jueves, 24 de octubre de 2013

Transitaria, 7.



El escritor



Lo que yo ignoro, mi querido argonauta, es el carácter inteligible de la obligación. En periodos de avituallamiento no desdeño opciones adecuadas al proceso, y aun incluso en ese caso desespero con facilidad de las imposiciones socio morales que devienen en cascada cuando el sueño de la libertad acontece. Porque acontece, hermano, ésa es la verdad. ¿Qué esperabas? ¿Una elegante y sempiterna huida al ideal del que todos provenimos sin saberlo, por la simple e imposible razón de que la razón crea monstruos que no puede luego soslayar? No, no, hijo mío, no, no y no. En caso de huir, yo sé bien dónde se encuentra la salida de incendios, yo sé bien cómo provocar ese incendio que todos esperan como the big one aunque todos lo niegan. Yo no siempre soy un ciego de conveniencia. Antes bien, pues que sé perfectamente lo que he de ver, cierro mis ojos a menudo ignorando que ciertas obligaciones son indemostrables y últimamente intransigentes, a nivel cultural o no, en el nombre de Dios o de la Virgen, en la imagen de un santo desbocado que introduce su canoa en el vientre de la madre espada, o un farolillo rojo que indica señala simboliza icónicamente la llegada a un puticlub. Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, otro gallo cantaría. Y de otra forma. Yo soy un poeta. Lo demuestra este libro que tienes entre tus manos – deja que me sorprenda de que hayas llegado hasta aquí, y para celebrarlo, ciérralo, haz con él lo que te convenga, déjalo en su estante, en su instante, y pregúntate si has vivido, si de verdad, de verdad has vivido, y si tal vez te hubiera gustado, más bien, en realidad, aquí y allá… – que es un poema, un inmenso poema, un poema como de basto cimentar verdades que de otra forma, créeme, jamás habrían sido dichas, pues aquí las cosas son dichas, se recitan en voz alta y se encomiendan al altar, a lo alto, a lo muy arriba, a lo más allá del entendimiento de las mujeres gordas que comen panqueques tal y como quedó reflejado en las sagradas escrituras y en la famosa por todos conocida parábola de San Jorge y el gatito. ¿Ah, cómo, no es hora de cenar? Dios bendiga América. Son fuertes, los cimientos. Como los poemas. Malos son estos tiempos que corren para la inteligencia. Y peores para el pensar. Miedo, miedo es la palabra que todo lo impregna, y su madre es la ignorancia. Parecemos obligados a tener miedo. Pero yo ignoro… Explicación: la vida merece ser vivida. El amor merece ser amado. La lucha merece ser luchada. Y el pensamiento merece ser pensado. Gracias. Acepto cuantos honores me sean brindados póstumamente. Y reclamo – declamo – nuevos niveles de conveniencia. De aquí en adelante, me sonrojo. Me caliento. Me despedazo.
Almíbar. Herencia árabe, mozárabe, musulmana. Alá sea loado. Una sola cosa es necesaria. Unidad en ella, y en ese rubí duro. Proclamas. Pancartas. Decisiones estrábicas. El hambre en el mundo, la paz en las almas. Y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado, mi voz errará, nostáljica. Pero silencio. Anochece en la ciudad. Todos callan. Tú mismo has cambiado de destino, como quien salta hacia un mar de flujos y reflujos consentidos. 






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