El proyecto





EL PROYECTO 



Madrid, martes 26 de mayo de 2015



Claudio de Lorena, Paisaje con Eneas en Delos.


I


Pronto hará más de cuatro años desde que me decidí a compartir mis poemas, o parte de ellos, o más bien la parte de ellos que en este tiempo he alcanzado a publicar, con la intención de dar a conocer el fruto de mi quehacer poético a amigos y conocidos, y desde luego a todo aquel que tuviera la bondad de aproximarse, aunque lo hiciera por pura casualidad. Presumo que esto último es lo que más debe de haber sucedido, lo cual no va más allá de una mera presunción, pues tampoco puedo decir que haya habido demasiada interrelación entre los lectores y yo mismo, exceptuando algunos casos ante los que me siento especial y sinceramente agradecido. Resulta curioso recordar, al releer las anteriores presentaciones del proyecto de este blog que he ido refundiendo (ésta es la tercera versión), cómo supuse que de alguna manera se llegaría a producir un diálogo con los lectores, y que precisamente este diálogo era uno de los más excitantes alicientes que me animaban a compartir mi poesía. No ha sido así, sin embargo, o desde luego no como yo me lo esperaba, y por momentos he llegado a dudar si seguir publicando, e incluso plantearme si no sería más prudente eliminar el blog sin mayores cuitas. En el instante más delicado, cuando ya estaba dispuesto a lo segundo (y por descontado a lo primero) una persona que me es muy próxima y muy querida me disuadió de hacerlo. Bien es cierto que desde entonces he espaciado notablemente la publicación de poemas, y además he ido posponiendo indefinidamente una revisión de los textos colaterales e introductorios que me parecía fundamental para, al menos, dejar el blog en condiciones que me resultasen mínimamente satisfactorias. Y si a la postre me he decidido a iniciar la revisión, y de nuevo aumentar la frecuencia de las publicaciones, ello se debe a las razones que en seguida paso a desarrollar.

    En primer lugar, lo cierto es que sí ha habido interacciones, y aunque su repercusión no baste para alcanzar el galardón universal de trending topic (aproximadamente 50, descontando mis respuestas), el hecho es que muchas de ellas han sido completamente espontáneas y en todos los casos favorables, de modo que justo es sentirme agradecido y seguir ofreciéndoles a cuantos deseen acercase a mis textos la sola posibilidad de hacerlo.

    En segundo lugar, el número total de páginas vistas que llevo contabilizadas (o lleva Google contabilizadas, o el sistema, o Dios sabe quién), asciende ya a 34.009, una cifra que me parece de todo punto asombrosa, habida cuenta de la correspondiente cifra de comentarios a las publicaciones, considerablemente menor, y el curioso hecho de que la abrumadora mayoría de ellas procede de los Estados Unidos, apenas una cuarta parte de España, y el resto se reparte entre Alemania, Rusia, Francia, China, Ucrania, Reino Unido, Polonia y México. La soledad de este último país entre los de habla hispanoamericana me entristece profundamente, pero la verdad es que ignoro las causas. Y sobre todo ignoro cuántas de estas visitas son auténticas o por el contrario resultado de las maquinaciones de las máquinas. Últimamente se producen, con inusitada asiduidad, más de cien visitas en un solo día, y todas ellas no sobre una o dos publicaciones concretas, sino sobre tantas como visitas, y me llena de congoja sospechar que un solo visitante las haya producido todas, es decir, leer tantas entradas de golpe, sin dejar luego rastro de su opinión, de sus sensaciones y emociones, ni un solo comentario permitiéndome saber por qué ha leído tantos textos y cuál es su juicio al respecto. Mas una reflexión ulterior me ha llevado a inesperadas consideraciones que hasta ahora no me había planteado siquiera, y que más allá de persistir en la enumeración y clasificación de datos estadísticos sobre cuya procedencia no tengo el menor control (como por lo demás suele suceder con las estadísticas), estimo relevantes en el desarrollo de esta presentación de proyecto.

    En tercer lugar, siguiendo con el anterior razonamiento, me he percatado de que tampoco yo mismo, al acceder a otros blogs o a la distintas redes sociales a las que pertenezco, tiendo a hacer comentario alguno cuando leo un poema, en buena parte de los casos porque no me gusta, o porque no comparto la idea de la poesía que subyace a la publicación, o sencillamente porque la poesía no me ha dicho nada, y es claro que para responder con algo negativo o resabiado es mucho mejor no responder nada. Así que, acaso, eso mismo suceda a otros con mis propios textos. Por otro lado, cuando el poema o la publicación sí me gusta, lo indico siempre, y a menudo escribo un breve (a veces no tan breve) comentario, donde celebro y felicito al autor por su trabajo. Por esta regla de tres, son muy pocos los lectores que se hayan sentido afines a mi propio trabajo al leerlo, y por consiguiente son contadas las reacciones expresamente positivas. Y sin embargo, aquellas inesperadas consideraciones a las que me refería más arriba me han hecho atender a otro aspecto que también a mí me incumbe cuando leo textos ajenos, más aún si son de naturaleza poética, y encuentro que no sólo me gustan, sino que me entusiasman, como corresponde a toda poesía plena. Esta reacción es el silencio, el simple recogimiento, la entrada en un pathos que nada tiene ya que ver con responder, o comentar, o decir nada. Frente a una creación literaria de altura, no digamos ya si la altura es poética, tampoco resta mucho que decir. De hecho, lo más digno es no decir absolutamente nada. Y dejo aquí este hermoso razonamiento cuyo objetivo no es consolarme ante el silencio dejado por mi obra, sino abrir una puerta al silencio mismo como callado reconocer que dice muchísimo no diciendo nada…



II


    Lo que no puedo negar es que pensé, y creí, durante cierto tiempo, que publicar mis poemas en un blog me llevaría finalmente a publicar. Más allá de publicar, ni pensé ni creí nada: publicar ha sido ya de siempre una especie de sueño distante y amorfo en el que sólo he entrado cuando la necesidad económica ha impelido, cosa que sucedió más a menudo de lo que me gustaría recordar. El resto del tiempo (que también lo ha habido) me he dejado llevar por una intuición esencial que tuve en mi más pronta juventud, cuando sabía que quería ser poeta y vine a dar en la cuenta de que, más que querer serlo, lo era, y la cuestión era, más bien: qué iba a dedicarme a hacer con el resto de mi vida. Mi decisión fue clara, unánime, convincente: escribir poesía. Sólo que también decidí no pretender “vivir” de la poesía, no malgastar mi tiempo y mis energías presentándome a concursos, buscando el reconocimiento, pretendiendo el beneplácito de las editoriales. Y efectivamente lo hice, aunque sin dejar nunca del todo de presentarme a concursos, buscar el reconocimiento y pretender el reconocimiento de las editoriales, nada de lo cual conseguí, quizá por no haberlo hecho adecuadamente por causa de haber entregado mi tiempo, desde luego, y por supuesto, por un lado a la creación de poemas, y por el otro a formarme en profesiones que me permitieran poder “vivir” de otra cosa que no fuera la remuneración editorial, como por ejemplo el periodismo y, más adelante, la producción audiovisual. Pero han sido el periodismo y la producción audiovisual los que me han permitido gozar de una serie de experiencias, en este caso una serie condicionada por mí mismo, que me han conducido precisamente aquí, a este momento en el que escribo estas palabras tratando de ofrecer un acceso a mi poesía y una reflexión global sobre el sentido de la poesía mientras trato de comprender qué sentido tiene una reflexión global sobre la poesía, y por qué mis decisiones habrían de ser o no justificadas por este sentido.

    ¿Lo son? Quizá sí, quizá no. Al cabo, ¿qué más da? Aquella intuición esencial sigue siendo la misma: éstos, los nuestros, no son tiempos propicios para la poesía. Y esta intuición, así reducida a una pequeña frase, es la muy breve y abreviada medida con la que he juzgado y sigo juzgando al mundo entero, quizá arrastrándome a mí mismo en este juicio de todo punto soberbio, pretencioso, terrible, magnífico. Conste que todos estos adjetivos se los adjudico al juicio, no a mí propio: llegado a este punto, yo soy lo de menos. Y la reflexión, la discusión, la dialéctica en torno a esta cuestión me parece la gran cuestión por excelencia, bien que no haya muchos que la tenga por tal, y mal que le pese a todos los que la sortean, ignoran o desprecian. Pero en todo caso, ¿es esto justo? ¿Procede situar la gran cuestión del sentido de la poesía y su relación de nuestra época como antesala a mi propia creación poética? ¿Es legítimo este ejercicio? Bueno, pues una vez más, sí y no: lo es en la medida en que se da una respuesta a la pregunta esencial: “¿Para qué poetas en tiempo de miseria…?”, y no lo es en la medida en que citar a Hölderlin y por lo demás hacerse eco de grandilocuencias no garantiza, ni de lejos, la cercanía con la Cosa ni el respeto a la misma.

    Así pues, si no he conseguido comunicarme directamente con el lector, al menos he conseguido empezar a comunicarme. Si algo me han enseñado mis lecturas filosóficas (remito expresamente a Hegel y Heidegger) es a tener paciencia. Todo lo que es grande lleva tiempo. Mirad si no la grandeza misma: ¿cuánto tiempo ha hecho falta para que se llegue a considerar siquiera? ¿Y cuánto tiempo hace que no se tiene ya en consideración ninguna? ¿Y cuánto tiempo hará falta para que el todo vuelva a su posición primigenia? Hablan los físicos, hablan los matemáticos, habla la tecnología, habla la ciencia: pero la filosofía tartamudea y la poesía calla. Dios bendiga al silencio.


III

    La crítica a la superficialidad actual parece necesaria, y sin embargo es contingente. La superficialidad sola se critica a sí misma, deslizando incontenible su curiosidad por esencialidades a las que no logra acceder, y por eso mismo se subleva. Pero tanto da lo uno como lo otro, como igual de inesencial resulta atacar los accesos supuestamente poéticos que hoy imperan bien como vulgarismo, bien como preciosismo, bien como ininteligibilidad manifiesta. La única forma de contraatacar es respondiendo con honestidad a la llamada del origen. ¿Por qué del origen? Porque en esta época de exaltación insoportable de la «originalidad», solamente resta a los espíritus orgullosos de su herencia el mantenerse fieles a ella poniéndola en cuestión, peraltándola, esgrimiéndola como la única defensa ante la destrucción sistemática de los más preciados bienes de la humanidad. Y por eso son tiempos de miseria. Y no obstante, gracias al canto del poeta a través del cual nos llega la más grave denuncia, y de cuantos han repetido con él el canto para hacérnoslo llegar de una vez por todas, sabemos de nuestra miseria y por lo tanto tenemos, poseemos la más preciosa verdad… «Riqueza» y «pobreza» son palabras que es preciso repensar.

    Pero basta. No quiero caer en la facilidad de asociarme hábilmente (y quizá ni eso) a grandes nombres ni a grandes palabras, para así glorificarme en vida en esta sucesión de epigramas construidos todos ellos para presentar mi blog, el proyecto de este blog. Mi intención fue de la compartir mis propias creaciones suponiendo que darían de qué hablar y que yo mismo podría conversar con los lectores sobre ello. Bien, aún hay tiempo. Sigamos trabajando, sigamos compartiendo, sigamos publicando, y ahora, sin más preámbulos, pasemos al preámbulo donde se penetra in medias res, en el corazón mismo de la cosa (aún no la Cosa) de mi poetizar.


IV

    Pero este texto es todo él un gran preámbulo (grande por cuanto que un texto publicado en Internet cuyo tamaño exceda en más de tres párrafos ya es demasiado grande), y como puede sin duda hacerse evidente por mi tendencia a estructuras imposibles, la ironía es siempre en todo caso mi más íntima compañera. Así, en la anterior versión de esta presentación, no tuve el más mínimo reparo en contrastar mi idea sobre quién pensaba yo ser frente a lo que, probablemente, yo en realidad fuera. Y hablo en pretérito porque pasadas son para mí estas distinciones, no digamos ya la necesidad de redundar en pormenores autobiográficos a través de los que estimular la afectación por mis escritos. Lo que he escrito, ha sido escrito siguiendo el mismo espíritu fundacional de este prólogo, donde aspiro a promover, seguir promoviendo, el interés, el cuidado y la dedicación por la poesía y el pensamiento, que en mi opinión son lo mismo en la medida en que, como diferentes, hacen referencia a lo Mismo. Y con la misma seguridad con la que lo afirmo, reconozco mi inseguridad respecto a cómo llevar a cabo esta identidad, representarla, sostenerla. Durante un tiempo, comencé a escribir y publicar en este mismo blog fragmentos de una novela por entregas que fui publicando a medida que iba escribiendo y que titulé, al comienzo, Pequeñas Películas, pero que pronto se convirtió en La larga espera, título de un texto previo en el que empecé a trabajar hace más de diez años, y en el que de hecho aún trabajo. Siguiendo el hilo de esa novela que pronto se convirtió en una disquisición filosófica, pude ver, al menos, que novelar es perder el tiempo es estos tiempos en los que ya tenemos a los medios industriales de comunicación (cine incluidísimo) para contar historias y para además hacerlo en líneas generales de modo bastante insatisfactorio. Me dije, entonces, a mí mismo, que debía dejarme de filosofías y de entelequias y de historias para no dormir, y que lo que debía hacer era aprovechar mis experiencias personales y mis recursos estilísticos para hacer reír y permitir pasar un buen rato a mis lectores. Me puse manos a la obra, publiqué una buena cantidad de entregas de la novela que lograron aumentar mis estadísticas, y cuando decidí interrumpirla… no recibí ni un solo mensaje, ni un solo comentario, protestando al respecto. Estoy de acuerdo. ¿Qué más daba? ¿No era éste un blog de poesía? Sí, y de miscelánea. Pero aún queda por ver qué pasa con todo esto, todavía no está nada decidido, ni siquiera yo tengo una idea clara de por qué escrito lo que he escrito, por qué he publicado lo que puede leerse en este pequeño espacio que a ojos de un apresurado lector pueda parecer excesivo. Las obras aquí compartidas (¡y ya van dos!), han de quedar suficientemente introducidas en el respectivo apartado, si es que algo así como introducir a la propia obra tiene algún sentido:



    Apartado que tengo intención de modificar, o actualizar, o upgrade muy pronto, en cuanto logre arrancarle a los asuntos útiles que reclaman mi atención urgente, el tiempo que le dedico desde el comienzo (mi comienzo) a los otros asuntos, a los inútiles. ¿Y qué hay de útil en La historia de la lejanía? ¿O en El Silencio? ¿Por no mencionar Transitaria? Y si, mi anhelado lector, has llegado hasta aquí, alguna razón habrá (por no hablar de las sinrazones). Si esa razón es que tanto tú como yo sentimos que nos movemos por una lógica propia, lógica que curiosamente para nosotros o en sí es la lógica misma, y cuya primera y fundamental premisa primera porque fundamental en la medida en que se da como resultado, es que hay algo más útil que eso que vulgarmente se considera «utilidad», entonces estaremos de acuerdo con aquello que Hegel escribió en referencia a algo quizá aún más elevado que mi poesía, o tal vez no, o acaso lo mismo con otro nombre que me apresto a citar porque, al cabo, resulta infinitamente más útil para concederle prestigio a un texto mediante otro texto, pero más egregio, como por ejemplo éste:


    "La utilidad de la lógica atañe a la relación con el sujeto en tanto que éste se procura una cierta formación para otros fines. La formación del sujeto mediante la lógica consiste en ejercitarse en pensar, porque esta ciencia es pensar del pensar, y en ir teniendo pensamientos en la cabeza también en tanto que pensamientos. Sin embargo, por cuanto lo lógico es la forma absoluta de la verdad y, más que esto aún, es la misma verdad pura, lo lógico es algo completamente distinto de lo simplemente útil. Pero, como sea que lo más excelente, lo más libre y autosuficiente es también lo más útil, se puede también entender así lo lógico. Pero entonces su utilidad [para el individuo humano] se ha de encarar de manera distinta a la mera ejercitación formal del pensar."[1]



     ¿Y cómo se ha de encarar esta utilidad? De una sola manera: abandonándose definitivamente a lo inútil, y que sea lo que Dios quiera. A esto es que a lo que yo llamo poesía. Y confío en que las frecuentes menciones a la deidad no generen el prejuicio de asociarme con esta o aquella religión, sino más bien con la búsqueda o anhelo de un sentimiento de la religiosidad que clama poéticamente por el regreso de los dioses, o una mayor cercanía con el ámbito de lo sagrado. Es este afán de sacralidad el que concentro en la palabra Dios, junto con el deseo de que lógica y poesía se aúnen de una vez por todas en el corazón de la comunidad de los hombres libres, quizá el único trabajo digno de considerarse de alguna utilidad.





[1] G.W.F. HEGEL, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, Filosofía y pensamiento, Alianza Editorial, Madrid, 2010, edición, introducción y notas de Ramón Valls Plana.










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4 comentarios:

rebecaresiliente dijo...

Esta noche he caído por aquí, y yo sí te dejo mi impresión. Además, estoy la mar de a gusto, hundida en mi edredón, sintiendo cómo el viento golpea fuera en las ventanas cual antología poética, y yo aquí ansiosa por responder a diversas cuestiones que se me agolpan y pelean por salir y quedarse expresadas.
Tu poesía es sensible, inteligente y cómica.
He encontrado una tilde de más, (pero eso es por deformación profesional) y además no es importante, pues siempre me ha interesado más el fondo que la forma (aunque he de reconocer que es un deleite cuando ambas se unen).
Pero sobre todo tu forma de expresarte es muy cercana.
No creas que todas las entradas se deben a las máquinas, quizá un grupo de alumnos de poesía tomaron como ejemplo tus entradas y sólo dejaron su rastro, o quizá alguna ex, que no puede recibir ya tus abrazos, se consuela dejándose abrazar por tus palabras...
En cualquier caso me alegro que tus amigos te recomendaran seguir y que tú decidieras no cerrar el blog.
Gracias a él, yo, alguien completamente desconocido por ti, que he llegado a casa con los ojos escocidos de llorar y las manos heladas de limpiarme las lágrimas, he podido deleitarme y reírme, (dos veces).

David Martínez Romero dijo...


Hola, Rebeca (si he entendido bien tu nombre), y gracias por escribir. No me dejes con la incógnita de saber dónde se ha colado una tilde de más... Me alegro de que hayas reído, hace tiempo que no comparto nada en el blog y me has animado a seguir haciéndolo. ¡Un beso enorme!

rebecaresiliente dijo...

Hola David, me he equivocado... tu tilde estaba perfecta y necesaria (interrogativo indirecto), fui yo que entendí mal el sentido y por eso me sobraba. Rebeca es mi segundo nombre, el primero te lo digo si me haces una poesía.

David Martínez Romero dijo...

Bueno, me alegro de haber sorteado la errata... Encantado de saludarte, Rebeca de segundo nombre, pero tengo que pedirte que me disculpes, nunca he sido un buen poeta de encargo, o mejor dicho, ni bueno ni malo, porque no me nace escribir así. Algún día puede ocurrir que tras escribir un poema piense que es oportuno dedicárselo a alguien en concreto, quizá entonces coincida...

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