miércoles, 13 de mayo de 2015

El Silencio, 46. Epílogo: final.



Eπίλογος


46

    
    Fragmento de voz, apenas ya poeta, heraldo del silencio
que ni logra ser silencio él mismo, ni en la mágica hora,
somnoliento,
calla.
Quizá sea debilidad, pero
¿qué, si vivo, no es también frágil, no sufre, no tiembla
cuando del fondo quejumbroso no siente la mano
surgir como una espada de hielo que todo lo desune,
que todo lo fragmenta?
Fragmento de voz, apenas ya ser humano,
adalid de ángel,
ruptura de profeta.
Un haz de luz cruzando.
Una línea que iluminando quema.
Así hay solamente silencio en torno mío,
hay solamente pena, silueta de la luna,
romance de la España negra.
¡Quién viene!
No va nadie. Nadie llega.
Y la voz, fragmentada, que es un eco de la nada eterna
sueña y llora como un niño jugando con la flor del tiempo,
con la rosa del pensar que hace su presencia.
Acto: entelequia.
Discurso: vacío, como el conjunto
que aquel geómetra insidioso convirtiera en universo,
en éter,
en conciencia.
Pienso, luego piensa un silogismo. ¿Y qué?
Hablan las palabras.
Qué estúpido hay que ser para rondar al filósofo,
qué triste, qué agotado, qué asceta.
Pero yo te tiendo la mano, hermano, y tú
ni me sientes, ni me anhelas. Rompo la frase. Quiebro el verbo, inauguro un hálito de prosa poética, pero ¿qué es la prosa, qué la poesía, qué el lenguaje, qué el habla? Hubo un día en que mentar el nombre de Dios en vano era sacrilegio: sacrílega es pues mi palabra, si vano es todo lo que sigo, todo lo que intento, todo lo que ansío. Mas mi ansia es fruta yerma, campo baldío, tierra muerta. Camposanto. Pues igual que comenzaste, así habrás de permanecer. Eres lo mismo. Y lo Mismo es en ti, porque eres, y siendo… Silencio. Pero silencio. ¡Nietzsche! ¡Heidegger! ¡Hegel! No answer. No. No hay respuesta. Pero no porque no hayas preguntado, clamado, gritado, arrancado de ti lo necesario para obtenerla. Es que este universo no responde. Escucha. ¿Has escuchado? Flores muertas. Sombras tendidas. Luces que no brillan. Palabras, palabras, palabras.

    Y en el firmamento, se dibujan figuras. Mira bien.
Aquí una osa, allá un carro, aún más lejos un cinturón.
Y acá más cerca una osadía. ¿Quizá una herradura? Guárdate
de no haberte convertido en piedra. Las palabras esenciales, si pronunciadas correctamente,
duelen.
Metafísica del dolor.
Ciencia del sufrimiento.
Elogio del horizonte: corre,
corre a buscar citas, encuentros, compañeros de viaje
en este viaje para el que ningún compañero es suficiente
ni toda la cultura del mundo basta.
Y nunca será suficiente
porque la noche acecha, y la luna falta, y las estrellas
curiosamente aquí se ausentan.
¿De qué hablo? ¿Hablo yo, o es la mañana postergada?
¿Quién soy? ¿Quién eres tú?
¿Qué es un pregunta?
Caricias de rocío rozando el alma.

    Silencio. Solamente silencio, en torno mío.
Y no es frío, sin embargo, como dicen que frío es el espacio…
también el invierno tiene las manos heladas.
Un golpe, un ruido, un deseo… y el pensamiento es ido.
Sólo queda la certeza sensorial
que orgullosa se apresta a percibir
y colmando los sentidos,
inunda el intelecto, que se cree pensar,
pero no piensa: distingue, analiza, fragmenta, disecciona,
¡Hegel!
No answer.

    Calla. Siente. Suave es el placer. Rotonda con estatuas
que una infancia prematura convirtiera en póstuma.
Entendimiento, lenguaje, sentidos,
todos ellos clamorosamente unidos en un mismo callar pletórico de significado,
he aquí la cima del poeta, la montaña mágica, el culmen del artista.
Y aquí se acaba. Eso es todo. Una rosa que florece, hace acto de presencia
y muere. Ya es muerta. ¿La ya nunca sida?
¡Heidegger!
No answer.
Pero algo comunica cuando la comunicación cesa,
algo se expresa claramente cuando la confusión máxima impera,
nada se dice
cuando no se dice nada.
Y sin embargo queda todo dicho.
Aquí hay un límite. Aquí reside una frontera: ¿quién la habita?
Llamadla justicia. Ésa es la palabra.
Pocos saben pronunciarla, y aún menos
son los que pueden escucharla;
y entre los pocos, sólo hay uno
que desasido de todo concepto, piensa, y pensando
ama.
¿Loco?
Sin duda.
Pues él acoge, y funda.
Un lugar se crea.
Es una habitación, cálida:
Historia —la llaman.


    Dolor que habla en soledad al amigo. Y es el amigo quien calla.
No acude. Despliega la farsa: drama.
Literatura. Música programática. Expresión
paratáctica.
Y en la mesa un diccionario.
¡Nietzsche!
Y si la vida es en efecto un teatro
—una tragedia—
ya es tiempo pues de representar la representación misma
y hacerla así volar en pedazos,
en fragmentos de una voz que sola queda
y gime,
y murmulla,
y llora,
y llama,
y muere.
¿Dónde ahora el amigo?
¿Qué ahora de la amistad?
Pero el único amigo verdadero
de uno mismo es uno mismo, y a veces ni eso
El gran teatro del mundo.
Que vivan los reencuentros.
Que viva la vida
y que calle el silencio. Pero el silencio no calla, justamente habla,
por eso es tan fácil hablar sin decir nada,
por eso es tan triste el ruido,
por eso es tan inmensa esta pena.
Y a solas crece la grandeza, esa otra farsa que pretende suplantar al universo,
pobre escenario,
mísero local,
paupérrimo agujero: mar de rocas, y vientos.
Y de entre las piedras siempre surge una serpiente
y se produce la tentación, y vuelta a empezar.


    Ritmo. Lógica. Negatividad.
Piensa, mundo, piensa.
Ya dueles de tanto pensar.
Que el silencio es cuerpo de una voz que se fragmenta
y cada fragmento es luz, sombra
y claridad.
El amor ama.
Ilumina el sol, y la luz se da.
Y después de toda la historia, de todas las citas, de toda la ciencia
y de todas las palabras,
resta una vez más el silencio,
el silencio que todo lo llena,
el silencio que todo lo cubre,
el silencio que todo lo silencia.


    El silencio.















Ha de tener coraje, Teeteto, el que sea capaz de avanzar siempre hacia delante, aunque sea un poco.
Pues el que se desanima en estos casos, ¿qué hará en los otros, si no logra nada en ellos o si, incluso,
 es rechazado otra vez hacia atrás? Difícilmente, como dice el proverbio, tal individuo podría nunca
conquistar una ciudad. Porque, mi buen amigo, ahora, al haber superado el obstáculo que dices,
que podría ser ciertamente el muro más grande que hemos sobrepasado,
los demás serán ya fáciles y pequeños.


PLATÓN, Sofista





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