miércoles, 23 de octubre de 2013

El Silencio, 29.



29

Primer monólogo del funambulista



            “¿Qué puede haber más arriesgado
que callar?”, me pregunté
y salté al abismo,
y así el silencio se hizo música,
primero lejana, de luz dormida,
y más tarde cercana, titilante, matutina.
¿Qué objeto tendría
detenerme a explicar por qué,
en absoluto, el silencio?
¿Qué necesidad hay, en verdad,
de expresarlo?
Y qué es el artista, más allá de esa necesidad,
pugnando por desplegarse ante la cósmica audiencia:
las silenciosas estrellas.
Qué puede haber más insolente
que enfrentarse a una audiencia con la espada del silencio.
Y sin embargo
ésta es mi postura.
Así ocurre que, buscando un poso de verdad aún pura,
no hallo sino posturas
que son imposturas: insolencias.
Me convierto en un maestro arrogante y decadente
y sólo así supero al fin todas las arrogancias y decadencias.
El silencio es aún más puro que el diamante, y por suerte
este silencio no es eterno.
Aprendí (aún aprendo,
quizá estaré aprendiendo siempre)
a hablar conmigo mismo.
A respetarme, a cuidarme, a quererme.
Me digo las palabras más hermosas que nunca he dicho,
palabras que, por pudor, dejo luego caer lentamente en el olvido.
Traeré más bien esperanza, plenitud, felicidad,
todas ellas cosas pequeñas que hallé tendidas,
por el camino.
Haré discursos, breves, extraños,
y me regalaré el oído con mis propias palabras,
palabras que brotan de mí pero que no son sólo mías,
y las dejaré grabadas en papel
permitiendo así que el azar, o más bien la inteligencia
las hagan llegar
a quienes verdaderamente pertenecen.






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