jueves, 12 de septiembre de 2013

Transitaria, 2.



El grupúsculo de los íncubos




Para no retrasar innecesariamente durante más tiempo el desastre que se aproxima, vamos a decir de una vez por todas cuál es el sentido de la vida. VIVIR. Gracias. Después de este despliegue de sabiduría, creo conveniente aclarar que la idea no es mía. Hay alguien que la confirma. Es la naturaleza, me temo. Por cierto, ¿alguien sabe por qué entre sus notas se encuentra escrito que ha olvidado el paraguas? Para recordarlo. No empecemos a encontrar paralelismos inexistentes con el encuentro fortuito de. Surrealismo. Hugo es surrealista cuando no es tonto. Bravo. Gracias. Lo importante es el motto, mi querido aspirante a filósofo. Porque escritor, lo que es ser escritor, eso ya no lo quiere ser nadie – o peor aún, demasiados, que es lo mismo que ninguno. Seamos, pues, filósofos. Basta con tener una sola y gran idea que todo lo informa y que, cuando acontece, socava los cimientos de la sociedad presente preparando el advenimiento de una sociedad futura. Gracias. Es el don del buen recitar. Y como ésa es la verdad, pues procedamos. Nuestro destino es hacer reír. ¿Te parece poco, argonauta mío? Pues ni más, ni menos. Que ni tú, ni yo, ni esta cueva, merecemos estar aquí si no tenemos la decencia de reír un poco. ¿Cómo un poco? Hay que reír mucho, así, a carcajadas, sin vergüenza, sin tapujos, que la vida es corta y demasiadas son las casualidades que hoy nos hacen estar aquí, mañana allí, y pasado… ¡azúcar!
         Pero entonces, qué es un poema. No, dímelo tú. ¿No sabes? Yo tampoco he creído saber nunca a veces lo que es la poesía, pero una y otra vez, a pesar de que, agotado su tesoro, de asuntos falta enmudeció la lira, he descubierto que la poesía… ¡es libertad! Lo juro. Lo prometo. Doy mi palabra de honor. Libertad para vagar por este mundo de hombres, por esta tierra de animales, donde, dicha sea la verdad, poco residuo auténtico queda de haber existido eso que llaman libertad, y ni tú, ni yo, ni esta cueva, podemos dejar de reconocer que ahora, precisamente ahora, tenemos la oportunidad si no de definir la libertad, sí de definirnos a nosotros mismos, que igual de complicado es, aunque infinitamente más reconfortante. Está claro. Nuestro amor está aquí para quedarse. Lo dice la canción, y también lo digo yo. Pero silencio. ¿Qué es eso? ¿Quiénes son ésos? Ese grupo de ahí, que se calle. Cuántas veces, siendo yo un crío, viendo y escuchando cantar a mi padre, no me incendié ante la intromisión de vulgares espectadores que se dedicaban a hacer ruido, haciendo caso omiso al espectáculo y molestando al personal. Pues bien – y por cierto, he aquí lo curioso –, yo soy ese espectador que hace caso omiso y molesta. Pero – atención, críticos, enigma – ¿a quién, exactamente, está molestando el autor? (El autor soy yo. Gracias) Provisionalmente, declaramos inaugurado este festival de incongruencias. ¿Tales? Pascuales. Ríe, ríe, argonauta mío, que de lo contrario más te vale ir a ver la televisión.
       ¿Y no es la televisión precisamente como un espectador que molesta? Explicación: la televisión interrumpe la relación del ser con el ente. Gracias. Pienso, luego insisto: en esta comedia que entre todos representamos, ¿quién molesta? ¿Quiénes forman parte de ese grupúsculo de íncubos – diablillos – que siempre interrumpen? Nosotros o ellos. Tú o yo. O sí o no. Pero la verdad, y pues ésta se abre ante nosotros como una jugosa y dulce papaya, debemos de reconocerla: es que aquí hay alguien que molesta. ¿Qué hacemos? Reír, hijos míos, reír. Pues el reír, endurece. Gracias. Yo siempre hago muchas gracias, de nada.






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