martes, 1 de octubre de 2013

Transitaria, 4.




Ética a… ¿pero qué dices, estás loco?


Pero el amor no es un regalo; es un premio, un trofeo, una conquista, una guerra aún más cruenta que todas las otras guerras, y a la vez un dardo, un destino, una raqueta, no es nunca un imperativo, aunque impera cuando acontece, y de sus leves manos corren ríos de tinta de poetas que quieren ser hados blancos, y dientes, y pianos, y azorados crean una suerte de cosmogonía intransitable por la que sin embargo transitan algunos hombres, los que son hombres porque en su seno transita la palabra. Todo está en Aristóteles. Nuestro niño está ya en los griegos, ellos fueron niños eternos, tan inocentes como sólo pueden serlo los grandes malvados, bien y mal, ¿qué significan esos galimatías conceptuales para un niño? Yo soy un niño, lo saben las mujeres que me aman… Yo, sobre todo, quiero transmitir el sentimiento de ser el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra. Me siento tan dichoso, que a veces me creo capaz de repartir mi dicha por el mundo y hacer que crezcan palomas. ¿Sería la primera vez? ¿Acaso nunca antes brotaron desde un mar de felicidad un millar de aves? Tengo sueño, pero la literatura me incita, como a ti, lector, que teniendo sueño vienes aquí a dejarte incitar por mi literatura. Haz lo que debas. Mas no debas nunca sino lo que deseas. ¿Ética? No, ya es tarde. Llegó el tiempo de los criterios de actuación, de los convenios sociales, de las constituciones democráticas. Llegó el tiempo del tú eres tú, yo soy yo, el problema es quiénes somos nosotros. Pero una vez más, la clave está en la antigua Grecia. Lo que queramos ser dependerá de nuestras palabras. Hablemos, pues. Hablemos de ti, y de mí, y de esta cueva, y tratemos de decirnos únicamente la verdad. ¿Y qué es la verdad? Una palabra. Escucha, amigo mío, sin temor, que ni enemigo navío, ni tormenta ni bonanza, tu ritmo a torcer alcanza, ni a sujetar tu valor. Una sola cosa es necesaria. La palabra.






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