domingo, 20 de abril de 2014

El Silencio, 37.




37

Y sin embargo era también mi propia voz…



Aquellas palabras, sencillamente, no hacían referencia a nada.
Palabras como amor, luz, silencio, humo, jazz
solamente palabras,
y sin embargo,
en aquel lugar tenían sentido,
allí donde por vez primera en muchos años
logré sentirme como en casa,
aunque no era mi casa.
Nada había en aquel espacio a lo que yo hubiera podido llamar mío.
Era mi voz
y no era mía.
Era una soledad en el mundo, tragedia de estilista,
en un tiempo más allá del tiempo,
no pasado, no futuro,
sino más bien el presente eterno de todo cuanto odio,
sempiterno cementerio,
pantano de conceptos, todos ellos callados,
ofendiendo mi silencio
con su silencio muerto.
Así que al fin hablé
y nacieron nuevos mis sonidos,
míos, pero no míos,
puros, redondos, perfectos:
así nació mi verdad como palabra mía, como rasgo, como grito,
suave grito de potencia y alma,
promesa de futuro, de vida, de limpieza,
de victoria, de sangre, de guerra, de catástrofe…
era todo, era inmenso,
y sin embargo era también mi propia voz.





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