domingo, 20 de abril de 2014

Transitaria, 11.




La muerte en Bogotá



   No he cesado de dar testimonio de mí mismo. No he cesado de vivir, de extraer néctares del azar sinuoso, de romper lanzas a favor de la escapada, la huida, el regreso, la limitada espuma que arroja, hacia toda alma, siempre un mar. Y tampoco he cesado de llorar. He vivido, sí, y he muerto, y he alargado la mano hacia el cielo, clamando, y de cada pena he hecho brotar una rosa.
     Oh, Dios. Es tanto lo que yo tengo que dar.
   He caído, duro, y me he levantado, a veces rápido, sin miedo al día que seguro ha de llegar. He hablado, y he callado. Eventualmente, he viajado. He visto. He tocado… Pero de entre la lluvia, el último licor de almíbar no he sabido rescatar. Por qué. Dime por qué. Dime quién soy, quién quiero ser. Dime qué tengo que hacer. Hacia dónde mirar. A quién amar, a quién odiar. Acaríciame una vez más. Entrelaza tus dedos en mi cabello, y guarda silencio mientras suspiro, mientras respiro, mientras del fondo de mis entrañas yo traigo al mundo una verdad. Yo he muerto en Bogotá. Y he vuelto a nacer como un fantasma. Y ahora vago, sollozo, mutilo palabras. La música me lleva de parte a parte. Hombres, mujeres, soledades. Y nadie, ni siquiera el viento, puede saciar esta sed de más.
     Oh, Dios. Es tanto, tanto, lo que yo tengo que dar. 




El Silencio, 37.




37

Y sin embargo era también mi propia voz…



Aquellas palabras, sencillamente, no hacían referencia a nada.
Palabras como amor, luz, silencio, humo, jazz
solamente palabras,
y sin embargo,
en aquel lugar tenían sentido,
allí donde por vez primera en muchos años
logré sentirme como en casa,
aunque no era mi casa.
Nada había en aquel espacio a lo que yo hubiera podido llamar mío.
Era mi voz
y no era mía.
Era una soledad en el mundo, tragedia de estilista,
en un tiempo más allá del tiempo,
no pasado, no futuro,
sino más bien el presente eterno de todo cuanto odio,
sempiterno cementerio,
pantano de conceptos, todos ellos callados,
ofendiendo mi silencio
con su silencio muerto.
Así que al fin hablé
y nacieron nuevos mis sonidos,
míos, pero no míos,
puros, redondos, perfectos:
así nació mi verdad como palabra mía, como rasgo, como grito,
suave grito de potencia y alma,
promesa de futuro, de vida, de limpieza,
de victoria, de sangre, de guerra, de catástrofe…
era todo, era inmenso,
y sin embargo era también mi propia voz.





El Silencio, 36.







36



¿Y hablar a solas?
¿No es al fin un conato de silencio?
¿Y mentir?
Como, por ejemplo: mentirse uno mismo.
¿No es esto otra máscara para el olvido
que viene a ser la forma más triste del silencio?

Y el hecho es que no puedo seguir callando.
De modo que, como aquel viejo filósofo, me voy a contar mi propia vida,
pues ninguna otra cosa hay en este mundo
de la que pueda yo hablar con inteligencia.

Yo nací, o eso creo,
y alguna vez fui niño —lo sé
porque aún conservo la ilusión del juego
y la inocencia del que no lo da todo por perdido.
Fin.










El Silencio, 35.





35



Qué difícil es decir
algo que resulte digno de ser dicho.
A menudo, hablar no es sino un desesperado producir sonidos
cuya secreta misión se reduce a interrumpir el silencio cósmico.
Pero el silencio
siempre está ahí,
y al cabo no se puede interrumpir más que por un breve, brevísimo
espacio de tiempo. —Y esto tampoco era digno de ser dicho.








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