios, mujeres,
mis ojos de un lado a otro buscando, queriendo,
mis pies caminando, mis manos... sosteniendo,
calor en invierno, frío en el verano,
días, meses, años,
lentamente arrugas surcando 
la débil, irredenta comisura de mis labios.

No permitáis nunca 
que me quiten estas pobres cicatrices.
Mi voz se agravará, como instrumento de cuerda y viento,
y cada vez más oscuros, mis deseos
se harán reflejo de mis actos.
Hablar, callar, hacer, dormir,
todo es siempre lo mismo
y nunca eterno. Pero hablo, a solas más incierto,
y digo lo que veo, a oscuras,
en el profundo interior de este espíritu que no es mío
y lo es, siéndolo
donde la realidad sucede,
donde la luz es tenue, y cambia.
La inmediatez es una mentira de los poderosos,
de todos aquellos que con su ley, sus ejércitos y sus fronteras
existen para dividir, y separan
uniendo en una sola mentira todas nuestras esperanzas.
Yo no espero nada. Yo
puedo más que ellos.
Pero el tiempo pasa.
Los árboles, bajo mi ventana, crecen, 
se llenan de hojas, cubren las nubes también inmensas,
y pierden luego sus hojas, 
siempre alguien llega
para podar sus ramas.
Las mismas caras en el metro, a veces diferentes
aunque hermanadas por la estupefacción,
nacionales, residentes, inmigrantes ilegales,
una estación, otra, lluvia, sequía, palabras, pantallas de televisión,
modelos desfilando en la pasarela,
mis recuerdos, mi niñez, mis pensamientos
vagando por delgados versos incompletos,
lo que he escrito, lo que nunca he escrito, lo que jamás escribiré,
y entretanto la vida, el trabajo, la soledad, el sexo.
Astuta voluntad de dar.
Mi sabiduría crece en el abismo
hasta que un solo espectáculo de la mediocridad quiebra mi triunfo,
y vuelta a lo mismo.
Lo de siempre.
El ir y venir de las masas,
los medios de transporte, la insatisfacción,
la corrupción de los políticos
y mi escandalosa incapacidad para transmitir nada
que no sea duda, pérdida, cansancio.
Diamantina dureza para conmigo mismo,
restos de un antiguo amor por la belleza,
de un pasado impío en el que todo era siempre imposible
pero estaba vivo.
¿Hoy quién vive? Algunos libros
que descansan llenos de polvo, en almacenes inmensos.
Cientos de ciudades respirando al unísono, ignorando
las señales que claman desde cielo y el infierno.
Con el final de las religiones se perdió la pasión por el instinto.
Solamente hay una civilización: el hombre.
La mujer será siempre un misterio.
Y en convivencia ilícita con la suciedad industrial
cada vez somos más y sentimos menos.
Pero el amor quiere abrirse camino.
Sólo por eso miro al mundo, y sonrío.
Porque la repetición es un alivio.
Todo responde a una misma intensidad inicial:
la luz de la que todo mana
y a la que todo vuelve.
¿Soy yo esa luz?
Lo he sido
cuando he vivido plenamente,
o lo que es lo mismo,
cuando he sido dueño de mi felicidad y de mi tristeza.
Vivir es darse,
existir es olvidar que la entrega
es la única verdad.
Yo, os doy lo que tengo.
No es mucho.
Pero es cierto.
Tomadlo o no, eso es asunto vuestro.
Yo seguiré caminando
mientras me quede aliento.




FIN
DE LA
HISTORIA DE LA LEJANÍA



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