viernes, 12 de abril de 2013

El Silencio, 11.



11


Cuando pienso que, en verdad, he amado
pero mi amor no ha fluido diestramente,
me pregunto también si aquel juramento de soledad,
aquella promesa de distancia permanente
que hice en tiempo de aflicción y pérdida,
no fue sino una huida hacia delante,
un precipitarme hacia la nada sin abismo,
torpe huir del dolor, y de la pena.
Pena – dolor, hastío –,
que no desaparece en la huida,
que sigue viviendo, aquí, conmigo,
en el silencio
en esta estación de invierno que no cesa.
Amé, he amado, sigo amando
en la soledad infinita
donde mi reflejo habla como un eco
y me dice:

 “No te rindas.
Tú no has escogido la soledad. Eres soledad,
como eres tiempo
- tempo che finisce -
y nieve, y viento frío.
Aprende a ser ninguno
y como nadie, olvida.”

Así habla mi reflejo,
lento eco de mi silencio a solas,
ronco viento
de mi vivir a medias.






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