jueves, 21 de marzo de 2013

El Silencio, 9.



9


El Siempre Cambiante,
así me he de llamar.
El que ríe, y llora, y corre, y en silencio,
suspendido como lamento que divaga,
alienta rosas entre labios por besar un sueño que no llega.
Noches lentas como caracoles en manada,
cuerpos rotos como anillos nupciales,
amor, callando, cierro
las puertas del abismo que carnívoro me aguarda.
Hundido estoy, vacío, destrozado,
y sin embargo tan lleno de felicidad, y vida
que quiero morir para renacer en la orilla
de aquel mar revuelto que trae consigo olas de fuego.
Quiéreme, hiéreme, bésame el costado.
Dime que todos mis destinos van a parar siempre en este río,
en este amar que fluye desde extremos
y acude a mi alma en forma de palabras, henchidas de sentido
pero rotas, como mi alma, como el cielo,
como ese mar que arde sin espuma.






2 comentarios:

Fina Tizón dijo...

...pero a pesar del dolor de estos versos, el "SIEMPRE CAMBIANTE", vive en un inagotable océano de esperanza.

Hola David, hacia ya un tiempo que no te visitaba, pero sigo al tanto de tus entradas y leyendo tus buenos trabajos.

Un cordial saludo

Fina

David Martínez Romero dijo...


Hola, Fina, gracias por tu comentario, es un placer recibirte siempre por aquí.

Un saludo,

David

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