miércoles, 24 de julio de 2013

El Silencio. Epílogo al poema 21.



Epílogo al poema 21


Pero la perdición del hombre es el olvido.
Todo es noche cerrada.
Falta la luz, falta la música, falta el amor
capaz de abarcarlo todo con la mirada.
Es la hora de emprender la búsqueda,
de armonizar,
pues nada soy sin mis hermanos.
Sea, pues, todo,
juntos, siempre, hacia la alborada.




lunes, 15 de julio de 2013

El Silencio, 21.



21


Busca la melodía, hermano.
Sin música
la utilidad no sirve para nada.
¿Eres rebaño?
Bien, que así sea:
sélo, pues.
Obedece, trabaja, déjate guiar,
protege a los tuyos
y permite que también los tuyos te protejan,
recibe y da calor, y buena obras,
y disfruta mientras puedes
de la tranquilidad y el sosiego que son propios del rebaño.
¿Eres lobo?
Bien, que así sea:
sélo, pues.
Pelea, ruge, no te dejes domeñar,
fluye en tu instinto de depredación y soledad,
abandona toda esperanza,
olvida la paz y el descanso,
pero nunca cejes de maravillarte en tu belleza,
celebra tu belleza, toda belleza,
tú, fiera salvaje,
la más hermosa joya que jamás ha producido la Creación.
¿Eres pastor?
Bien, que así sea:
sélo, pues.
Pero recuerda que ya no basta guiar, organizar, coordinar,
que mandar, por sí, ya no es suficiente:
es necesario ofrecer un sentido,
dar una dirección.
Esa dirección es el futuro.
Pues aún no es cosa demostrada
que la humanidad ansíe precisamente eso
- futuro.
Antes, hay que aprender de nuevo a desear.
Todo pastor tiene hoy la obligación de hacer más, de querer más,
de ser más.
Un pastor que sólo guía es en realidad parte del rebaño.
Un pastor que trae futuro es rebaño, y lobo, y tiempo.
El pastor es el ejemplo.
El artista cuya materia es mundo,
mejor aún: él mismo.
Y su forma es el destino.
El resto es vanidad, y mercado, y siglo.
Haz más, quiere más, sé más.
Haz de ti mismo el objeto de tu voluntad artística.
Sé tu propia obra.
Sé tu propio legado.
Sé tu creación más plena e imperecedera.
Llega a ser el que eres.
- ¿O acaso ya no os asombráis?





jueves, 4 de julio de 2013

El Silencio, 20.



20


Ayer aprendí algo importante.
Como cada día, me levanté de la cama
con el pulso concentrado
en aquellos asuntos que requerían mi atención inmediata.
Desayuné, acariciado por el sol,
como cada día
cuando el sol brilla.
Me duché, me vestí, cogí el coche
y fui a trabajar.
No ocurrió nada excepcional.
Comí con mis compañeros
y después volví a mi casa.
Dormité largo rato en el sofá
mientras veía películas.
Fui al gimnasio,
corrí de vuelta a casa,
cené
y regresé a la cama.
Y al levantarme, como cada día, esta mañana
descubrí que había aprendido algo importante:
había aprendido a valorar la normalidad,
a apreciar la relevancia de lo cotidiano.
He disfrutado de un largo día en paz.
Ahora sólo me queda aprender
también
a descansar.
Si consigo esto
seré capaz de lograr mi objetivo primordial:
hacer de mí el hombre más extraordinario que haya existido jamás.





ShareThis