miércoles, 2 de octubre de 2013

El Silencio, 27.



27

Prolegómenos para una teoría del silencio



Largamente callada la voz
que siendo mía,
girase también rompiendo hacia la rabia,
fuente del desprecio, corazón de la tormenta,
símbolos que no son mis animales,
emerge ahora, apenas, como espada sin filo y sin certeza,
y aunque otra voz, es de nuevo la mía,
renegando de mí mismo y de mi circunstancia.
Recuerdo con amor, con pensamientos afilados como plumas,
aquel viejo anhelo de invocar con mi palabra a la belleza.
Con el tiempo y el contacto de la alteridad siniestra,
se apagó el deseo,
dejando lugar solamente a la postura.
Nada se emulaba ya, sino un ansia oculta, amenazante
de venganza.
Y este resentimiento
¿de dónde nace?
¿Qué raras liras extiende
que con sus cuerdas de seda
reduce a ceniza incluso al más compacto de los diamantes?
Esta maldad
¿hacia dónde avanza?
Quizá odiar no sea estrictamente necesario,
en el amor como en la tierra,
pero contra al ejército de la mediocridad
¿qué otra reacción cabe sino el odio?
Pero mi corazón me obliga a no odiar a estos soldados de lo inepto:
el odio, me dice, es algo demasiado precioso;
ellos mismos, los acabados, no saben odiar,
creen que lo hacen, pero sólo envidian.
Y cuando envidian, se corroen, se reproducen e infectan el mundo
donde finalmente se sepultan.
Ya de niño sabía
(me estoy refiriendo a hace unas semanas)
que son malos tiempos para la poesía.
Los nuestros, son  los tiempos de la medianía, del gran número:
gobiernan los muchos con su mano férrea, reduciendo
inmediatamente todo al mínimo común denominador,
limando cualquier arista,
todo tipo de arista,
borrando el concepto mismo de arista,
eludiendo hábilmente el sagrado principio del matiz,
y quizá muy pronto, antes de lo que piensas,
prohibiendo por decreto la elegancia.
Te ruego disculpes mi dureza,
tú que me amas sin comprenderme,
o mejor aún,
 tú que me comprendes pero no me amas.
A ti me dirijo por primera vez, y quizá última.
A ti me encomiendo en esta ocasión tan ruda.
Necesito que entiendas por qué vengo tan largamente callando:
porque elevar mi voz en este marasmo de alaridos
sería poco menos que un suicidio,
y acaso ni siquiera sea posible, en absoluto.
En esta situación de vulgaridad masiva
el único ejercicio digno es dar la callada por respuesta.
Ya no hay plebe, porque tampoco hay aristocracia.
Sólo queda una muchedumbre enardecida
de la que, no te equivoques – tampoco desesperes –,
surgirá algún día la más inesperada grandeza.
Entretanto, ven, calla conmigo.
Y sueña.






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