miércoles, 30 de octubre de 2013

Transitaria, 8.



Retrato psicológico de Oriana
 con los ojos bien cerrados



Yace en la cama, pidiendo música, con los ojos bien cerrados, y ni tú, ni yo, ni esta cueva, habríamos llegado hasta aquí si no fuera por ella. Ésa es la verdad. Y la miro, y me pregunta de quién es la canción que suena, y yo me pregunto cómo es posible, a quién le recuerda, de dónde viene esa música que es a veces como la lluvia, y a veces como la marihuana, pero nadie, ni siquiera ella misma, tendrá jamás la oportunidad de redimirse en justa o torneo como cristal de viento, como hierro de paja, como herradura de alpaca, como armadura de papel de nácar. Y canta, y fuma, y siente una luna que va, y siente una luna que viene, y arriba a puertos inconscientes decorados con escarcha, con almíbar, con tréboles de cuatro almas. Ella es mujer, es amada, es pequeña, pero no tiene miedo de la bruma, aunque la bruma llega, pero sin miedo, y llega como un manto de niebla que se esparce, que se abruma, que se repite en la intersección de las aristas. Ella quiere que pinte cuadros con mis libros, y yo le digo que no tengo suficientes melodías para ese erguir ese edificio. ¿Para cuál? Para el cuadro de las drogas livianas, de los líquidos lisérgicos, de los ácidos neurálgicos, de las palabras mal dichas, importunas, arrojadas al piso como tomates, como sandalias, mientras desde la cama, yaciendo, pide música con los ojos bien cerrados, con pestañas como escarcha, con cigarrillos de hierbaloca, tuercesanta, sacroarbórica, inmunoautosuficiente. Y en la inutilidad de las veinte treinta (20:30 h.), se esconde tras la almohada, fértil, sembrada, murmullo de cabellos arios dedicados al tormento semanal de la ensenada. Y la música. Y Oriana, y el tremendo impacto de un beso en su mejilla, y el sabor rosado de unos labios de salmón mentolado, y un padrino siciliano que se trastabilla, onda de guitarra, piedra de toque, hervor de mediodía. Y así, beso a beso, camina, sondea, abarca y se mece, Oriana la bella, la mujer que duerme, con sus ojos cerrados, con sus labios abiertos, y con sus manos cerradas. Y con la música.





ShareThis