jueves, 26 de septiembre de 2013

El Silencio, 26.




26


Yo he sido tus manos,
y tu amor,
y tu invierno.
Yo he sido mar para tus labios,
camino recto para tu soñar despacio,
alma que reposa sobre tu tristeza,
cuerpo que atraviesan tus dedos como suspiros de hierro.
Yo he sido tu pasado,
forma de tu pensamiento y fondo de tu noche.
He sido fuego último,
y hogar,
y llanto.
Y así tendrá que nacer, un día,
cuando nadie perturbe el sueño en que floreces,
aquel hondo saber que garantiza el cielo,
que vibra en tu piel como paciente sonido.

Yo he sido tu silencio.






viernes, 20 de septiembre de 2013

Transitaria, 3.




Sublimes



Y no me canso, no, no me canso de repetir que el amor todo lo puede. O el alcohol. Quiero decir: que nadie tenga miedo de que yo esté hablando por hablar. Nunca fui un estricto partidario de l’art pour l’art. Sí me gusta, sin embargo, dormir. Y no soy precisamente un necio sabio con cien verdades, aunque entiendo bien de dormir. Soy más bien un sabio sin verdades que demasiado joven, siempre demasiado viejo, vaga de hotel en hotel, de isla en isla, de poliedro geográfico en poliedro geográfico, sospechando que nada es lo que parece, que ni tú, ni yo, ni esta prueba inefable, somos compañeros eternos aunque por cierto bien considerados. ¿No es verdad? Dime: ¿no es verdad? ¿No es tiempo ya de decir la verdad y de reconocer que no tenemos la menor idea de por qué estamos aquí – acaso para amar, odiar, y estar en general – y lanzarnos a la piscina, así, con ropa y todo, borrachos como estamos de vida, ebrios de tanta historia que llevamos a nuestras espaldas y ya comienza a resbalarse como si no se tratase de nada más que de un prólogo, de un comienzo? Y si la vida hubiera sido una novela… no cabe duda de que no podría haber tenido peor comienzo. Por eso estamos aquí, para remediarlo, para cambiar el mundo, para beber ron, para decir la verdad, para disparar con flechas, para escupir salivazos, para hacer el amor, para hacer la guerra, para decir sí, para decir no, para decir a veces, gracias, con perdón. Me voy a fumar un cigarrillo, el último – el penúltimo – de la noche, y voy a hacer un alto para contarte a ti, argonauta mío, quién es tu Jasón. Yo soy un hombre joven, de veintisiete años, que escribe estas líneas encorvado sobre la silla de una habitación de hotel. Corre el año dos mil cuatro, aunque parezca mentira. No hace frío, ni hace calor. Estoy solo. No he consumido drogas, ni he comido demasiada pizza. Simplemente he decidido que tenía mucho que contar, y me he sentado a escribirlo. Ojalá estuvieras aquí para contarte todo esto en vivo y en directo. Lamentablemente, deberás recibir la información en diferido, y probablemente después de muerto – lo que significa que seguiré siendo leído dentro de muchos, muchos años. ¿Por qué digo todo esto? Porque tengo la creencia indomable de que hay que ser sublime sin interrupción, excepto cuando no me apetece.







martes, 17 de septiembre de 2013

El Silencio, 25.



25


Como se rasga un papel.
Así me separo yo el alma de la piel.
Así la voz divido entre rosas y penumbras.
Así el tiempo remato con los ojos inyectados en nieve
y las manos enterradas en el aire.
Porque niebla y tumulto son raíz de mi estancia
lentamente, huyo hacia la nada.

Aquí, con nadie,
existo.
Y juro que no volveré nunca.
Y después vuelvo.





jueves, 12 de septiembre de 2013

Transitaria, 2.



El grupúsculo de los íncubos




Para no retrasar innecesariamente durante más tiempo el desastre que se aproxima, vamos a decir de una vez por todas cuál es el sentido de la vida. VIVIR. Gracias. Después de este despliegue de sabiduría, creo conveniente aclarar que la idea no es mía. Hay alguien que la confirma. Es la naturaleza, me temo. Por cierto, ¿alguien sabe por qué entre sus notas se encuentra escrito que ha olvidado el paraguas? Para recordarlo. No empecemos a encontrar paralelismos inexistentes con el encuentro fortuito de. Surrealismo. Hugo es surrealista cuando no es tonto. Bravo. Gracias. Lo importante es el motto, mi querido aspirante a filósofo. Porque escritor, lo que es ser escritor, eso ya no lo quiere ser nadie – o peor aún, demasiados, que es lo mismo que ninguno. Seamos, pues, filósofos. Basta con tener una sola y gran idea que todo lo informa y que, cuando acontece, socava los cimientos de la sociedad presente preparando el advenimiento de una sociedad futura. Gracias. Es el don del buen recitar. Y como ésa es la verdad, pues procedamos. Nuestro destino es hacer reír. ¿Te parece poco, argonauta mío? Pues ni más, ni menos. Que ni tú, ni yo, ni esta cueva, merecemos estar aquí si no tenemos la decencia de reír un poco. ¿Cómo un poco? Hay que reír mucho, así, a carcajadas, sin vergüenza, sin tapujos, que la vida es corta y demasiadas son las casualidades que hoy nos hacen estar aquí, mañana allí, y pasado… ¡azúcar!
         Pero entonces, qué es un poema. No, dímelo tú. ¿No sabes? Yo tampoco he creído saber nunca a veces lo que es la poesía, pero una y otra vez, a pesar de que, agotado su tesoro, de asuntos falta enmudeció la lira, he descubierto que la poesía… ¡es libertad! Lo juro. Lo prometo. Doy mi palabra de honor. Libertad para vagar por este mundo de hombres, por esta tierra de animales, donde, dicha sea la verdad, poco residuo auténtico queda de haber existido eso que llaman libertad, y ni tú, ni yo, ni esta cueva, podemos dejar de reconocer que ahora, precisamente ahora, tenemos la oportunidad si no de definir la libertad, sí de definirnos a nosotros mismos, que igual de complicado es, aunque infinitamente más reconfortante. Está claro. Nuestro amor está aquí para quedarse. Lo dice la canción, y también lo digo yo. Pero silencio. ¿Qué es eso? ¿Quiénes son ésos? Ese grupo de ahí, que se calle. Cuántas veces, siendo yo un crío, viendo y escuchando cantar a mi padre, no me incendié ante la intromisión de vulgares espectadores que se dedicaban a hacer ruido, haciendo caso omiso al espectáculo y molestando al personal. Pues bien – y por cierto, he aquí lo curioso –, yo soy ese espectador que hace caso omiso y molesta. Pero – atención, críticos, enigma – ¿a quién, exactamente, está molestando el autor? (El autor soy yo. Gracias) Provisionalmente, declaramos inaugurado este festival de incongruencias. ¿Tales? Pascuales. Ríe, ríe, argonauta mío, que de lo contrario más te vale ir a ver la televisión.
       ¿Y no es la televisión precisamente como un espectador que molesta? Explicación: la televisión interrumpe la relación del ser con el ente. Gracias. Pienso, luego insisto: en esta comedia que entre todos representamos, ¿quién molesta? ¿Quiénes forman parte de ese grupúsculo de íncubos – diablillos – que siempre interrumpen? Nosotros o ellos. Tú o yo. O sí o no. Pero la verdad, y pues ésta se abre ante nosotros como una jugosa y dulce papaya, debemos de reconocerla: es que aquí hay alguien que molesta. ¿Qué hacemos? Reír, hijos míos, reír. Pues el reír, endurece. Gracias. Yo siempre hago muchas gracias, de nada.






lunes, 9 de septiembre de 2013

El Silencio, 24.




24


El aprendizaje último, inicial,
quizá por ello el más complejo,
consiste en aprender a perdonar.
En ámbitos relativos,
Lo más difícil es siempre
perdonarse uno mismo.
Mas tenemos que aprender
si en efecto aspiramos a la excelencia.
Debemos equilibrar nuestra exigencia propia,
y disculparnos por nuestros errores,
por nuestras mentiras,
por nuestros desatinos.
Ser hombre no puede ser una ciencia exacta.
Extraviarse, equivocarse, dañarse, perecer,
como caer a un lado o huir del centro,
son también fragmento necesario de ese todo
que somos siempre y solamente nosotros.
Yo
me perdono.
Me perdono por no haber llegado aún
a ser el que seré.
Me perdono si no he sabido
transmitir mi verdad en el silencio.
Quizá algún día logre ser digno de mí.
Quizá muy pronto brille perfección en mi verso.
Quizá el futuro, como un suave manto
caiga cumpliendo esta mi redonda ambición.
Entretanto
me disculpo por todos mis fracasos.
Nobleza obliga.
Ansiar totalidad
también incluye asumir cuanto no teníamos previsto.






jueves, 5 de septiembre de 2013

El Silencio, 23.



23


¿Qué es el amor?,
me pregunto
y le pregunto a la noche, tan callada.
¿Es amor el absurdo olvidarse de uno mismo?
Pudiera ser. O quizá no pudiera.
La noche calla
y yo pregunto.
¿Es amor el sordo anhelo de la presencia ajena?
¿Es amor esa inocente desbandada
de los sentidos, de la razón, del alma?
¿Es debilidad ó fortaleza?
¿Es sombra altiva ó luz extraña?
Lo quiero saber, y cuanto más quiero,
más ignoro. Mi destino
es siempre idéntico y el mismo.
Saber y no saber.
Tenue velo de fugaz certeza.
Porque amo no lo sé.
Porque amo,
a solas le pregunto
a la noche, tan callada. 





martes, 3 de septiembre de 2013

Story of remoteness, 6.




The definitive moment



A faint calyx, Poetry
is the receptacle that collects the best of my spirit,
the frugal elixir wherein I fall once and once again
when the night torments me
and I fail to find the bravery to wade into my destiny.
But to live in this cover of clouds, plunging
in the fervent youth of an animal that lives inside,
it is also a sweet love of weaned tenderness,
a childish promise of branches and green leaves
musically succeeding itself in the indelible memory of a romance.

And the greater audacity, a kiss
or the unconscious crushing of a Spring flower.
The enigmatic beauty of a lonely man in the city
claiming the jungle, roaring, scratching,
returning to his primal form,
the old sea of strings and winds and rocks and pink sadness.
The soul, a warm calyx, gathering harmony within its womb,
the unbiased presence of a loving figure
whose body becomes one silhouette with the horizon.
Each day, every second, living peacefully with the beast
deserves to be dignified with an immense symphony
in which all the good things are collected to form the elixir of a sweet life,
of pure love, that does not ponder,
of the eternal bonhomie of the artist who returns to his natural form.
The legend, the insignificant myth that draws and unites everything,
the unfinished thoughts of a lonely passion flooding the city
and flowing to the jungle.
Only beauty feels the true need to give,
To emulate the holy mother when proud
she never proclaims to her children the pain inflicted without apparent cause.

Owls sing,
nocturnal animals like Poetry,
savages hunger for certainties such as the moon,
such as the flesh, the soul and the stone.
A singular promise never described,
In conjunction with a world that is not of shadow
but the lover’s fidelity
that slowly withdraws quiet to face his conviction.
To love symphonically, a calyx of temperance,
to flatter the untainted parity of the last shining pearl,
the last sunsets before the madness,
where men and beasts come to sip at the same pond,
the musical breach
opened between one soul and another, desperate.
Long is the road that leads us to total regress,
to the definitive moment,
but intensely rich, full, fair.
To return to life is always a noble act.
And so the nights, with their silver velum, return.
And with it, the doubts.





domingo, 1 de septiembre de 2013

Transitaria. Parte I.



TRANSITARIA




Max Ernst, La mujer equívoca





PARTE I

EL MITO DE LA GRAN COLOMBIA





Por el camino de Pan



Dicen los hados blancos que la clave del éxito de un libro radica en su frase inicial, y pues yo tengo fundadas dudas de que la clave del éxito de un libro radique en una sola de sus frases, comienzo este mi nuevo experimento vivencial aseverando que, al menos, este libro no aspira a nada más que a sí mismo, desde luego no al éxito, si acaso a la mortificación de su autor envuelto en divagaciones de oscura procedencia e inestable transitar por este mundo de hombres, por esta tierra de animales, por este universo de conceptos y palabras a través del cual, ¿quién sabe?, tal vez únicamente se fragüe una venganza, o un malestar, o un bienestar a medias, o un amor de panadero que intempestivo se levanta para preparar sus alimentos. A veces sé que comenzar un libro por miedo o incapacidad para proseguir con otro ya en proceso pudiera parecer un mal comienzo, pero como en cualquier caso ésa es la verdad, bien está reconocerlo y pasar a otra cosa. Sí, pero ¿a cuál? No hay mayor placer para un enemigo del lenguaje que meditar sobre la naturaleza del texto, y navegar siempre por lo que es intrínseco a la palabra, el sonido, tal vez la música, alguna tarde incluso la lluvia, y entregarse por completo al dominio inconsecuente de la confidencialidad entre uno mismo, el insospechado lector y sus correspondientes destinos. Pero escribir no es hablar, y lo que yo amo es la palabra dicha, hablada, el rumor de labios y viento provocado, el frotar de lenguas que besan su propio paladar, el piano de dientes blancos como los hados blancos que juegan a interponerse, a ceder, a dejar pasar, dejar hacer. Y la cultura. Nada más, y nada menos. El don de recitar. La pasión por la historia que es una extraña literatura que aspira a ser verdad, y como en cualquier caso ésa es la verdad, quizá sea llegado el momento de reconocer que nuestro concepto mismo de la historia se sostiene sobre otra mentira más. Mi historia, por ejemplo. Mi biografía. Durante diez años vengo tratando de escribirla y, al final, descubro que resulta mucho más interesante vivirla. Lo que yo quiero es vivir, y porque me siento vivo cuando escribo, escribo. Escribo y busco las palabras con que potenciar esa vida que escribo pero que, sobre todo, vivo, y es aquí cuando me permito preguntarte a ti, mi preciado lector, si tú has vivido, si tú te has preguntado siquiera lo que significa vivir, y te animo a dejar este libro a un lado y preguntarte si de veras tú has vivido, si eres quien querías ser, si has hecho todo cuanto siempre has soñado y has caminado todos los caminos que sólo son caminos cuando se hacen al andar. No te enojes conmigo, a veces sé que mis preguntas son incómodas, pero en mi excusatio non petitaquod erat demostrandum— me permito alegar, aquí y ahora, que mis preguntas no nacieron con vocación de cómodas, que no son sillas, sino resortes, catapultas, lanzaderas espaciales destinadas a seguir el camino de Pan, no el del pan, sino el de la flauta. Pues cuando suena la flauta, aunque sea por casualidad, algo hay que celebrar. Celebremos tú y yo, amigo mío, que estamos vivos, y de paso celebremos la vida que ya ha habido y la que habrá. ¿Por siempre? ¿Y qué más da? Amigo mío, habrás de reconocer que tus preguntas tampoco son hamacas tendidas al sol de Cuba. ¿Qué esperabas? ¿Qué fuera a sacarme de la manga una magdalena a propósito de la cual aprovechar para contarte mi vida entera? Discúlpame, pero esto no es una novela, ni una autobiografía. De momento, y aunque no lo parezca, es un poema, y como en cualquier caso ésa es la verdad, mejor está decirlo ya. Porque insisto, yo digo las cosas, no las escribo, aunque me vea obligado a escribirlas para llegar a ti, de modo que haz tuyo el don mío de recitar y lee en voz alta, no te altere el hecho de estar en público - ¿lo estás?, ¿alguna vez lo has dejado de estar? –, y recita, recita, rema rema que nos vamos a la deriva.  Un momento. Una pausa. ¿Rema rema que nos vamos a la deriva? ¡Y nunca mejor dicho! Que estamos en el mismo barco, argonauta mío, y o tiramos los dos, o no creo que lleguemos muy lejos. Pero si estás aquí, quizá lleguemos al final. Y ojalá no creas que el bendito final se encuentra en la última palabra que la musa me invite a escribir acá. Hay otro final. Y resulta que también es un principio. Y no, no estoy delirando. Estoy escribiendo como si estuviera hablando. ¿Y quién, por todos lo diablos del mundo, está completamente seguro de lo que dice cuando habla? Yo tampoco. Por eso hablaba hace un rato de mi nuevo experimento vivencial, y como ésa es la verdad, bueno, pues nada, quizá sea llegado el momento de reconocer que se trata de una mentira más. Pero, ¿a ti te gusta leer? ¿Eres uno de esos que lee de todo? ¿O eres selecto? ¿Sólo con los libros? ¿O también con las personas? Bueno, basta.
          Tiene que haber una razón, algo, alguna explicación, para que tú y yo estemos aquí. Pero lo curioso es que, como bien sabrás, si es cierto que has vivido, a menudo no sólo no hay ninguna explicación para que tú y yo, y esta cueva, estemos aquí, sino que se debe a la más absoluta e ignominiosa casualidad. O ingeniosa. El ingenio lo es todo es situaciones como ésta. En un caso más general, el escritor hubiera sencillamente tachado, borrado, eliminado, cortado lo escrito… y habría continuado por otro lado. Pero eso, precisamente eso, es lo que tú y yo, argonauta mío,  no podemos permitirnos, porque ¿cuando uno habla puede permitirse el lujo de eliminar lo que ya ha dicho? A veces, a veces, mi queridísimo politikus, pero no ahora. Voy a ponerte un ejemplo. Yo escribí un libro, puedo jurarlo, que en su primer capítulo, y sin venir aparentemente a cuento, destruía la composición tradicional del lenguaje y se dedicaba a construir enigmas de sentido. ¿Quieres saber lo que me dijo un buen amigo mío después de leerlo? Que aquello no tenía sentido. Ni una palabra sobre el resto del libro. ¿Conclusión? Que ni tú, ni yo, ni esta cueva, estamos aquí sino a causa de la más absoluta e ingeniosa casualidad.







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