jueves, 28 de febrero de 2013

El Silencio, 6.



6


Quisiera huir de mi saber, correr hacia donde
nada sé, ni entiendo, donde sólo siento
y mi sentir es vaga conciencia de animal
que indiferente a su mismidad, reclama.
Quisiera morir y renacer en este cuerpo,
con las manos arrancarme el centro
y caer en abismos a perpetuidad,
siempre caer hacia donde está oscuro
y nada importa ya nada.
Al silencio.
Caer al magma.
Al infinito inmenso.
Caer en la soledad del salvaje duro y apátrida,
regresar a la selva, al desierto, al mar,
a cualquier lugar donde facilidad
no sea sinónimo de existencia.
No quiero este arte, esta cultura, esta verdad.
No quiero fingir más.
Quisiera amar sin culpa, sin miedo, sin reparo.
Ser cuerpo
y como cuerpo, tierra.

Porque la sal de tu boca es muerte.
Porque en tus labios, la muerte es rosa.
Porque nacido del silencio te hablo.
Porque viviendo en la ignorancia me establezco.

Pero de poco sirve ya soñar.
Mi saber soy, y si algo hay cierto
es que jamás podré huir de mí mismo.
Seré animal y hombre,
absoluto azar, y verdad, y mentira, y dual conciencia
de un ser y no ser al mismo tiempo.
En el silencio, en el magma,
donde es profundo desde el centro
este sentir horror y noche esquiva.
Seguiré fingiendo.
Adoptaré formas.
Alma seré,
y como alma, cielo.





domingo, 24 de febrero de 2013

Story of remoteness, 1. First Part.




First Part

 Coming home



René Magritte, Personal values

* * *

The lied city




Returning, coming back home, a budding scythe in my hands,
blindly walking along the shore without sand nor sea,
at the sharp edge of the abyss, in the creeping nocturnity,
and without love, without a peculiar weariness,
returning to the place from which everything proceeded. 
Dreaming of the full moon that completes itself,
the last song from a bird silenced for too long,
too much fear,
too many vocals dying in the nothingness with one whisper.
One man, a thousand roads.
And not thinking, disengaged from every reference to magma,
to produce a rising instinct in order to appease the shadows.
Too many men, too many roads,
there are just too many tiring days
relegated backwards in a stunning turn,
the horizons broken without conviction, without soul,
the cities broken through with my own shoulder and demolished
until lying lifeless over the sweet earth.

City is hell, as it is the moribund dream of the traveller
that comes back, falls upon, disgraces himself,
the empty conversations at a coffee bar covered with ashes,
the defoliated cigarettes like brief butterflies
that slowly putrefy and smell from the core.
The limpid form of what could ever be,
of what could have ever been
but now is just the symbol of reminiscence and therefore
it is also the symbol of loss.

Returning to the city where I was born,
after so many lies thrown into the depth like plummets,
it is another way of failing among the graves,
of snowing frozen tears that wind will never take away with itself.
But it is not about being afraid of misery, not even an aesthetic urge
to draw universes that stand on their own.
It is not about loosing, not about bemoaning,
not even about this useless scythe that is hanging on my arm, hidden,
it is rather about forgetting, perhaps dying in advance,
crossing from the world to the classic Hades, yet ruined the rashness of the hero.
Hopefully it would be the music,
hopefully a vibrant lighthouse with its shining touch
would contribute to the chorus.
But Madrid does not have mercy for God nor men:
the buildings burning from the inside, and
in their combustion
they take away the innocence, the love, the virginity of pure souls.
The love. What a deep grieving for love, meaningless.
No, life
is not a babble of peace getting closer.
It is war that was, that occurred,; an unexpected flood that in one stroke
gave cause, effect and enthusiastic ending of itself.
No, life is not silence:
it is rather the yell that men classically broadcast in hell.

And I do not fear oblivion, or life, or return,
I do fear only the melancholia that fills me in darkness,
the dark, blackest sorrow coated on my inside walls with -









jueves, 21 de febrero de 2013

El Silencio, 5.



5


Vino todavía desnuda, y con sus manos heladas
acarició mi piel quemada, sanándola,
dejando en cada poro un murmullo de amor,
una voz delgada,
un suspiro de mujer que vino
a mí un día cuando la amaba, y por pasión
llegó para curarme del mal de la esperanza.
Libre soy, ya no espero nada.
Como voz de mujer que llega para quedarse,
mi felicidad invade, amando
direcciones ineficientes,
impresiones de viento blanco,
música que escapa.
Ella vino, y ya no está, y yo
que nunca estuve
regresé para esperarla.
Me curó…
Ya no sé si antes, o después.
Ahora ya no está.
Y yo no espero nada.





jueves, 14 de febrero de 2013

El Silencio, 4.



4


Sabe que tiene alma,
lo sabe
y por eso tiembla.
Porque tiene alma llora
y pregunta.
Con ardiente inocencia
hace una única pregunta
aunque ya conoce la respuesta.
Y se marcha
sin decir nada,
sin esperar a nadie.
Bien sabe que allá donde va
poco importan las respuestas
y las preguntas.
Pero llora, y tiembla
porque tiene alma.
Y por eso hace preguntas 
sin respuesta.





jueves, 7 de febrero de 2013

El Silencio, 3.



3


Ella duerme, con las manos en alto,
y dulcemente sueña con niños que ríen,
ella misma una niña
compone la tristeza roma
de unos ojos azules que brillan como lápices.
Belleza de mujer, suavidad en los dedos que se agitan
buscando en duermevela una palabra,
un delfín, una esperanza, quieto mar de sonrisas
de madre, de mujer, de niño que corre y, sonriendo, grita.
Niña ella misma un día,
siempre antes mujer, siempre después
melodía,
la naturaleza se muestra feliz
en los movimientos que se integran en el viento,
en la historia de mi vida,
en la vida sin historia de todas las cosas diminutas.
Frágil, porque no se puede romper,
su sexo es delicadeza,
y suavidad de mármol caliente
como leche fresca en la hora de la sed.
Amor puro que corre, y nunca cesa.
Niña ella misma, mujer,
siempre antes dormida, siempre después
mediodía.





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