miércoles, 12 de junio de 2013

El Silencio, 18.



18


Qué tiempo, mar o piedra desbocada,
en la noche eterna cuando arrecia un leve azul,
una cierta paz salina;
qué largo lamento de música imprevista
como espada tendida en lo más bajo del firmamento,
en el horizonte de guitarras masculinas,
en la caída verja de aquel cementerio de ideas;
qué hombre, mujer o pájaro
no ha volado ya tan rápido
como para ver su propio destino pasar, y lejos.
Quién, sino la nieve, en verano,
con sucias abejas royendo en torno,
podría elevar voz y palabras
a la categoría de himno celestial,
angelical parnaso,
singular muerte del silencio en busca de un sentido,
de un poema,
de una biografía contada en hojas de otoño,
en hojas de lata.
Quién,
sino mi espíritu.





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