viernes, 11 de octubre de 2013

Transitaria, 5.




Diez minutos de soledad



Diez minutos apenas, pero cuánto tiempo, sin embargo. El concepto de lo diegético, esta noche en presentado por. Y lo intrínseco. Una sola cosa es necesaria. Lo intrínseco es la palabra. Navega, argonauta, amigo mío, hermano odiseico, eneico, hercúleo, tú, bogavante de la plaza que yermo se dirige hacia el estrado, confiesa, reconoce, susurra, establece, sentencia, elucubra, traiciona, repite, miente, inventa, arroja, escupe, estupra, arrolla, devén, argumenta, discute, arguye, propón, dispón, dispara, salta, tuerce, camina, detente, y así parado en pie dime, por qué, por qué, por qué has venido al mundo si no es para estar solo, completamente solo, inhumanamente solo, solitariamente desvalido. Quiero beber. Y fumar. Tengo miedo, sí, pero no se trata de un sentimiento nuevo. He tenido miedo muchas veces. Son tiempos difíciles para la poesía. Hoy la prosa lo inunda todo, la prosa prosaica, explicativa, aclarativa, condescendiente, virtualmente comunicativa, indudablemente somnolienta. Pero silencio. Una sola cosa es necesaria, y ni tú, ni yo, ni esta cueva inmunda, vamos a retroceder un solo paso en esta guerra. Pues es la guerra, y en tanto en cuanto ésa es la verdad, más nos vale interceder reconociéndolo. Ineluctable modalidad de lo visible. Compleja situación de lo existente. Un filósofo no cedería. Intercediendo, daría paso al segundo nivel del curso y recurso que óptimamente se deslavaba. Y entre palabras, el silencio. No me canso de silenciar que el amor todo lo puede. O anula. O escolla. Que entre solitarias rosas nació así un cierto día la hierbabuena. Pero dime, poeta, háblame, dime quiénes son todas estas extrañas personas, dime qué hago yo aquí, ni en el cielo ni en la tierra, dime exactamente quiénes son todas esas gentes vagas, nubladas, esfumadas, dime quién soy yo, quién eres tú, y por qué una y otra vez regresamos a la misma cueva. Esto es un poema. Este escritor es un poeta. Esta voz es una prueba. Sigue, continúa, avanza, no te dejes atenazar por el miedo, el miedo es una morsa, el mar es una piedra, y todos los hombres juntos no alcanzan a vislumbrar el por qué de esta insondable insistencia en seguir vivos. Pero silencio. La muerte no es necesaria. Escucha mi voz. Escucha mi espada.






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