martes, 21 de abril de 2015

Transitaria, 12.



Algo estúpido



    La cosa del pensar va de swing. Y como siempre, es tan difícil serestar a la altura de la propia circocircunstancia… Aunque una vez hablé con un loro, aquí, en la ciudad, y él me contó todos los secretos de la urbe y de los lejanos y oscuros clubes de jazz. Y entre susurros de rojo ámbar un grito pelado me dio de bruces en el rostro sin maullar. Yo lo sé, tú lo sabes, y él… lo todavía aún más.
    Yo estaba un día abocado a la defensa, y soñaba caminos. Soñaba palabras, y las palabras, dulcemente, se dejaban soñar. Por eso estoy ahora aquí, contigo, dulcemente, dejándote soñar. Dame un segundo. Quiero prenderme un cigarrillo. Llegar a este punto en el proceso de la redacción de un libro invita, cuando menos, a reflexionar. Hay un punto donde confluyen los sistemas: una isla. ¿Una isla afortunada, quizá? Yo no sé, tú no sabes, y él, lo que se dice él, no sabe ni la mitad. Pero seguimos aquí, preguntándonos qué será será. No siempre hay mucho que decir. A veces, de hecho, no hay absolutamente nada de que hablar. ¿Nunca te has quedado, así, callado, mirando al infinito, rogando que el tiempo pase y se resuelva la situación de una u otra manera? No siempre es un problema moral. Pero cuando lo es… entonces, argonauta mío de mi alma y de mi corazón, entonces todas las normas de los usos las costumbres y la tradición se van al diablo de golpe, pues, en verdad, ¿para qué estamos aquí tú y yo en esta cueva de palabras buscando una razón aceptable para serestar? No hay razones. No hay banda. Silencio. It’s a tape recording. Yo lo sé, tú lo sabes, y él, pobre imbécil, sigue sin saber absolutamente nada. Hora de fumar.

    Decadencia del estilo puede ser, a la vez, entremezclar todos los estilos. Pero ¿ignorarlos todos al tiempo creando un nuevo, profundo, ominosamente delgado estilo literario más allá de los recursos y de las escuelas de arte y de sí mismo? Quizá ni siquiera sea posible. Telegráficamente: sí, no, a veces. Paratácticamente: a veces: no: sí. He aquí el hombre. Una vez retirado el pie del puente que conduce hacia el otro lado, no hay que seguir buscando necesariamente una dirección un sentido un principio teleológico basta con querer seguir, con anhelar soñar, con exigir luchar. Yo, por ejemplo, he vuelto a ejercer el periodismo, y nadie parece haberse molestado. Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene permiso para acanallar mi estilo. Qué difícil es pensar, porque mientras tú y yo sabemos que algo huele mal en las grandes librerías, él sigue leyendo sin la menor muestra de rubor arrepentimiento o iniquidad. Ésa es la verdad. Oriana duerme en la cama. Yo escribo en la sala. Esto ya lo he vivido. Deja, tú. Deja que las palabras vengan a soñar. Llevas demasiado tiempo asido a tu memoria y a tu imagen digital, demasiadas conexiones simultáneas a demasiada velocidad, demasiados ruidos, demasiadas transacciones bancarias, tú sabes de qué te hablo, y si él no lo sabe, no te preocupes, es igual. El ciclo se repite. Lluvia, calma, tormenta, viento, calma, tranquilidad, a veces mar. Estamos demasiado acostumbrados a los discursos herrumbrosos de la vieja sociedad, y tan vieja, tan anticipadamente acanallada, tan sinuosamente desglosada, tan ostentosamente inerte sociedad. Tú y yo, de nuevo juntos, en pie frente al mundo y las mónadas, erguidos cual auténticamente auténticos homo sapiens, cuánto sabemos, nosotros, los homos, los iguales, igualmente desiguales en la pubertad. Vamos, venimos, de vez en cuando nos reproducimos, y en el fondo, allá abajo en el fondo del mar, todo sigue exactamente igual. El ciclo se repite. Curso y recurso. Vaciedad. La copa, llena, vacía. Un sónar: vibraciones, en todo caso buenas, expandiéndose en grado inversamente proporcional a su energía, como discursos tradicionalmente erráticos que buscan con su dulce sonido un despertar. Y yo, y tú, siempre juntos de la mano caminando hacia quién sabe dónde, carreteras perdidas, secundarias, terciarias, ritmos cuaternarios, edades geológicas, enumeraciones arbitrarias. Y esta cueva, que se ensancha, como una vagina estremecida, como un lecho de carne suave y rosa que encierra en su seno la simbología misma del símbolo carnal. No todo es poesía. También hay swing. Y caderas. Y cerveza fría. La cosa es no pensar.





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