domingo, 20 de abril de 2014

Transitaria, 11.




La muerte en Bogotá



   No he cesado de dar testimonio de mí mismo. No he cesado de vivir, de extraer néctares del azar sinuoso, de romper lanzas a favor de la escapada, la huida, el regreso, la limitada espuma que arroja, hacia toda alma, siempre un mar. Y tampoco he cesado de llorar. He vivido, sí, y he muerto, y he alargado la mano hacia el cielo, clamando, y de cada pena he hecho brotar una rosa.
     Oh, Dios. Es tanto lo que yo tengo que dar.
   He caído, duro, y me he levantado, a veces rápido, sin miedo al día que seguro ha de llegar. He hablado, y he callado. Eventualmente, he viajado. He visto. He tocado… Pero de entre la lluvia, el último licor de almíbar no he sabido rescatar. Por qué. Dime por qué. Dime quién soy, quién quiero ser. Dime qué tengo que hacer. Hacia dónde mirar. A quién amar, a quién odiar. Acaríciame una vez más. Entrelaza tus dedos en mi cabello, y guarda silencio mientras suspiro, mientras respiro, mientras del fondo de mis entrañas yo traigo al mundo una verdad. Yo he muerto en Bogotá. Y he vuelto a nacer como un fantasma. Y ahora vago, sollozo, mutilo palabras. La música me lleva de parte a parte. Hombres, mujeres, soledades. Y nadie, ni siquiera el viento, puede saciar esta sed de más.
     Oh, Dios. Es tanto, tanto, lo que yo tengo que dar. 




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