jueves, 4 de julio de 2013

El Silencio, 20.



20


Ayer aprendí algo importante.
Como cada día, me levanté de la cama
con el pulso concentrado
en aquellos asuntos que requerían mi atención inmediata.
Desayuné, acariciado por el sol,
como cada día
cuando el sol brilla.
Me duché, me vestí, cogí el coche
y fui a trabajar.
No ocurrió nada excepcional.
Comí con mis compañeros
y después volví a mi casa.
Dormité largo rato en el sofá
mientras veía películas.
Fui al gimnasio,
corrí de vuelta a casa,
cené
y regresé a la cama.
Y al levantarme, como cada día, esta mañana
descubrí que había aprendido algo importante:
había aprendido a valorar la normalidad,
a apreciar la relevancia de lo cotidiano.
He disfrutado de un largo día en paz.
Ahora sólo me queda aprender
también
a descansar.
Si consigo esto
seré capaz de lograr mi objetivo primordial:
hacer de mí el hombre más extraordinario que haya existido jamás.





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